La tradición ganadera correntina tiene en su historia muchas promesas incumplidas. Como reflejo de lo que le sucede a la actividad a nivel nacional, tal vez la más saliente sea la de aumentar sus índices de destete y stocks, indicadores productivos que harían al despegue tan esperado de ese sector en el Litoral pero que, hasta ahora, difícilmente han podido sortear los muchos obstáculos que allí se concentran.
Hace varios años que los ganaderos no discuten únicamente la “rusticidad” de sus ambientes, que suelen ser climáticamente más hostiles y contar con menor disponibilidad de alimentos. Se trata también de la superposición de otros factores, como los sanitarios -sobre todo, el avance de la garrapata, un problema endémico de larga data- y de la incontrolable inseguridad, con casos de abigeato que recrudecen en zonas fronterizas al calor de bandas criminales y demoras judiciales.
Ese gran “combo” devela el misterio de por qué, si los índices de destete a nivel nacional se ubican en torno al 62-63%, allí difícilmente superan los 50 puntos. Pero hay establecimientos que, aún en zonas hostiles, combatiendo la delincuencia y las dificultades productivas, han superado esa lógica y han podido salir del molde. ¿Magia? No, manejo puro, análisis y una tecnología que ya es mala palabra para muchos en el sector: caravanas electrónicas.
A partir de este año, por disposición del Senasa, es obligatoria la identificación individual electrónica para todos los terneros o terneras de la especie bovina y bubalina. La medida, que fue varias veces pospuesta, encontró resistencia en el sector, que esgrimió quejas por sus costos operativos y su naturaleza regulacionista.
Pero, más allá de las polémicas que suscita el caravaneo electrónico, hay quienes trabajan ya desde hace tiempo -y mucho antes de su obligatoriedad- con esa herramienta, demostrando que se le puede sacar mucho provecho en términos productivos. Una de los proyectos en marcha es el que llevan a cabo hace más de 5 años los investigadores del INTA Curuzú Cuatiá, destinado a encontrar vacas adaptadas a la región y mejorar los índices productivos que hace décadas no despegan.
Bichos de Campo entrevistó al veterinario Luis Rivero, que lleva adelante esa línea de trabajo en el sur correntino y se jacta de haber registrado y monitoreado a más de 30.000 bovinos. “Hay muchas vacas diferentes que el ganadero no conocía, y eso productivamente es mucho mejor”, señaló el especialista, que considera que no siempre una “cara bonita” es sinónimo de productividad, y, así, le ha encontrado la vuelta a uno de los históricos limitantes de la actividad en esa provincia.

Al explicar de qué va su proyecto, Rivero lo resume fácilmente: “Buscamos aquellas vacas productivas que capaz que no son las más lindas, pero son las que tienen terneros todos los años. Esa es una vaca más rentable”.
Y es así como echan mano a la trazabilidad electrónica en conjunto con los establecimientos ganaderos. El productor adquiere las caravanas, y ellos proveen los dispositivos de lectura y ayudan en el análisis de datos. “No estamos inventando nada nuevo, es simplemente tener la información y aplicarla”, explicó el veterinario, que remarca la importancia de las caravanas electrónicas pero recuerda que, lejos de solucionar el problema por sí solas, son sólo una herramienta que permite ponerle números a un rodeo en apariencia desordenado.
El método de trabajo, explicó Rivero, se basa en elaborar un semáforo a partir de los índices reproductivos. Las vacas teñidas de “rojo” son aquellas que tienen índices de destete muy bajos y deben ser descartadas; las amarillas se mantienen bajo la lupa; y las verdes, las más aptas, son las que deben mantenerse en el rodeo junto a sus hijas.
“Lo que hacemos es buscar aquella vaca que se preña todos los años, y empezar a sacarnos de encima a las que son improductivas. Necesitamos vacas que se banquen Corrientes y que produzcan”, explicó.
Mirá la entrevista completa:
Una de las experiencias exitosas de ese proyecto es la del establecimiento “Tres Luceros”, dedicado a la cría en Paso de Los Libres y que, tras haber “chipeado” a sus animales junto a la división del INTA que integra Rivero, se jacta de haber logrado un índice de preñez muy por encima del promedio provincial y a tono con la ganadería pampeana y bonaerense.
Para conocer de cerca esa experiencia, Bichos de Campo visitó el campo que hace 8 años administran María Marta Batalla y Marcelo Ermácora, un emprendimiento que acumula ya tres generaciones pero que recién ahora pudo dar el tan ansiado salto productivo, de casi 50 puntos, de 37 a 83% de preñez.
A todas luces, ese proyecto ganadero recostado sobre el río Uruguay merece un 10 sobresaliente. Pero, aunque parezca una hazaña, Batalla asegura que no fue más que trabajo duro. “Ojalá fuera un milagro, Acá hubo mucha cabeza y mucho análisis”, señaló la productora.
Mirá la entrevista completa:
La idea inicial surgió en realidad por un problema estructural, pues, más que un “milagro de la ganadería”, los productores correntinos buscaban incrementar su productividad para hacer frente a los problemas sanitarios, la inseguridad rural y las deficiencias climáticas. Con un proyecto de implantación de pasturas y de recría y engorde en puerta, antes tenían que proyectar un crecimiento sostenido de su negocio.
“Acá tenés que eficientizar, si no, no hay forma de producir. Estos son establecimientos en los que no nos podemos dar el lujo de que la vaca ande paseando y no te dé terneros”, explicó María, que no tuvo prurito en golpear puertas y pedir asesoramiento a los profesionales del INTA.
La respuesta llegó desde Curuzú Cuatiá, con el proyecto que el veterinario Luis Rivero explicó en detalle a este medio.

En campos donde el volumen de pasto no sólo no alcanza para hacer el ciclo completo sino que suele ser insuficiente incluso para la cría, la clave está en detectar lo antes posible los bovinos que serán improductivos. Esa es la otra ventaja que le han encontrado los especialistas del INTA a la identificación individual electrónica, que dentro de los rodeos trabajan también con las vaquillonas de reposición.
“Logramos bajar la edad de entore, a 18 meses en campos de atura y a 24 meses en campos del norte. Lo que hacemos es adelantarnos un año mejorando el plano nutricional de la vaquilla, porque las tenemos identificadas individualmente y las podemos evaluar mes a mes”, detalló Rivero.
De ese modo, se pueden mantener sólo aquellos bovinos que serán productivos y ahorrar en recursos. “Podemos sacar las vaquillas diez meses antes que el productor se entere de que no se van a preñar”, agregó el veterinario.
Ninguna tecnología ha sido mágica, menos aún en el sector agropecuario. Pero, más allá de la discusión que suscita la obligatoriedad del caravaneo electrónico, experiencias como las registradas en los establecimientos correntinos demuestra que, bien utilizada, la herramienta puede derivar en mejoras productivas y de rentabilidad.
“El que la quiera adoptar bienvenido sea, está claro que va a mejorar porque está probado. A nosotros nos permitió mejorar muchísimo nuestros índices, pero igualmente cada productor tiene su librito”, concluyó Batalla.





