Todavía hay gente que se pregunta para qué sirve el INTA. O servía. En Azul, Buenos Aires, hay un ejemplo concreto. Un grupo de emprendedoras quería producir lavanda para elaborar desde alfajores y budines hasta productos cosméticos y de aromaterapia, pero tenía una duda básica. ¿Qué lavandas podían plantar en una zona donde ese cultivo no tenía demasiados antecedentes?
La respuesta no estaba disponible. Así que desde hace más de dos años el INTA trabaja junto al Club de la Lavanda y la Facultad de Agronomía de Azul para probar diferentes materiales y determinar cuáles se adaptan mejor a las condiciones del centro bonaerense.
“Ellas se preguntaban qué producir en Azul. Les gustaba la lavanda y querían hacer sus alfajores, sus budines, o algunas imaginaban productos para aromaterapia, farmacéutica y cosmética. Preguntaban cuál se adapta a esta zona, porque habían traído materiales de otros lugares”, explicó a Bichos de Campo la ingeniera agrónoma Evangelina Bastien, del INTA.
Azul no es una región tradicionalmente lavandera y una planta que funciona bien en un jardín no necesariamente tiene el mismo comportamiento cuando pasa a una producción a campo.
“Los productores tenían en sus casas materiales que habían traído de Córdoba, Sierra de la Ventana, Bariloche o Mendoza. En un patio funcionaban, tanto las ornamentales como las productivas, pero no sabían si podían expresar su potencial de rendimiento a campo. Nosotros venimos a dar esa respuesta”, resumió Bastien.
Los ensayos también permitieron determinar que no todas las lavandas tienen el mismo destino.
Una de las líneas de trabajo apunta a la Lavandula angustifolia, buscada principalmente para obtener flores deshidratadas. La otra está puesta sobre los lavandines, híbridos con características diferentes y mayor interés cuando el objetivo es extraer aceites esenciales.
Entre estos últimos, el equipo viene evaluando materiales como Abrial, Grosso y Super. Todos mostraron buena adaptación, aunque uno por ahora sacó ventaja.
“Tenemos uno que es nuestro preferido por el momento. Con los datos preliminares, el mejor comportamiento lo viene teniendo lavandín Super, tanto en porte y tamaño de planta como en rendimiento de aceites esenciales”, contó la agrónoma.
Mirá la nota completa con Evangelina Bastien:
En este caso hay que mirar algo más que la supervivencia o la floración de las plantas. También interesa cuánto aceite puede obtenerse después, porque de eso depende buena parte de su posible aprovechamiento industrial.
Los ensayos sirvieron además para identificar los límites que impone Azul. Y el principal problema no es el frío.
“El frío no sería limitante, porque en Bariloche hay muy buenas producciones. La problemática de Azul es el tipo de suelo y el anegamiento. Son condiciones que la lavanda no se banca”, explicó Bastien.
Por eso el manejo también forma parte de la experiencia. Los lotes se ubican en las mejores posiciones disponibles y las plantas se colocan sobre camellones para favorecer el drenaje. Durante los primeros dos años, además, la implantación es especialmente crítica y el riego resulta fundamental.
Las malezas son otro problema importante durante esa etapa. Para reducirlas sin depender tanto del laboreo o de productos de síntesis, el ensayo incorporó rastrojos de otras producciones como cobertura del suelo. Eso permite frenar las malezas, conservar humedad y aportar materia orgánica.
El conocimiento generado ya empezó a salir de las parcelas experimentales. Bastien contó que los resultados se comparten en publicaciones, congresos y en las jornadas que organiza el Club de la Lavanda, mientras aparecen nuevas consultas y productores interesados.
Incluso comenzaron a seguir experiencias hacia Cacharí, donde un productor incorporó lavandas dentro de un monte frutal. Allí el objetivo no es solamente comercial, sino también generar un ambiente favorable para el sistema productivo.
La lavanda también empieza a encontrar otros usos en la zona. En Azul ya aparecen productos gastronómicos, miel, flores secas y distintos emprendimientos, mientras también se analiza su aporte para atraer polinizadores y otros insectos benéficos.
“Puede ser una salida para quienes tengan un pequeño espacio. No requiere una gran superficie: estamos hablando de aproximadamente un metro cuadrado por planta”, señaló Bastien.
El sueño del Club de la Lavanda es bastante más ambicioso. Buscan convertir a Azul en una de las puertas de entrada de una futura ruta bonaerense de la lavanda. Antes de llenar la provincia de flores violetas, sin embargo, hay una tarea menos vistosa pero indispensable: saber cuál plantar en cada lugar. Y para eso están los ensayos.




