La uva criolla puede, finalmente, sentarse en la mesa de los grandes. La cruzada para revalorizar a esta variedad autóctona de Sudamérica, muy ligada a la tradición precolonial, recibió la noticia más esperada: acaba de ser reconocida como apta para elaborar vinos de calidad y, de ahora en más, será una de las variedades autorizadas, incluso, para hacer Reserva y Gran Reserva.
El encargado de dar las “buenas nuevas” fue el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), que publicó hoy su resolución 3/2026 en el Boletín Oficial dedicada exclusivamente a incorporar la uva Criolla Grande al listado de variedades Vitis vinifera y permitir que, de una vez por todas, encuentre su lugar con el resto de las cepas reconocidas en el sector.

Un acto de justicia. Quizá sea eso lo que se vislumbra en la decisión del INV de darle a la Criolla Grande el reconocimiento que busca desde hace décadas. O, más bien, siglos.
No hay un origen muy identificable para las uvas criollas, que en realidad están inscritas en la historia de estas tierras desde la época de la conquista porque nacieron del cruce natural entre las primeras plantas de vid europeas que llegaron en el siglo XVI. Un trabajo reciente de investigadores del INTA identificó unas 28 variedades criollas diferentes, y la Criolla Grande es una de ellas.
Sostenida por productores que aún conservan viejos viñedos, esta uva fue siempre asociada a los vinos comunes o “de volumen”. De hecho, su poco prestigio en el mercado, y los cambios en las pautas de consumo, fueron disminuyendo su superficie plantada en los últimos años: Un informe sectorial ubicaba poco más de 14.000 hectáreas de esta variedad en 2018, un 6,4% de la superficie total de vid del país, y advertía que en los últimos 20 años se había reducido casi a la mitad.
Echando mano a esa larga historia, y a una serie de estudios propios, el Instituto Nacional de Vitivinicultura dispuso oficialmente que la Criolla Grande deberá sentarse en la mesa de los “grandes”, porque “este antiguo cepaje es apto para elaborar vinos con cualidades sensoriales distintivas que le son propias”.
En ese sentido, el organismo dispuso que la variedad sea incorporada al listado de variedades aptas para la elaboración de vinos de calidad, Reserva y Gran Reserva y que, desde hoy, encuentre su lugar junto al Malbec, Cabernet Sauvignon, Bonarda, Tempranillo, Criolla Chica y el resto de las tintas que integran ese selecto grupo.

Tras siglos de adaptación, y una constante pérdida de terreno ante las variedades europeas, ahora la Criolla Grande podrá ser utilizada también para elaborar vinos de mayor posicionamiento comercial.
Asimismo, en su resolución, el instituto también reivindica expresamente al resto de las variedades criollas y señala que “forman parte del patrimonio genético, histórico y cultural de la vitivinicultura argentina, vinculadas a su tradición vitícola ancestral y a un proceso de varios siglos de adaptación a las condiciones agroecológicas regionales”.




