Del histórico cinturón verde de la provincia de Buenos Aires, que abarcaba miles de hectáreas desde San Pedro hasta La Plata, hoy sólo quedan algunos rezagos. El más importante es el área de poco más de 4000 hectáreas que bordean a la capital provincial, de lo poco que quedó en pie tras los años de mayor expansión de la actividad.
Ya no corre la década del setenta, y de las 20.000 hectáreas en el norte bonaerense dedicadas a frutas y cítricos, sólo queda una cuarta parte. Tampoco Escobar sigue siendo el epicentro hortícola que alguna vez fue, y en General Rodríguez, Marcos Paz, Esteban Echeverría, Ezeiza y Florencio Varela pocas chacras resistieron a las múltiples crisis, el avance de la urbanización y el crecimiento de otras actividades.
La Plata es, prácticamente, uno de los últimos bastiones productivos de aquel histórico cinturón verde, y, en tamaño, el más importante a nivel nacional. Así lo indica el último relevamiento que se hizo sobre el sector, que pone en números esa jerarquía y deja en evidencia algunas tendencias interesantes para entender qué fue lo que cambió en los últimos 50 años y por qué fue ese área una de las pocas sobrevivientes.

Actualmente, de las casi 90.000 hectáreas que tiene el partido de La Plata, poco más del 5%, unas 4922 hectáreas, son de la actividad florihortícola. De ese total, un 81% se utiliza para cultivo, es decir unas 4008 aproximadamente.
Lo que ilustra la medición impulsada por el municipio e instrumentada por la Universidad Nacional de La Plata es que, en comparación con los censos hortícolas y agropecuarios de 2001, 2002, 2005 y 2018, el área es hasta un 50% mayor que antes. E incluso más tecnificada y diversa, pues en los últimos 25 años se ha triplicado la producción bajo cubierta, y la cantidad de explotaciones dedicadas a la producción de flores y hortalizas ha ido in crescendo.
A grandes rasgos, los números del relevamiento arrojan que, al día de hoy, La Plata y sus alrededores tiene 2285 establecimientos que cultivan unas 41 especies diferentes. Y que no sólo lidera el ranking nacional, sino que, junto a General Pueyrredón -Mar del Plata y alrededores-, es uno de los dos únicos grandes epicentros aún en pie en territorio bonaerense.

“Siempre hubo un cinturón verde de La Plata, pero lo peculiar es que siga existiendo tras 100 años de barbarie política”, señaló el experto en frutihorticultura Mariano Winograd, consultado por Bichos de Campo al respecto.
En efecto, el relevamiento impulsado por el gobierno local -según dicen, el primero luego de 20 años- fue calificado como una “herramienta estratégica para diseñar políticas públicas más efectivas y promover un desarrollo productivo integral”, precisamente, pilares que, opina Winograd, el sector público que nunca aportó con efectividad.
Probablemente, uno de los aspectos salientes es el de la mano de obra. Del total de los trabajadores florihortícolas del Gran La Plata, unos 6225, 72% son de Bolivia, 25% de Argentina, y el 3% restante se reparte entre Paraguay, Japón, Perú y Portugal, en mucha menor medida.
La cuestión inmigratoria no es menor ni anecdótica, sino todo lo contrario. Es un eje central del crecimiento de la actividad en esa zona, considerando que la capital provincial es una ciudad que fue diseñada y, desde fines del siglo XIX, ya recibió poblaciones de diferentes partes del mundo que engrosaron la agricultura periurbana.
El problema, opina Winograd, es que “nunca hubo políticas inmigratorias que trajeran gente especialmente para hacer frutihorticultura. Planes se anunciaron millones y la verdad es que no hay ninguna planificación”. Una clara muestra de eso es cómo, con cada crisis socio-económica, los cinturones urbanos se engrosaron y, con ellos, la producción de estos alimentos.

La diferencia, señala el consultor, es que esos crecimientos derivados de las crisis -tanto propias como en otros países, como ocurrió en Bolivia- esconden que “quienes fueron a parar a la actividad fueron los que no tuvieron cabida en alguna otro sector o fueron excluidos, y no quienes se dedicaban específicamente a eso”.
Así y todo, la historia demuestra que ese proceso no fue necesariamente negativo, porque de hecho todas las comunidades productivas del AMBA y de otros municipios bonaerenses se expandieron gracias a la inmigración. Lo negativo fue no haber sabido aprovecharlo con políticas que ordenaran -y mantuvieran- esa expansión.
“De todo eso, prácticamente lo único que queda es La Plata”, lamentó el ingeniero agrónomo, que fue testigo de esa expansión frenada desde los años noventa en adelante, y, su ocaso, muy evidente durante los últimos años, cuando sólo una porción se trasladó a otros epicentros -como es el caso de Jujuy- y una gran parte directamente desapareció.
Entre las 41 especies cultivadas en el Gran La Plata, el tomate es líder indiscutido: un 35% de todo lo producido es exclusivo de ese fruto. Le siguen la acelga (11%), la lechuga mantecosa (8%), el morrón (6%) y la berenjena (5%). En total, quitando la producción de flores, cada año se producen 95.000 toneladas de alimentos, que en su arrolladora mayoría son hortalizas y sólo el 0,1% corresponde a frutas.
Y no sólo ha crecido en superficie, sino que el área de la capital provincial también se ha tecnificado. “Se evolucionó de una horticultura a campo de bajo costo y baja productividad, a una bajo cubierta, con más seguridad, más productividad y más inversión”, describió Winograd.
El relevamiento difundido señala que 43% de las hectáreas frutihortícolas cultivadas (más de 1700) están en invernáculos que, aunque no son los de última generación que se ven en otros países, muestran que el sector no es reacio a incorporar tecnología y conocimiento.
Si el informe, como indican desde el municipio bonaerense, servirá para instrumentar políticas públicas, esta cuestión no debería pasar desapercibida. ¿Cómo sostener ese crecimiento y explotar oportunidades futuras?

“No tenemos muy claro quién va a representar el nuevo cambio tecnológico. En Argentina hay mucha movilidad social ascendente, lo cual es muy positivo, y un hijo de un inmigrante, si quiere, puede ir a la universidad y no dedicarse más a la actividad”, evaluó Winograd, que lleva la discusión un poco más allá de lo que los números hoy arrojan y advierte que, en comparación con los países vecinos y sus principales competidores, “Argentina está muy estancada” en incorporación de tecnología.
El interrogante, entonces, es qué va a suceder, por ejemplo con la expansión de la hidroponia, el cultivo bajo malla o los invernáculos tecnificados, ¿habrá quién lo implemente? ¿Habrá posibilidades para hacerlo? Eso definirá el futuro de la actividad.
De acuerdo con el especialista, si llegamos hasta aquí, con este escenario incierto en la actividad, “es por una combinación de ignorancia, desidia, hipocresía y falacia”. Y la salida, una vez más, es planificada.
Lo que no faltan son oportunidades, señala Winograd, que relativiza el impacto de la expansión del consumo de ultraprocesados o ingredientes sintéticos sobre la frutihorticultura, y, por el contrario, sostiene que la actividad puede ser protagónica aún en un mundo globalizado que invierte pirámides alimenticias, desdeña la cultura “woke” del veganismo y vuelve a volcarse al consumo de carne.
“Habría que hablar de valor agregado, de cuarta y quinta gama, o sea, vegetales procesados, listos para ser usados, pero con bajo grado de transformación. No con el agregado de sal y la hiperconcentración, sino algo casi próximo a la fruta fresca. Eso no existía en los años setenta, y existe hoy, y ahí hay una oportunidad”, expresó. Quedará en nosotros hacer algo con ello, o únicamente lamentarnos por la desaparición de los cinturones productivos.




