La historia de Eduardo Garcés se remonta a principios del siglo pasado, cuando sus antepasados llegaron desde España, más precisamente desde un pequeño pueblo de la zona de Valencia.
Sus abuelos desembarcaron y se instalaron en San Juan en agosto de 1910 y empezaron desde abajo: primero como contratistas y después con una pequeña finca propia que, a fuerza de trabajo, transformaron en una propiedad productiva. Con el tiempo lograron crecer, vender y reinvertir hasta consolidar una explotación de mayor escala.
“Mi padre compró una finca chiquita, la hizo producir como un español, bien prolija, y después la vendió bien vendida para comprar otra de casi 30 hectáreas”, recordó Garcés, que hoy, con 71 años recién cumplidos, lleva prácticamente toda su vida ligada a la actividad vitivinícola. “Yo arranqué a los 13 años ayudando a mi padre. Imaginate, son más de 50 años bajo los parrales”, resumió.

La familia fue numerosa: seis hermanos en total. Hoy quedan cinco, tras la muerte de la mayor. “Somos tres varones y dos hermanas. Los tres varones seguimos en la vitivinicultura, aunque algunos también son profesionales. Mis hermanas dejaron la actividad”, contó. En su caso, incluso terminó comprando una de las fincas familiares para sostener la producción.
Pero esa tradición de más de un siglo está hoy en jaque. Garcés, productor y dirigente de la Federación de Viñateros de San Juan, describió un panorama crítico para la actividad. “El problema es claro: el consumo de vino ha bajado en todo el mundo. Eso es una realidad. Pero además acá hay una cuestión de precios que nos está matando”, aseguró.
Uno de los ejes del negocio en San Juan es el mosto, el jugo de uva concentrado que se exporta. Sin embargo, los valores internacionales cayeron con fuerza. “El mosto siempre estuvo alrededor de 2.500 dólares la tonelada y hoy está en 1.450 dólares. Y a nosotros nos están pagando la uva lo mismo que hace cuatro cosechas”, explicó.
La comparación es contundente: “Hace tres años el dólar valía 300 pesos y hoy 1.500. Pero nos siguen pagando lo mismo. Es imposible sostenerse así”.
En concreto, el productor detalló que hoy el kilo de uva se paga alrededor de 200 pesos, pero los costos de cosecha y acarreo se llevan entre 40 y 60 pesos. “Y encima no sabemos ni cuándo ni cuánto nos van a pagar este año. El año pasado cobramos de junio a diciembre. Es una incertidumbre total”, señaló.
La consecuencia es directa: muchos abandonan la actividad.
“Este año se va a quedar mucha uva en la parra. Nunca vi algo así en 58 años. No hay plata para cosecharla y no vale la pena hacerlo”, advirtió Garcés. Incluso relató que algunos cosechadores llegaron a pedirle 100 pesos por kilo para levantar la uva, un costo que vuelve inviable cualquier ecuación.

A la crisis de precios se suma la falta de agua, un problema estructural en San Juan que se agravó en la última década.
“El río San Juan tenía un caudal medio de 50 o 60 metros cúbicos por segundo y hoy estamos en 22 o 23. Eso impacta directamente: la uva es 80% agua”, explicó. La consecuencia son menores rendimientos: “De 40 o 50 mil kilos por hectárea estamos en 12 o 15 mil”.
Garcés también cuestionó la formación de precios en la cadena. “Vas a un restaurante y una botella cuesta 20.000 pesos. En el supermercado la conseguís a 3.000 o 4.000. Pero al productor no le llega nada. Todo aumenta —botella, etiqueta, insumos— y lo trasladan al vino, pero a nosotros nos pagan lo mismo”, denunció.
En ese contexto, el dirigente alertó sobre un proceso acelerado de desaparición de productores.
“San Juan llegó a tener unas 80.000 hectáreas. Hoy no quedan ni 30.000. Estamos desapareciendo”, afirmó. Y agregó un dato histórico que grafica la caída: “En 1974 se cosecharon 1.230 millones de kilos de uva. El año pasado fueron 350 millones y este año no creo que lleguemos a 300 millones”.
El problema, según su mirada, no es sólo coyuntural sino también estructural, producto de décadas sin políticas adecuadas. “Se cerraron las plantas de fraccionamiento en todo el país y eso nos mató. Antes se consumían 90 litros per cápita de vino, hoy estamos en 12 o 14”, comparó.
Aun así, Garcés cree que lo peor puede estar por venir. “La juventud no quiere seguir en esto porque ve que no da para más, que no hay futuro. Y cuando desaparezcan los productores chicos, desaparece la vitivinicultura tal como la conocemos”, advirtió.
Con crudeza, dejó una frase que resume el momento del sector: “Si esto sigue así, en unos años el que quiera hacer vino primero va a tener que salir a buscar la uva, porque los viñateros vamos a desaparecer”.




