“Mujeres que Amamos las Chacras” no es el primer grupo de ese tipo que aflora en pleno valle neuquino. En la zona aún está el recuerdo vivo de la labor social que desplegaba allí Celina Cichero, una investigadora del INTA que enseñaba a las mujeres técnicas de costura, tejido y hasta de cocina; o de las Mujeres en Lucha, un grupo que ponía el cuerpo y evitaba que los bancos remataran las chacras con deudas. Esos fueron otros ejemplos asociativos con mucha historia.
“Y después aparecemos nosotras, que no estamos ni haciendo conservas ni luchando, pero que somos muy observadoras de la realidad. Nos gusta vivir donde vivimos y queremos preservar este lugar”, señala la impulsora de ese proyecto, Sandra González, en diálogo con Bichos de Campo.
No se autoperciben luchadoras, pero en verdad lo son. Pueden organizar tardes de té y visitar fábricas, pero a la vez marchar por la propiedad privada, reclamar por las obras municipales y velar por la seguridad. Nacieron para dar voz, justamente, a las mujeres que aman las chacras y terminaron formando parte de una de las discusiones más importantes de los últimos años en la región.

“Nuestro mayor objetivo es ver a las chacras de Centenario y de Vista Alegre verdes. Sin importar qué producen, queremos que estén verdes y no sean proyectos inmobiliarios”, explica Sandra, que fue quien, en 2019, formalizó la idea de crear un grupo propio.
Ocurría que en ese entonces, mientras recorría la zona con el ahora diputado Pablo Cervi, en plena campaña de Juntos por el Cambio, alguien le había dicho que las chacras no merecían demasiada atención porque no aportaban votos. El agravio fue suficiente para esta mujer nacida, criada e instalada en pleno sector productivo, que salió a convocar a otras compañeras.
Al principio, eran sólo un puñado. Hoy, también. Pero el número no las define, porque este grupo de mujeres no ha tenido ningún prurito en meter los pies en el barro y discutir lo indiscutible una y otra vez.

Tras ser presidenta por 3 años, desde que obtuvieron la personería jurídica, en 2023, hasta ahora, Sandra oficia de secretaria. Al frente de la entidad quedó Leticia Paz y la tesorera es Nancy Sastre. Cada una tiene su proyecto productivo y su trayectoria laboral específica. Sandra, por ejemplo, es profesora de inglés y maestra de educación primaria, y proviene de una familia de Centenario que toda su vida se dedicó a las peras y las manzanas.
Por eso es que saben de lo que hablan cuando se involucran en discusiones productivas muy intrincadas, como la abierta meses atrás con el diseño del nuevo ordenamiento territorial en Vista Alegre y sus alrededores, y que aún sigue vigente.
La problemática en la región divide aguas. Por un lado, el avance de los cascos urbanos -motivado por el crecimiento de Vaca Muerta- amenaza con las chacras productivas, que se tornan muy valiosas para desarrollar proyectos inmobiliarios. Por el otro, un Plan de Ordenamiento Territorial diseñado por el Consejo de Planificación y Acción para el Desarrollo (Copade) junto a otras entidades, que es rechazada por históricas asociaciones de productores.
El eje del conflicto es la posibilidad de reducir el tamaño de las chacras a 1 hectárea, una solución propuesta desde el municipio y el nuevo POT para, según explican, evitar que los productores caigan en la quiebra. Es un argumento que han defendido con uñas y dientes también las “mujeres que aman las chacras” y que ha sido rebatido por quienes creen que en realidad favoreceía aún más el avance urbano.
“Para nosotras, los loteos también se frenan permitiendo al productor vender una hectárea para, con ese dinero, poner a producir las restantes. Así evitamos que venda toda la chacra o que la abandonen y se lotee entera”, desarrolla la fundadora de la entidad.

Como ellas habían elaborado proyectos similares con anterioridad, fueron una de las representantes de la sociedad civil convocadas a la discusión. Y por ello también, acusadas de estar a favor de una planificación urbana que buscaría favorecer los negocios inmobiliarios.
“Nosotras estamos a favor de las tierras productivas siempre. No nos interesan los loteos. El mínimo de una hectárea hoy es nuestro norte y no vamos a parar hasta que nos den bolilla”, agrega Sandra, que, así como considera clave que el tema esté coronado luego por normas que le den protección jurídica a esas tierras, y que eviten efectivamente que terminen siendo proyectos urbanos o viviendas de lujo.

En paralelo a esas grandes discusiones, estas referentes también se encargan de lo que muchas veces pasa desapercibido, y actúan como un grupo de fomentistas que recorren el territorio y elevan reclamos o proyectos.
Así es como, por ejemplo, en la zona funcionan hoy varios grupos de emergencias junto a autoridades policiales y de Defensa Civil, impulsados por ellas ante el aumento de hechos delictivos en la pandemia. Y también se ponen en agenda temáticas históricas, como la limpieza de desagües, la invasión de cotorras en las chacras o el mantenimiento de las calles y luminaria.
“Todo esto es abrir el paraguas antes de que llueva, y es fundamental, aunque bastante difícil de conseguir”, evalúa la líder del grupo.

Allá por sus comienzos, la lógica, dice Sandra, fue: “Si hay grupos de hombres que no pueden solucionar esto, ¿por qué no hacen uno las mujeres?”. Y hasta ahora, aseguran, les ha funcionado. Es paso a paso, con pequeñas (grandes) conquistas diarias, pero, lo más importante, con sentido de pertenencia por su ruralidad, su producción y su histórico valle irrigado.
Lo dice su nombre, son las “mujeres que aman las chacras”, y que viven y trabajan en ellas a diario, pero van un poco más allá y tejen vínculos y propuestas porque las quieren ver vivas y produciendo. Desde allí también se construye política, desde el territorio y para el territorio.




