“La viticultura y la olivicultura siempre estuvieron en la mesa, en mi trabajo”, dice el técnico agrícola de Mendoza, Carlos Bassin, para resumir su trayectoria profesional. Aunque aquella acumula varias décadas, nada le impide ser flexible y acompañar los cambios que se van sucediendo. En particular, abraza el que se está gestando desde hace varios años al interior de la producción de olivas y aceite.
“En olivo, venimos con una base muy tradicional y fuerte de nuestros orígenes en Mendoza. Ella y San Juan fueron provincias pioneras en esta producción a nivel nacional”, contó el especialista en conversación con Bichos de Campo.
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A ellas se les sumaron, luego, La Rioja y Catamarca, gracias al boom de esa actividad en la década de 1990, signada por una concentración de la actividad entre productores más grandes. Ahora, el foco de los nuevos desarrollos está, curiosamente, en el sudeste de la provincia de Buenos Aires.
“Hoy hay un polo hermoso para la producción de olivos. Aparece otra metodología de trabajo, otro sistema de manejo de cultivos”, señaló.
Bassin hace referencia, en particular, al fenómeno que está ocurriendo entre Coronel Dorrego y San Antonio Oeste, donde los emprendimientos olivícolas se multiplican. Allí se desarrolla, por caso, el de la firma Oleosan, de la que el técnico es asesor y sobre el que este medio ha narrado previamente.
“Me sorprendí del clima, del suelo, del agua. El agua del Río Negro es espectacular, de muy buena calidad. Y las condiciones agroclimáticas de la zona ayudan a darle mucha calidad al aceite”, indicó.
Sobre los principales cambios entre las zonas productivas más tradicionales y esta nueva, afirmó que se ve mayor tecnificación, desde la siembra y la cosecha hasta la industrialización, que le permitieron a la actividad adquirir mayor ritmo y volumen.
Además, la definió como un punto estratégico clave: “Está a mil metros del mar. La influencia de las mareas, la amplitud térmica muy estable, hacen que la planta pase por un proceso de adaptación en la entrada y salida del invierno. Todos esos efectos, que en otros lugares los vemos como agresivos, ahí tienen paz”.
A esto sumo la “bendición” de la capacidad de riego que ofrece el lugar, que se realiza principalmente por desnivel.
“Está armado para poder sostener una cantidad de materia orgánica y acompañar todo el desarrollo del cultivo”, indicó.
-Lo imaginás al olivo corriéndose de las zonas tradicionales.
-Es una realidad. En las provincias tradicionales, el cambio climático degradó los volúmenes de agua. Hoy en la extracción de agua en las zonas del oeste de la Argentina, como Mendoza, La Rioja, San Juan, hay que perforar 250 a 300 metros, y el costo es altísimo. Acá tener un riego alternativo, con una tasa baja de reposición porque la pluviometría ayuda y colabora, es un montón.




