¿Qué hace una pirámide en Colonia Liebig, una apacible localidad ubicada en Corrientes, junto al límite con Misiones? La zona es muy verde y está poblada de yerbales. Pocas cosas parecen existir allí que justifiquen la existencia de esa extraña pirámide.
Cristina trabaja en la Cooperativa Liebig y es, como corresponde, descendiente de inmigrantes. Ella acompaña a Bichos de Campo dentro de ese pequeño refugio de la memoria. Explica que la construcción reproduce la pirámide de Karlsruhe, una ciudad del sudoeste alemán de donde provenía buena parte de los fundadores de la colonia. La pirámide original está en la plaza del mercado y alberga los restos del fundador de aquella ciudad. La de acá fue levantada para que los inmigrantes y sus descendientes tuvieran “un pedacito de su tierra natal”.
La historia de Colonia Liebig había empezado después de la Primera Guerra Mundial. Aquellas familias buscaban una mejor calidad de vida y cruzaron el océano con poco más que sus pertenencias esenciales. Antes de partir, ya habían organizado una cooperativa, llamada Nueva Karlsruhe, para encarar el asentamiento en Sudamérica.

El destino previsto era Paraguay, pero el proyecto no pudo concretarse allí y el grupo terminó en esa zona del norte correntino, muy cercana a la ciudad misionera de Apóstoles, donde hay varias firmas yerbateras de renombre.
Cuenta Cristina que la organización inicial se disolvió; pero las familias de colonos, en cambio, permanecieron juntas. Dos años y medio después de llegar a esa porción de selva volvieron a constituir una cooperativa, tomando como base la primera experiencia y su estatuto. Fue el 19 de diciembre de 1926. Por eso, este año la cooperativa de Liebig llega orgullosa a su centenario.
En sus primeros tiempos era conocida como la cooperativa alemana. Después se incorporaron productores de origen polaco y ucraniano de la vecina Apóstoles. “En la actualidad somos un crisol de razas”, resume Cristina.
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Dentro de la pirámide, las fotografías y las herramientas permiten reconstruir también la historia de la yerba y de la marca que desde hace un par de años es la líder del mercado. Se puede ver un antiguo barbacuá y un rodillo de madera con dientes que se utilizaba para triturar las ramas ya secas. Entonces, cuando todo era más artesanal, el secado de la hoja verde requería paciencia. El calor debía ser suave y el trabajador tenía que dar vuelta el material. Un fuego demasiado fuerte podía arruinarlo todo.
Durante sus primeros cincuenta años, cuenta Cristina, la cooperativa llegaba hasta la elaboración de yerba canchada. Por o tanto, le faltaba completar el proceso industrial y poner en el mercado un paquete propio. Ese salto llegó a fines de los setenta, con la puesta en funcionamiento del primer molino. En la exhibición aparece un año que muchos consumidores quizás desconozcan: 1979, cuando salió el primer paquete de Playadito.
La marca que terminó haciéndose un lugar en los mates argentinos es la cara más conocida de una organización con varias actividades. Cristina enumera otros flancos de la empresa: la producción de granos, ganadería, apicultura, una planta de extracción y fraccionamiento de miel y un moderno aserradero del cual hablaremos más adelante. De allí salen madera para vender, chips que generan el calor necesario para secar la yerba y pallets utilizados en el proceso de envasado.
Hasta el supermercado de Liebig tiene una historia de respuesta colectiva frente a una dificultad. Según recuerda Cristina, surgió en tiempos de crisis, cuando mucha gente cobraba su salario en bonos del gobierno provincial, que la cooperativa aceptaba a su valor nominal, sin efectuar descuentos. Fuera de allí, “nos descontaban el 50% del valor de nuestros bonos”, relata Cristina.

Pero quizás el dato más revelador de la recorrida pasa por el rescate de la esencia cooperativa en Liebig. Por ejemplo, la entidad cuenta con una juventud cooperativista desde la década del cincuenta, que también sigue activa. Varios de los productores que llegaron a ocupar cargos de conducción pasaron antes por ese espacio.
Cristina lo define como un semillero donde se afianzan “el esfuerzo propio, la ayuda mutua y la solidaridad”.

Pero ese aprendizaje comienza todavía antes. La Fundación Liebig, que también depende de la fabricante de Playadito, administra el Instituto Educativo Cooperativo Crecer, donde los valores cooperativos se trabajan desde el nivel inicial.
Quizás suene exagerado pero no lo es: Desde quinto y sexto grado, los alumnos tienen clases teóricas sobre cooperativismo y llevan adelante una cooperativa escolar. Los docentes acompañan como guías, pero son los chicos quienes deben hacerla funcionar.
“Es un estilo de vida”, explica Cristina, siempre con una enorme sonrisa. Y agrega: “Cuanto más temprana edad comenzamos a conocer, son mejores los resultados”.

La pirámide, que originalmente era un monumento cerrado, fue transformada en 2006 para permitir esta breve recorrida por la historia de la Colonia Liebig. Los objetos que conserva hablan de los abuelos y bisabuelos, pero la conversación termina en los chicos que hoy aprenden a organizarse.





