En el centro de control del empaque de FAMA, miles de mandarinas pasan cada hora frente a cámaras que, a gran velocidad, buscan todo tipo de marcas y señales, miden su calibre, buscan una manchita en su cáscara. Es que lo más seguro es que esa fruta tenga un excelente sabor, pero aun así podría no cumplir con la apariencia que exige un comprador del exterior. Entonces ese cítrico seguirá otro camino: el mercado interno o la industria del jugo. La fruta siempre se aprovecha; lo que cambia es su destino.
Bichos de Campo ya contó la historia de FAMA, un enorme y moderno empaque de cítricos dulces ubicado en Chajarí, en el noreste de Entre Ríos, que nació en 1985 por iniciativa de productores que tenían un problema delante de sus narices: el mercado argentino no podía absorber toda la fruta que cosechaban y por eso debían comenzar a exportar. Entonces armaron esta planta que es la principal exportadora de cítricos dulces del país.
Actualmente uno de los responsables de que todo funciones en este moderno empaque es Gustavo Challier, un ingeniero en alimentos que se formó en Concordia, empezó su carrera en una fábrica de jugos de esa ciudad., dspués trabajó con arándanos y otros frutos frescos, y ahora debe cuidar cada paso de un proceso que empieza mucho antes de poner una naranja o mandarina en una caja de cartón.

La fruta llega a FAMA desde distintos puntos de Entre Ríos y el sur de Corrientes en grandes bins de madera. Cada uno de esos envases -que son los que recogen la fruta directamente en los campos- puede contener alrededor de 300 kilos de naranjas y algo menos de mandarinas. Los camiones descargan entre 80 y 100 de esos cajones, que pasan primero por una preselección: allí se separa los que a grandes rasgos no llevan fruta en las condiciones exigidas para exportación, que es el objetivo central de este empresa asociativa.
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Pero recién ahí comienza el proceso más jugoso. Una línea de “preselección” incorporada en 2017 comienza a analizar la fruta que finalmente ingresará en el proceso, realizando una primera depuración por imágenes que la clasifica por calidad, tamaño y color. El equipo también busca, entre otras cosas, cicatrices producidas por el roce con hojas y ramas. Son detalles pequeños, pero pueden decidir si una mandarina entra o no en un pedido de exportación.

“Tenemos tres mercados: exportación, mercado interno e industria. Cuando los tres cierran bien, el negocio va para adelante; cuando uno cae, se empieza a complicar”, explicó el ingeniero entrerriano. Por eso, la fruta que queda fuera de una categoría no necesariamente se pierde: puede venderse dentro del país o destinarse a la elaboración de jugo.
Pero en FAMA, las naranjas o mandarinas que sí viajan al exterior atraviesan distintas etapas de limpieza, tratamiento y secado antes de embalarse en cajas que pueden ser de 10 o 15 kilos. Esas cajas se acomodan en pallets y los contenedores se cargan y cierran directamente en la planta, que tiene una terminal de Aduana dentro, además de presencia constante del Senasa.

La cadena de frío antes de la salida de cada contenedor (que son trasladados por camión hacia los puertos de exportación en Buenos Aires) es fundamental. FAMA cuanta con gran disponibilidad de cámaras, donde se programa una humedad cercana al 90% y temperaturas de alrededor de 4 o 5 grados, que deben luego ser mantenidas en el transporte.
Entre los destinos posibles figuran Brasil, Canadá, Reino Unido, Singapur e Indonesia. Para estar en manos de algunos compradores, la fruta puede tardar entre 30 y 60 días en llegar. Por eso la cadena de frío es vital.

“No se te puede escapar”, dijo el responsable del empaque sobre el control de la temperatura. La frase resume bastante bien su trabajo: después de meses de producción en las quintas y horas de selección en la planta, un problema durante el viaje puede echar a perder todo el esfuerzo.




