Desde que descubrió a las vicuñas, trabajando en la puna catamarqueña, el ingeniero agrónomo Juan Carlos Rodríguez se obsesionó con un ambicioso proyecto: lograr “domesticar” a esa especie salvaje con planteos de encierre y un sistema de esquila y agregado de valor.
De que es posible hacerlo ya no le queda ninguna duda, porque este entusiasta no ha hecho más que acumular evidencia y hacer trabajo a campo durante más de una década. Es a lo que se vio obligado en su búsqueda de nuevas respuestas sobre este camélido al que nadie se le había animado antes.
Bien ganado tiene su apodo de “perro verde”, que nació durante su vida facultativa por la forma en que se alimentaba (comiendo ensaladas), pero se mantuvo de adulto por su fama de andar siempre en búsqueda de ideas alocadas. “Soy travieso y creativo, si no me aburro”, señala Juan Carlos, que dialogó junto a Bichos de Campo sobre una de esas ideas, probablemente la más importante de su vida.

Nació en Tucumán, pero se crió, se formó y vivió siempre en Catamarca. En su extensa trayectoria, este ingeniero agrónomo ha hecho de todo, y hasta fue viverista en la época del “boom” de la jojoba y los olivares. Pero lo cierto es que los animales capturaron su atención desde muy joven, y empezaron a preocuparle seriamente en la adultez.
Su primer contacto con las vicuñas fue en realidad casual, a fines de los noventa, cuando trabajaba en planteos de llama en altura. Allí se encontró con este camélido, que siempre se supo indomesticable y cercado tanto por la caza furtiva como por los depredadores.
En ese entonces, recuerda, “no había libros ni experiencias previas” sobre las vicuñas, pero sí empezaba a calar muy profundo la crisis socioeconómica en la zona y la posibilidad de aprovechar las fibras de esos animales parecía ser una solución a la que nadie atendía.
“En el 2001 los chicos nuestros se morían de hambre. Tomábamos mate cocido con pan de vez en cuando, y no se veía ni por casualidad una proteína o una vitamina”, recuerda con tristeza Juan Carlos.
En ese entonces, un proyecto del INTA Abra Pampa, en Jujuy, comenzaba a promocionar los criaderos, y entregaba 20 vicuñas a cada productor, una idea que el agrónomo quiso llevar a su provincia, pero con una vuelta de tuerca.
“El problema es que esos no eran criaderos, sino zoológicos. Metían 20 vicuñas en 4 hectáreas y no funcionaban”, señala. La experiencia peruana con estos animales indicaba que no puede haber más de uno por hectárea, y que debe evitarse a toda costa la competencia entre machos. Y fue eso lo que Juan Carlos copió para armar su propio planteo.
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Si le preguntan por el fin último de toda su experiencia, es poder ver planteos ganaderos de vicuña con sistemas de cerco de grandes extensiones. Un esquema que se hace a pequeña escala en el país andino, pero que aquí sólo existe en los papeles, aunque el agrónomo insiste incansablemente para darle rienda suelta.
“Se puede hacer, la vicuña es un bicho más como cualquier otro ganado. Se la puede manejar teniendo criterio, paciencia y cariño”, explica el especialista, que por el momento sólo ha acumulado mucha experiencia en la esquila pero sólo a partir de lo que se conoce como “aprovechamiento racional”, es decir, con las vicuñas en libertad, a las que se captura sólo para quitar las fibras.

El problema de esos sistemas rudimentarios, observa Juan Carlos, es que no se le saca todo el jugo a esta producción. Por eso es que insiste con su esquema de encierre, con aguadas e infraestructura similar a la de cualquier otro planteo ganadero, y una carga de animales variable.
Cuando el trabajo en el vivero mermó, supo que tenía que dedicarse 100% a las vicuñas. Por eso, se compró una gran extensión de tierra en un cerro, a unos 3500 metros de altura, y desde allí empezó a impulsar la actividad.
Hoy esquila y vende sus fibras con regularidad y asegura haberle encontrado la vuelta al manejo animal, pero también, con la calculadora en mano, insiste en lo mucho que está perdiéndose por no avanzar con nuevos planteos.
“Con el sistema que estamos usando ahora, que es capturar las vicuña como podemos y esquilar, en la puna catamarqueña, se puede cosechar y vender por un valor de 6500 dólares por año. Pero si se hacen los sistemas de cercos, con aguadas e infraestructuras, alcanza los 39.500 dólares”, observa.
Nada quita, igualmente, que su actividad no esté supeditada a los flagelos que tienen otros productores de cabras u ovejas de la región, que a menudo caen en quebranto por los daños que producen los depredadores y terminan engrosando los bolsones de pobreza de las ciudades.
En una guerra declarada por la supervivencia, Juan Carlos señala que lo que hay “es una lucha a muerte”, y por eso a menudo polemiza con quienes no quieren combatir a los zorros y pumas, capaces de matar a decenas de ejemplares en sólo una noche.
“La gente se va del campo y se muere de hambre porque los pumas se comen las cabras y las ovejas. A nosotros nos comen las vicuñas y las llamas”, lamenta, y junta más argumentos a favor de sus sistemas de cerco.
A futuro, imagina el agrónomo, podrían agregar más valor a las fibras que todavía venden en crudo, y suelen exportar a Europa. La idea es que de Catamarca salgan hilos finos, que luego utilice industria textil para hacer costosas prendas, pero también gruesos y más baratos, ideales para la producción artesanal.
Al “perro verde” no le quedan dudas de que hay mucho por hacer, y sólo espera ser testigo de esa transformación en su provincia, aquella con la que sueña desde hace muchos años.
“No se trata sólo de dominar la vicuña. Lo que queremos es dominar la pobreza de Catamarca, pero para eso también tiene tomar la posta el Estado y promocionar esto”, concluye.




