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Rodrigo Aguilar, el sacerdote agrónomo que predica a más de 80 mil personas por día, cuenta cómo sintió “el llamado” y por qué no dejó atrás su amor por lo rural

Juan I. Martínez Dodda por Juan I. Martínez Dodda
23 octubre, 2026

Quién pudiera llenar un Estadio Monumental (el de River Plate, con capacidad para 85.000 espectadores) o un Coliseo romano (que supo alcanzar los 80.000 lugares en sus épocas de furor) o, para ir a uno de moda, algo más de 5 Movistar Arena diarios repletos en su versión full (15.000 espectadores de capacidad). El protagonista del último capítulo de El podcast de tu vida (7.ª temporada) no llena estadios, pero sí llega a más de 80.000 personas cada día con su interpretación de la palabra de Dios a través de “Algo del evangelio”, un espacio virtual con el que llega a todos los rincones del mundo. Se llama Rodrigo Aguilar, es ingeniero agrónomo y cuenta cómo, estando de novio y casi terminando la carrera, descubrió ese llamado para entrar como seminarista.

Nació en Tucumán, pero se crió en Bella Vista, partido de San Miguel (Buenos Aires), donde hoy es sacerdote. Además, su infancia y su vínculo con la ruralidad (llegó a exponer con sus gallinas en la Rural), la posible visita del papa León XIV, el celibato, la Iglesia evangélica y la católica, y un ping pong imperdible en el que hablamos de cocina, música, viajes en el tiempo y otras pasiones.

-Contame de tu infancia. ¿Dónde te criaste? ¿Cómo estaba conformada tu familia?

-Nací en Tucumán, pero al año de vida mis padres se vinieron a Buenos Aires por trabajo, buscando oportunidades, y nos instalamos en Bella Vista, partido de San Miguel. Tengo lindos recuerdos de la infancia. Somos siete hermanos. Así que, siempre acompañado. Mi mamá siempre en casa, gran madre, tenía que lidiar con varios.

-Y… tenía buen laburo, ¡siete hijos!

-Sí, valoro mucho eso. Los primeros cuatro somos seguidos, después vinieron tres más. Y mi padre, un buscador, estudió agronomía, pero le quedaron materias por rendir. Trabajó muy poco en el campo en Salta y después se dedicó al comercio. Tuvo forrajerías, cancha de fútbol cinco, un lavadero de autos, transporte, traía azúcar de Tucumán a Buenos Aires. Hizo de todo.

-Cuando tocó elegir qué estudiar elegiste, como tu viejo, agronomía. ¿Qué soñabas ser o hacer como agrónomo? ¿Tenías un plan B?

-Yo, desde chico, amé el campo, aunque mi familia no tenía campo. Pero entre las cosas que hacía mi padre, tenía una granja con gallinas, conejos, gansos, pavos y los vendía. Tuvo un problema con el socio y, de un día para el otro, cayó a casa con todos los animales. Yo tenía 11-12 años. Mi casa se transformó en una granja. Y yo me empecé a dedicar a los animales, me encantaba estar con ellos, darle de comer, cuidarlos. Y ahí empezó un deseo de criar gallinas de raza, mi papá me acompañó, creamos una granja y a los 13 años fui expositor en la Rural de Palermo con mis Orpington leonada (N. de la R.: raza de origen británico, reconocida por su tamaño, plumaje esponjoso de color dorado o crema y de carácter manso). Así que ya a esa edad yo ya sentía que quería ser agrónomo. Deseaba vivir en el campo, tener una vida distinta a la de la ciudad.

 

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-En un momento de tu vida apareció la sensación de que querías ser sacerdote. Incluso tenías planes de casarte, creo…

-Fue un proceso. La primera etapa, de chico, mi madre me cuenta que yo decía que quería ser sacerdote. “¿Por qué? Porque quiero ir más rápido al cielo”, decía. Esa era mi motivación… También le decía que era porque no quería ocuparme de la plata. Me río ahora porque de la plata hay que ocuparse igual, y al cielo es un camino más difícil porque uno tiene más responsabilidad (se ríe). Un poco más grande me encantaba ser monaguillo. Ya en mi juventud, estudiando agronomía, me puse de novio, un noviazgo muy lindo, ella también estudiante de agronomía, y misteriosamente ahí es donde empieza un llamado interior que es difícil de contar. Es una voz de la conciencia que me decía: “Tenés que ser sacerdote”.

-¿Y qué pensaste? ¿Estoy loco?

-Al principio lo dejás pasar, pensé que era una locura mía. Ahí empezó un proceso, sentía ese llamado, pero no quería porque yo estaba bien, a mitad de la carrera, de novio. No me animaba a dar el paso hasta que, después de tres años de noviazgo, incluso con miras a casarnos, me animé a cortar con mi novia para poder empezar a ver si esto era serio. Empecé a hablar con un sacerdote que me guió y, después de ese proceso de duelo, de cortar el noviazgo y de terminar la carrera, que no me arrepiento nunca de haber estudiado Agronomía, me presenté en el seminario.

-El celibato también es un renunciamiento, ¿cómo lo vivís o viviste? ¿Creés que es algo que se deba o pueda cambiar?

-A veces es más la preocupación de quienes no están viviendo celibato, que de quienes lo vivimos. Esta pregunta surge siempre, más con una historia como la mía. Alguno dirá: ¿Pero cómo? ¿Los deseos de Dios van en contra del amor humano? No, yo estoy convencido de que elegí lo mejor y soy feliz. No podría estar acá si no amara el celibato. Yo me enamoré más de esto que de mi novia. Uno no deja algo grande si no descubre algo más grande. Yo no sería sacerdote si no fuese célibe. Porque como sacerdote la entrega que uno tiene que tener es total de tiempos, corazón y disponibilidad, con una familia no podría hacerlo.

-¿Y creés que es algo que puede cambiar?

-Sí, puede cambiar porque no es de derecho divino. Pero no creo que cambie. No es la solución a la falta de vocaciones la pérdida del celibato. Con eso no voy a negar que hay dificultades y grupos de sacerdotes que han dejado, siempre hay tensiones, pero uno ve la totalidad de los 400 y pico mil sacerdotes que hay en el mundo y el que está viviendo el celibato está convencido.

 

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-¿Qué es lo que más te gusta de lo que hacés hoy?

-Por un lado, está lo sacramental, lo que el sacerdote hace como servicio a los fieles: bautismo, confesiones, misa. Pero dentro de todo, lo que más me gusta es el mano a mano. Escuchar gente con problemas, preocupaciones, es cansador, pero percibo la obra de Dios en las personas concretas.

-¿Cómo ves a los jóvenes hoy?

-Yo estoy dando clases en el colegio y está difícil. Esto no es para recaer sobre ellos, están en una etapa de crecimiento y fuimos jóvenes también. Las familias, en general, están resquebrajadas, con dolores, separaciones, y los jóvenes están muy solos. Y eso, sumado al acceso fácil a la tecnología, lo complica. Está difícil que estén atentos en una clase. Pero, al mismo tiempo, es una oportunidad para encontrarle la vuelta, llegarles al corazón de otra manera. Además, al haber más dolores, la presencia de Dios puede ayudar más.

-¿Está más difícil convocar a la gente a la Iglesia? ¿Cómo está hoy comparado con hace 20 años?

-Por un lado, hay un despertar en mucha gente, adultos, a la Iglesia. Es un volver a Dios después de tanto hartazgo, de una sociedad en la que tenés más acceso a todo, también hay tristeza y soledad. Pero sí, en las edades más chicas es el momento más difícil. Tenés una mirada positiva y negativa a la vez. Y sí es verdad que las iglesias evangélicas han captado muchísimo. Ahora salió una estadística hace poco que en Argentina los últimos 15 años bajó un 20% de los que se consideran católicos. De un 70 y pico a un 54%. Y ha crecido la evangélica. Ese es otro fenómeno que se está dando.

-¿Qué creés que tiene la Iglesia evangélica que no ha querido o podido desarrollar la católica?

-Yendo a lo general, la Iglesia evangélica se ha quitado los sacramentos que sí tiene la Iglesia católica: eucaristía, misa, confesión. El camino evangélico es más fácil, por así decirlo. Y a veces algunas son muy marquetineras. Pero también hay que mirar hacia adentro de la Iglesia católica y hacer un mea culpa. Una gran falencia nuestra es no haber sentado las bases para que la gente no se vaya.

–Hace unos años pusiste en marcha “Algo del Evangelio”, donde se divulga la palabra de Dios en redes, WhatsApp, incluso tiene su propia app.

-Surgió sin planearlo. Incipientemente surgió en 2012, cuando empezaba yo como sacerdote y el uso masivo de redes sociales. El párroco me dijo que me encargara de Facebook y empecé a comentar el evangelio del domingo. Le puse, tímidamente, “Algo del evangelio”. Y ahí me sorprendió lo que lo compartía la gente. Dos años después, un primo me motivó a grabar el evangelio que se empezó a mandar por WhatsApp. Al principio me costó porque soy vergonzoso, hasta que un día, rezando, escuché una voz que me dijo: “¿Por qué tenés vergüenza de hablar de mí?”. Así que el 16 de julio de 2015 grabé por primera vez y lo mandé. Al otro día tenía mensajes de otros países. Ya se había viralizado.

-Bueno, al final, es una de las formas de la Iglesia de llegar de otra manera, de aggiornarse…

-Sí, exacto. Me acuerdo cuando grabé el primero, al otro día fui a dar la misa del día, que en las parroquias nuclea a poca gente, 10-12 personas. Y vino una señora, me dijo: ¿Qué estás haciendo por internet? Tengo un pariente que tiene una amiga en Canadá que lo recibió, me dijo. Increíble. Pasar de que uno sabe que le habla a 20-30 personas en la parroquia a que no sabés a cuántas llega, son miles, cada plataforma tiene su llegada, y por WhatsApp es imposible saber porque se reenvía. Entre las redes, que es lo que se puede medir, por lo menos 50.000 personas por día lo escuchan. El canal de YouTube tiene 100.000 seguidores. Y por WhatsApp se lo mandamos a 20.000 personas directamente, pero después de ahí vuela para todos lados.

-Llegamos al ping pong de El podcast de tu vida. ¿Cómo despejás tu cabeza?

-En el día a día, pongo folclore al mango y me encanta, me conecta con mis raíces y me desconecta. También juntarme con amigos y familia. Y después, una vez por año, viajar y conocer nuestro país.

-¿A quiénes escuchás?

-Según el estado de ánimo. Para serenarme y pensar, me gusta Larralde. Te diría cuando estoy nostálgico, me lleva al bajón, pero me hace pensar. Y cuando estoy contento me encantan Los Manseros Santiagueños. Y como para volver a mis raíces, Los Chalchaleros y Cafrune, me lleva a mis padres, mi familia.

-¿Qué tal te va en la cocina? ¿Tenés alguna especialidad?

-Asado, con humildad debo decir que me sale bastante bien. Me gusta mucho la picaña y tira de asado. He descubierto que me despeja también cocinar si estoy tranquilo.

 

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-¿Series y películas? ¿Qué te gusta mirar?

-Veo poco, la última que miré, que la recomiendo, es “Los elegidos” o “The Chosen”, que es cómo Jesús fue eligiendo a los distintos apóstoles. Me gustan las que son históricas, de la Primera o Segunda Guerra Mundial, lo bélico. No por ver sangre, pero sí por ver cómo el mal obra en el mundo para aprender. Y las historias detrás de eso. Como en “Band of Brothers”, que me encantó.

-Imaginate que estás frente a una biblioteca de talentos y pudieses elegir uno que no tengas. ¿Cuál elegirías?

-Me encantaría hablar bien inglés y cantar. Canto, soy afinado, pero me encantaría hacerlo naturalmente, tener ese don.

-Imaginate que el Rodrigo que sos hoy, que ha transitado todo este camino, se cruza con aquel que estaba en la facultad. Previo a tomar la decisión de ser sacerdote. ¿Qué le dirías para aliviarle el camino o para ayudarlo?

-Le diría que no tenga tanto miedo. Animate a lo que vos sentís. Es una especie de reproche a mí mismo, cosas que pospuse o no hice o hice. Le diría que confíe en ese llamado de Dios.

Etiquetas: "Algo del evangelio"agronimiacelibatocuraevangeliofamiliafepalabra de diosrodrigo aguilar
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