La siembra directa llegó a ocupar 93% del área agrícola argentina. Fue el resultado de más de tres décadas de expansión, desde aquellos primeros ensayos de los años 70 hasta convertirse en el sistema dominante de producción de granos. Pero la curva se dio vuelta.
Para la campaña 2025/26, Aapresid estima que la siembra directa ocupa 80,6% del área relevada, frente al año anterior, que fue de 82,6%. Y si se compara con el máximo de 2017/18, la caída supera los 12 puntos porcentuales.
La organización que durante décadas promovió la eliminación de las labranzas reconoce así que la siembra directa dejó de avanzar y lleva casi una década retrocediendo.
Claro que no es todavía una vuelta generalizada al arado. Ocho de cada diez hectáreas siguen manejándose bajo siembra directa. Pero el dato marca un cambio importante, ya que después de avanzar durante décadas sobre la agricultura convencional, ahora el sistema está perdiendo superficie.

La principal causa es el problema que durante años la siembra directa había permitido resolver sin mover el suelo que eran las malezas. Según el relevamiento de la organización, 48,5% del área que volvió a ser trabajada con algún tipo de laboreo lo hizo por dificultades para controlar las malezas.
Hay además un 25,6% asociado a la compactación de los suelos. El 26% restante responde a un conjunto de situaciones: restricciones para utilizar determinados productos fitosanitarios, cultivos que requieren labores para la cosecha, contratos de arrendamiento y costos de los insumos, entre otras razones.
Son estimaciones obtenidas a partir de informantes y referentes consultados por Aapresid en 204 partidos y departamentos. No se trata, por lo tanto, de una medición lote por lote ni de una comprobación experimental de las causas. Pero sirve para mostrar qué está ocurriendo en el territorio según quienes siguen de cerca el sistema.
La agricultura argentina no siempre fue directa. Durante buena parte del siglo XX, preparar el suelo antes de sembrar implicaba removerlo. Arados, rastras y otras herramientas formaban parte de la rutina de los lotes agrícolas.

La siembra directa empezó a ofrecer la posibilidad de sembrar sin invertir el suelo y dejar los rastrojos sobre la superficie.
Los primeros antecedentes argentinos se remontan a la década de 1960, con experiencias en el INTA Pergamino. En los años 70 comenzaron trabajos sistemáticos en otras estaciones experimentales. En la década siguiente, la siembra directa ya formaba parte de los estudios argentinos sobre agricultura conservacionista. El problema era la erosión, pérdida de suelo y un costo cada vez mayor de las labores.
A fines de los años 80 apareció Aapresid, formada por productores que buscaban desarrollar y difundir ese sistema. A partir de allí, la adopción comenzó a acelerarse.
En 1989/90 apenas 0,4% del área agrícola estaba bajo siembra directa. En 1994/95 ya era 11%. En 1997/98 había superado el 20%. En 2002/03 la siembra directa ya representaba 55,5% del área. En 2005/06 alcanzaba 67,5%. En 2007/08, 73%. La expansión continuó hasta alcanzar alrededor de 93% en 2017/18.
En menos de 30 años, la agricultura argentina había cambiado de manera radical. La siembra directa avanzó acompañada por nuevas variedades, fertilización, herbicidas, biotecnología y mejores herramientas para manejar los cultivos. Todo ese paquete permitió que el productor pudiera dejar de recurrir a la labranza para controlar las malezas y preparar el lote.
La siembra directa no consiste simplemente en no arar. Para que el sistema funcione, la cobertura del suelo, las rotaciones, la fertilización y el manejo de las malezas tienen que formar parte de una estrategia.
Cuando esas piezas comenzaron a simplificarse, aparecieron problemas. Aapresid viene advirtiendo sobre el avance de malezas resistentes, la compactación y otros efectos asociados a manejos repetitivos. Ahora, una parte de los productores está volviendo a utilizar herramientas de labranza.

Durante años, el control químico de malezas fue uno de los aliados fundamentales de la expansión de la siembra directa. Permitió eliminar la competencia sin tener que recurrir al laboreo. Pero la aparición y expansión de malezas resistentes a distintos herbicidas complicó ese esquema.
Cuando el control químico deja de ser suficiente, vuelve a aparecer una herramienta que la siembra directa había buscado dejar atrás: el movimiento del suelo.
El tránsito de maquinaria pesada y determinadas condiciones de manejo pueden generar capas compactadas que dificultan la infiltración del agua y el crecimiento de las raíces. En esos casos, algunos productores recurren nuevamente a labores para intentar corregir la situación.
Así, el sistema que había reducido el uso del arado empieza a necesitarlo en algunos lotes y en determinadas circunstancias.
La caída de la siembra directa no significa que la agricultura argentina esté abandonando el sistema.
El 80,6% estimado para 2025/26 sigue siendo una proporción enorme. Tampoco todas las labores implican necesariamente un regreso al modelo de agricultura convencional que predominaba antes de la siembra directa.
Lo que muestran los números es que la siembra directa dejó de ganar superficie. Las mayores caídas registradas por Aapresid aparecen en San Luis, Buenos Aires, La Pampa y Chaco. En otras provincias, en cambio, la superficie aumentó, entre ellas Entre Ríos, Santiago del Estero y Santa Fe.
La experiencia acumulada en el país terminó convirtiéndose además en un producto de exportación.
Argentina no inventó la siembra directa. Hubo experiencias anteriores y desarrollos en distintos lugares del mundo. Pero la agricultura argentina llevó el sistema a una escala que permitió acumular conocimiento sobre maquinaria, manejo de cultivos, fertilización, control de malezas y organización de la producción.
El sistema que llegó a cubrir prácticamente todo el territorio agrícola empezó a retroceder justo cuando parecía haber ganado definitivamente la batalla contra la labranza. Aapresid no está diciendo que la siembra directa haya dejado de funcionar. Los datos muestran, de hecho, que sigue siendo el sistema predominante.





