En el norte profundo, donde muchos dicen que “Dios atiende en Buenos Aires”, hay docentes que todos los días demuestran que la Argentina productiva también late fuerte lejos del Obelisco. Uno de ellos es Isaías Ibáñez, maestro de enseñanza práctica en la Escuela Provincial Agrotécnica Nº 12 de El Fuerte, departamento Santa Bárbara, en la provincia de Jujuy.
Isaías nació y se crió en el Ingenio La Esperanza, a 130 kilómetros de la capital jujeña. Hijo de una familia humilde, es uno de cinco hermanos. Su mamá trabajaba como peón rural en el ingenio azucarero: cosechaba caña a mano desde las cuatro de la mañana y, cuando terminaba la jornada, salía a limpiar casas o lavar ropa para completar el ingreso.

A él lo llevaba al surco. Lo dejaba en un cajón de manzanas, a un costado del lote, mientras ella cargaba fardos de caña o sembraba verduras de temporada. Así creció Isaías: entre el machete, la tierra y el sacrificio. “Siempre supe que me iba a dedicar a esto”, contó a Bichos de Campo.
Isaias cursó la secundaria en una escuela agrotécnica y luego se recibió de técnico superior en gestión de la producción agropecuaria. Pero el camino no fue lineal ni cómodo. Mientras estudiaba, trabajó como peón en una pequeña granja porcina. Necesitaba sostenerse económicamente y sus padres no podían ayudarlo. Lo probaron en vacaciones y se quedó. Le dieron horario corrido para que pudiera seguir formándose.

Más tarde dio capacitaciones en producción porcina para pequeños productores de distintas localidades jujeñas, muchas a más de 100 kilómetros de la capital. En una de esas jornadas, después de un asado compartido, un productor le dijo algo que le cambió la vida: “Profe, ¿por qué no te dedicás a la docencia? Te entendemos. Han venido muchos profesionales que nos hablan en un idioma que no es el nuestro”.
Ese fue el clic: hace nueve años que es docente rural. Hoy trabaja en El Fuerte, un pueblo de apenas 600 habitantes.
Allí la escuela agrotécnica tiene alrededor de 70 alumnos, muchos de ellos alojados allí porque viven en parajes cercanos. Son, en su mayoría, hijos de pequeños productores ganaderos. Agricultura familiar pura: rodeos de 15 o 20 animales, economía ajustada y mucho esfuerzo.
La formación es integral. Por la mañana cursan materias generales; por la tarde, producción agrícola y pecuaria: rumiantes, cerdos, cultivos extensivos, montes frutales, maquinaria agrícola. En sexto año realizan prácticas profesionalizantes y egresan como técnicos agropecuarios.
Pero Isaías insiste en que el objetivo no es solo que consigan empleo. “Queremos que se animen a emprender. Que mejoren lo que hacen sus padres y abuelos. Que tecnifiquen. Que cambien la mentalidad”, dijo el docente rural.
De hecho, él mismo es pequeño productor. Hace engorde de novillos y de cerdos, como muchos de sus alumnos. Hace unos años, junto a la escuela, empezaron a promover el engorde a corral entre las familias del pueblo, para dejar de vender el ternero al intermediario “por dos mangos”. Hoy ya hay varios sistemas de engorde en marcha en la localidad. Pequeños, pero que se van organizando para vender al mejor precio posible.
Isaías no se queda en el aula. Visita los campos de los chicos. Recibe a las familias en el suyo. Habla con los padres, los cruza en la plaza, en el almacén. En un pueblo chico, la escuela no termina a la tarde: es parte del entramado social.
También sabe que las escuelas agrotécnicas del norte no tienen la infraestructura del centro del país. Lo vio cuando viajó a capacitaciones en otras provincias. “Uno sueña con tener esas instalaciones”, admitió. Pero no se detiene en la queja. Trabaja con lo que hay.
Cuando le preguntan qué siente al enseñar, no duda: emoción. Porque se ve reflejado en esos chicos. Porque él también fue alumno de escuela agrotécnica. Porque también nació en un contexto que parecía marcar un límite.
“Que el entorno en el que uno nació no determina hasta dónde puede llegar”, eso le repite a diario a sus alumnos para que confíen en sus posibilidades y no se frenen ante las adversidades. Y no lo dice desde la teoría, su vida es ejemplo de que esa superación es posible.
Algunos de sus egresados ya son ingenieros agrónomos. Otros eligieron distintos caminos. Muchos se quedan en el pueblo, vuelven a sus predios y producen mejor. Para Isaías, ese regreso es una victoria silenciosa: significa que la comunidad crece desde adentro.
En tiempos en que buena parte de las políticas públicas miran al centro urbano, historias como la suya recuerdan que la Argentina productiva también se construye en los márgenes del mapa. En esas aulas rurales donde un docente no solo enseña a calcular raciones o manejar una sembradora, sino a confiar.
Isaías Ibáñez, el hijo de la cosechera de caña, el ex peón de granja, el pequeño productor que volvió como profe. Un docente que no solo transmite técnicas, sino sentido. Que no trabaja para hacerse rico, sino para que otros puedan crecer.
En el norte de Jujuy, lejos de cualquier oficina celestial, hay alguien que todos los días demuestra que sembrar conocimiento también es una forma de producir. Y que, cuando se enseña con pasión, la cosecha siempre vuelve.




