Julio Priotti conoce como pocos las casi 40.000 hectáreas propias que Aceitera General Deheza (AGD) tiene distribuidas en nueve establecimientos del centro y sur de Córdoba. No solamente porque es el ingeniero agrónomo encargado de coordinar su manejo, sino porque lleva 28 años trabajando en la empresa y atravesó en primera persona buena parte de las transformaciones que vivió la agricultura argentina durante ese período.
También, admite, algunos de sus errores.
“Yo fui parte de esa agricultura donde veíamos una hectárea y la sembrábamos”, reconoció Priotti durante una recorrida con Bichos de Campo por uno de esos establecimientos de la agroexportadora en La Carlota.
El agrónomo comenzó a trabajar en AGD incluso antes de recibirse en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Entró mediante una pasantía rentada diez meses antes de terminar la carrera y aquel terminó siendo su primer y, hasta ahora, único trabajo. Se nota a la legua que le encanta.
Julio pasó por distintas funciones dentro de AGD, fue responsable de uno de sus campos más grandes y durante siete años incluso vivió allí junto a su familia. Con el tiempo pasó a coordinar el conjunto de los establecimientos propios, acompañado por un equipo de agrónomos, técnicos y operarios.
Esos campos representan solamente una parte de la producción agropecuaria de AGD. La compañía tiene además una importante superficie alquilada y necesita producir grandes volúmenes de maní y otros granos para abastecer sus plantas industriales de selección destinadas a la exportación. Según explicó Priotti, los establecimientos propios aportan aproximadamente 10% de todo lo que siembra la empresa.
Pero esas tierras no siempre fueron manejadas como ahora. AGD ha venido incorporando lecciones y aprendizajes Julio los encarna.
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Muchos de los establecimientos llevan más de 40 años dentro de la compañía y originalmente tenían planteos mixtos, con agricultura y ganadería. Priotti todavía alcanzó a conocer una etapa en la que las labranzas provocaban importantes procesos erosivos.
Luego llegó otro cambio mucho más profundo. “Allá por el 97 o 98, cuando ingresa la sojización a la Argentina, empieza a profundizarse la agricultura”, recordó. En paralelo, la empresa abandonó la ganadería en esos campos y aumentó la superficie agrícola. En ese sentido, admitió Priotti, AGD no fue demasiado diferente de lo que estaba ocurriendo en buena parte de la región pampeana.
El problema fue que, en aquel afán por expandir la agricultura, comenzaron a tratarse como agrícolas ambientes que no necesariamente tenían esa aptitud. “Creíamos que todos eran agrícolas y fuimos con soja en cada uno de ellos. En ese afán de crecer fuimos provocando disturbios. No todos los suelos pueden hacer agricultura o, de pronto, en determinadas áreas hay que tener determinados cuidados para ser sostenibles en el tiempo”, explicó.

Las consecuencias comenzaron a hacerse visibles con los años. En suelos de clases 5 o 6 que anteriormente habían tenido pasturas comenzó a aparecer salinidad en superficie. El primer cultivo de soja podía producir razonablemente bien, pero luego bajaban los rindes, aparecían calvas y aumentaban los costos necesarios para sostener una agricultura cada vez menos rentable.
Fue entonces cuando Priotti y su equipo comenzaron a observar que, año tras año, la superficie verdaderamente agrícola de aquellos establecimientos se reducía. “Ahí los agrónomos tenemos que estar alertas, observar y empezar a generar procesos de cambio”, señaló.
El cambio que plantearon fue importante y, según destacó, contó con el respaldo de la empresa. “Nos dieron la libertad para poder hacer lo que nosotros teníamos la convicción de que debíamos hacer. Dar un volantazo para generar una agricultura mucho más sustentable”, contó.
Ese volantazo comenzó por asumir algo bastante elemental pero que durante años había quedado relegado: no todos los ambientes de un campo pueden recibir la misma intensidad agrícola.

Por eso algunas áreas fueron destinadas a biodiversidad. En otras comenzaron a utilizar cultivos de cobertura. En los sectores afectados por napas salinas se procuró que el suelo nunca quedara descubierto. También se retiró la soja de ambientes donde claramente no funcionaba y se comenzó a trabajar con manejos específicos para cada sitio.
“Eso es lo que realmente es agricultura de precisión: hacer cada manejo en sitio específico”, definió Priotti.
El concepto, explicó, no significa resignar necesariamente producción ni rentabilidad, sino abandonar la búsqueda del máximo resultado inmediato en cada hectárea. “Uno no tiene que ser productivo un año sí y otro año no. Tiene que producir en forma equilibrada, en forma sostenible”, afirmó.
La revisión también alcanzó al uso de insumos. El agrónomo considera que durante mucho tiempo la agricultura se acostumbró a resolver sus problemas aumentando fertilizantes y agroquímicos, sin detenerse suficientemente en los procesos que ocurrían dentro del suelo. “Nos comimos el protocolo de que la agricultura hay que hacerla en base a demasiados insumos”, resumió.

Puso como ejemplo el control de malezas. Hace una década, recordó, podían gastarse unos 50 dólares por hectárea en herbicidas para producir soja. Luego ese costo pasó a rondar los 150 dólares y, aun así, los lotes continuaban teniendo malezas. “Entonces entendemos que íbamos a hacer una producción alta, pero no rentable”, explicó.
La búsqueda pasó entonces por recuperar una mayor actividad biológica del suelo y reducir parte de la dependencia de fertilizantes de síntesis química. Priotti sostiene que un suelo saludable necesita agua, oxígeno y microorganismos activos capaces de intervenir en los procesos que vuelven disponibles los nutrientes para las raíces.
A partir de esa concepción, el equipo comenzó a disminuir gradualmente las dosis de fertilizantes y a trabajar más sobre procesos biológicos. Y allí aparecieron los números que, para el agrónomo, demostraron que el cambio no era solamente ambiental.

“Desde el punto de vista de la fertilización, bajamos en 50% los índices de fertilización”, aseguró. En agroquímicos, estimó que el sistema actual utiliza entre 20% y 30% menos que un planteo convencional.
Lo más importante, agregó, es que esa reducción no estuvo acompañada por una caída en los rindes. “No bajamos los rendimientos. Hemos mantenido los rendimientos y levantamos los pisos. Eso es lo que nos trae estabilidad en los sistemas”, indicó.
El planteo también se hizo considerablemente más diverso. Donde antes predominaban trigo, soja, maíz y maní, actualmente pueden convivir siete, ocho, diez o incluso once cultivos diferentes a lo largo del año. Algunos no necesariamente tienen como objetivo convertirse en un nuevo negocio para la empresa, sino prestar un servicio al sistema productivo.

Priotti puso como ejemplo un cultivo estival incorporado por su capacidad de competir con las malezas. Aunque AGD no tenga interés comercial directo en ese cultivo, puede permitir que el maíz siguiente requiera menos herbicidas.
“Al sistema hay que verlo en el tiempo, no en el año”, resumió.
En los últimos cuatro años también avanzaron con el uso de productos biológicos. Pero Priotti advierte que incorporarlos no consiste simplemente en reemplazar un bidón por otro. Según explicó, uno de los errores más frecuentes es evaluar inmediatamente un biológico preguntándose cuántos kilos adicionales produjo un cultivo.
“El biológico se mide con otro impacto. Probablemente se mida en cuánto no aplicaste determinado agroquímico. El impacto puede estar ahí y no necesariamente en rendimiento. O a veces se mide en la tasa de reacción de un cultivo detrás de un estrés”, señaló.
Para Priotti, esa diferencia implica un cambio mucho más profundo en la manera de pensar la agronomía. Recordó que salió de la universidad preparado para reconocer malezas, plagas y enfermedades. Ahora, cuando recorre un establecimiento, también observa cuántas especies de aves aparecen o si los flamencos vuelven a una laguna. Son, para él, indicadores adicionales de la salud del ambiente.
“Estamos en presencia de una nueva agricultura, mucho más basada en procesos y en observaciones”, afirmó. Pero incluso con tecnologías, diagnósticos y manejos cada vez más sofisticados, Priotti considera que hay otro componente decisivo: las personas.
Por eso insiste en transmitir el sentido de estos cambios no solamente a los ingenieros agrónomos, sino también a técnicos, encargados y operarios que finalmente deben llevar cada práctica al lote.

“El recurso humano es de vital importancia. Para mí la sostenibilidad se basa en varios pilares, pero los recursos humanos son un gran pilar para que esos sistemas puedan llevarse adelante”, aseguró.
Después de casi tres décadas recorriendo esos mismos establecimientos, Priotti termina explicando su trabajo con una idea que excede bastante a una receta agronómica. “Nosotros no somos dueños de la tierra, ni los propietarios tampoco son dueños de la tierra. Somos, en el tiempo, unos ocupantes”.




