Producir forraje en cantidad es importante, aunque no lo es todo. Sucede que si ese alimento no tiene la calidad necesaria para que el animal lo aproveche, buena parte del esfuerzo realizado en el lote puede quedar por el camino. Y entre todos los componentes que definen esa cuestión hay uno que, según el veterinario Juan Manuel Piñeiro, resulta especialmente difícil de reemplazar: la digestibilidad de la fibra.
“Si nos falta proteína, podemos comprar más concentrado proteico. Si nos falta energía, podemos comprar más grano, maíz seco molido. Pero si falta digestibilidad de la fibra estás en un problema enorme”, explicó Piñeiro a Bichos de Campo.

La razón es bastante directa. Uno de los principales motivos para incorporar silajes en la alimentación de las vacas lecheras es el aporte de fibra. Y en ese caso no solamente importa cuánto haya, sino cuánto pueda aprovechar efectivamente el animal. “Cuanto más digestible, más come, más leche produce y más dinero genera para el productor”, resumió el especialista.
Esa digestibilidad, aclaró, no depende de una sola decisión. Entran en juego la genética del cultivo, su estado sanitario, el manejo y también el momento elegido para picarlo.
En sorgo, por ejemplo, existen materiales con menor contenido de lignina, un componente de la fibra que resulta indigestible. Pero aun con una genética favorable, el momento de cosecha sigue siendo determinante.
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“Si te pasás mucho, la planta envejece. No solo aumenta la lignina, sino que empieza a combinarse más con otros carbohidratos y baja aún más la digestibilidad”, explicó.
Tampoco serviría simplemente adelantarse todo lo posible con el picado. Una planta más joven puede ofrecer una fibra muy digestible, pero resignar demasiado rendimiento. “Siempre es un compromiso entre rinde y calidad”, señaló Piñeiro.
El otro gran capítulo empieza una vez que el cultivo entra en la picadora. Allí aparecen tecnologías de procesamiento que buscan aprovechar mejor el grano contenido dentro del silaje. Una de ellas es el denominado “cracker”, un sistema de rodillos ubicado dentro de la máquina que recibe el material luego del corte. Su función es romper los granos y, al mismo tiempo, generar cierto procesamiento de esa fibra.
En maíz esa tecnología ya tiene largo recorrido, pero Piñeiro puso el foco en nuevos desarrollos pensados para granos más pequeños, como el sorgo.
El interés por esas herramientas, según Piñeiro, aumenta especialmente en la medida en que la ganadería y la lechería avanzan sobre regiones con mayores restricciones hídricas. Allí el maíz puede encontrar límites y ganan espacio otros cultivos capaces de producir con menos agua o soportar mejor las altas temperaturas.
Para graficarlo, el especialista recurrió al caso estadounidense. Según explicó, hacia 1980 cerca del 25% de las vacas de ese país se encontraban al oeste del meridiano 100, una región con menores precipitaciones. Actualmente, indicó, allí se concentra cerca de la mitad del rodeo. Ese desplazamiento obligó a mirar con mayor atención al sorgo, el trigo y otros recursos forrajeros alternativos, pero también a preguntarse cómo mejorar su aprovechamiento.
“Cuando empezás a tener el ganado yendo a estos lugares más marginales, estas tecnologías de uso de forrajes alternativos y de aumento de la digestibilidad empiezan a ser muy importantes”, afirmó.
¿Puede algo de ese recorrido llegar también a la Argentina? Piñeiro cree que sí, aunque advirtió que la adopción de una tecnología requiere tiempo, pruebas y productores dispuestos a incorporarla.
“Va a llegar porque hay algo que no va a cambiar, que es la necesidad. Donde haya una necesidad va a haber que buscar soluciones, sea esta u otra tecnología”, concluyó.





