A los pocos productores argentinos de pitaya no les gusta caracterizar a la fruta como exótica, sino que prefieren el adjetivo “negligenciada”. La elección no es fortuita, porque en realidad hay muchas plantas dispersas en el Litoral, incluso en zonas urbanas, que nunca fueron más que ornamentales por el desconocimiento sobre sus particularidades.
Las tendencias de consumo, siempre mutables, hicieron lo propio, y la “fruta del dragón”, como se la conoce en dibujos animados o se difunde en videos de TikTok, terminó ingresando a los mercados locales desde destinos lejanos de Centroamérica. Importada, más exótica parecía aún.
Pero nada de eso cuenta para quienes en Salta, Jujuy, Formosa, Misiones, Formosa, Corrientes y Entre Ríos la cultivan, con técnicas y variedades que recién terminaron de “pulir” hace no más de 4 años, y un total de no más de 100.000 plantas dispersas en unas escasas 20 hectáreas en el país.
Es dulce, ligeramente agria, tropical, llamativa, marketinera y ahora también, una opción productiva que pisar fuerte incluso en tradicionales zonas citrícolas.

En la previa de la primera jornada nacional exclusiva para esa fruta que se celebrará en Concordia -el 5 y 6 de marzo-, Bichos de Campo consultó a uno de los principales impulsores de esta incursión de la pitaya en esa región y un especialista en la materia, el ingeniero agrónomo Mariano Winograd.
-¿Cómo es que Concordia, zona citrícola y luego arandanera por excelencia, hoy produce pitayas?-, es la pregunta disparadora de este intercambio.
“Lo que pasa es que es una especie nueva que no es nueva, porque estuvo siempre ignorada y oculta”, desafía Winograd, que cuenta en detalle cuál fue el trabajo detrás del desarrollo de esta rama productiva y hasta dónde esperan que se expanda en el mediano plazo.

De la mano de las firmas Pindapoy y Ayuí, Concordia fue durante muchos años punta de lanza en la producción citrícola. Eso fue así hasta que el polo se trasladó a Chajarí, una localidad a pocos kilómetros de allí donde prosperaron importantes familias con control directo sobre varios eslabones de la cadena y que se hicieron rápidamente del mercado.
Al esplendor citrícola le sucedió un esplendor arandanero, a partir de grandes inversores pero que entraron en retroceso cuando Perú acaparó gran parte del consumo regional.
“Y ahí fue cuando un grupo de agrónomos decidimos que era interesante buscar alternativas. Había infraestructura, packing, logística, cadena de frío, inversores y profesionales, y salimos en búsqueda de diversas alternativas”, describió Winograd, que desde entonces ha impulsado proyectos de kiwi, guayaba, palta, almendra y avellanas en la zona, pero que hace pocos años decidieron dar la gran estocada con la pitaya.
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¿Y por qué ese fruto en particular? “Es relativamente fácil de multiplicar, es compatible con esta condición subtropical con inviernos y heladas, y en ese momento era un fruto que estaba un poco de moda en el mundo y que faltaba en Argentina”, señaló el especialista.
Pero el desarrollo local debió esperar a que los convenios de investigación con Vietnam y avances particulares hicieran lo propio. Y no fue hasta después de que Ecuador y Brasil empezaran a ingresar con su fruta que aquí se le encontró la vuelta: variedades autofértiles, tecnología, métodos de conducción, el control antiheladas heredado del arándano, poda, y otros bemoles más.
Fue así como, allí mismo en Concordia, en la pequeña localidad de Colonia Ayuí, crearon el primer vivero especializado en esta fruta y lo llamaron PitAyuí. “Tenemos todavía las variedades que requerían polinización, y que las estamos vendiendo en el mercado con muy buen resultado. Y a partir de la próxima semana ya vamos a tener cosecha de las autofértiles, la primera cosecha que tenemos en Argentina”, explicó Winograd.
En cuanto a lo productivo, señala el especialista, lo único que requiere es una inversión inicial, ya que se producen unas 6000 plantas por hectárea, que necesitan de un control contra heladas, una pendiente y, en lo posible, proximidad al río, que contrarresten los efectos del invierno para una fruta que es esencialmente tropical.
En lo demás, no reviste mayores complicaciones. “Para quien es fruticultor no es una fruta compleja. No es muy hospedera de plagas, es relativamente sencilla de regar, hay que controlar la helada, pero eso se sabe hacer, y podar es sencillo”, agregó.

En ese sentido, probablemente el desafío hacia adelante sea más comercial que productivo. “La cuestión es cómo insertamos la pitaya en la canasta de consumo de la Argentina”, señaló el productor, que igualmente considera que ya el paladar local se ha acostumbrado mucho, durante las últimas décadas, a las frutas tropicales. De hecho, hoy se consume kiwi, mamón, mango, maracuyá, palta y arándanos, por ejemplo, casi a diario.
Y no sólo insertarse en la canasta de consumo, sino además hacerlo con la fruta propia, producida en el Litoral y el norte del país. Pero eso lo dan por descontado en el sector, donde confían en las bondades de las variedades que aquí se manejan, las de pulpa blanca y roja, que se cosechan mucho más cerca del grado de madurez y, por ende, llegan a los mercados concentradores con más azúcares que las variedades tradicionalmente más sabrosas, como la Palora.
“La nuestra es la pitaya más austral y más dulce del mundo”, señala, sin dudarlo, Winograd.

Además de la promoción de la actividad y de la capacitación a productores -incluso con especialistas de Brasil, Perú, España, Ecuador- el primer encuentro nacional dedicado a la pitaya busca también empezar a poner esas cuestiones sobre la mesa.
Además de hablar de trazabilidad, poda, manejo y comercialización, la propuesta que se desarrollará el próximo 5 y 6 de marzo en Concordia apunta a que empiece a haber un grado de integración en el sector para que el crecimiento sea sostenido y el proyecto, duradero.





