Empezar una huerta puede parecer tan sencillo como conseguir algunas semillas, preparar un cantero y comenzar a sembrar. Sin embargo, quienes ya tienen experiencia saben que una buena cosecha empieza bastante antes de poner la primera semilla en la tierra.
Durante una visita de De Raíz a “Mi casita camina”, en la charla con su dueña Carolina Blanco surgieron tres conceptos que pueden resultar especialmente útiles para quienes están dando sus primeros pasos en la huerta: aprender a organizar las tareas a partir de un calendario, planificar el espacio y los cultivos, y cosechar de una manera que permita conservar las raíces en el suelo siempre que sea posible.
Una de las herramientas que pueden utilizarse para ordenar una huerta es el calendario biodinámico. Dentro de este enfoque, el calendario propone organizar determinadas tareas de acuerdo con los ciclos lunares y otros criterios propios de la agricultura biodinámica.
Más allá de la elección de cada horticultor respecto de su uso, contar con un calendario puede ser una buena manera de empezar a registrar las fechas de siembra, trasplante y cosecha, además de las tareas de mantenimiento que necesita cada cultivo.
La idea es no sembrar simplemente cuando se tiene tiempo o cuando aparecen las semillas disponibles. Una huerta requiere observar las estaciones y conocer qué cultivos se adaptan a cada época.
El segundo paso es pensar dónde y cuándo va a crecer cada cultivo. Uno de los errores más frecuentes al comenzar una huerta es ocupar todo el espacio disponible sin tener en cuenta cuánto tiempo permanecerá cada planta en el lugar.
Un tomate, por ejemplo, puede ocupar un cantero durante buena parte de la temporada, mientras que una lechuga tiene un ciclo mucho más corto. Conocer esos tiempos permite organizar mejor el espacio y pensar qué cultivo puede ocupar el lugar después de la cosecha.
Un planificador de huerta puede ser una herramienta sencilla para registrar esta información, dibujar la distribución de los cultivos y proyectar las rotaciones. También permite llevar un registro de lo ocurrido durante la temporada: qué se sembró, cuándo, dónde, cuánto tardó en crecer y qué resultado dio.
La planificación no implica complicar la huerta. Al contrario, permite aprovechar mejor el espacio y evitar decisiones improvisadas.
El tercer aprendizaje tiene que ver con una parte de la huerta que muchas veces queda fuera de nuestra mirada: lo que sucede debajo del suelo.
No todos los cultivos necesitan ser arrancados de raíz para ser cosechados. Cuando la parte que se consume es la raíz, como sucede con una zanahoria, naturalmente será necesario retirarla. Pero en otros cultivos es posible cortar la parte aérea y dejar las raíces en el suelo.
En una lechuga, por ejemplo, se puede cortar la planta y dejar su sistema radicular en el lugar.
Conservar las raíces permite mantener parte de la estructura que se formó en el suelo y aporta materia orgánica a medida que esas raíces se descomponen. Además, las raíces y los restos vegetales participan de las relaciones que se desarrollan con los organismos que viven en el suelo.
Es una práctica sencilla que cambia la manera de pensar la cosecha: no se trata solamente de sacar de la tierra aquello que se va a consumir, sino también de conservar parte de lo que la planta construyó durante su crecimiento.
Para quien está empezando una huerta, estos tres principios pueden ser un buen punto de partida: observar los tiempos de la temporada, planificar el uso del espacio y aprender a cosechar cuidando el suelo.
Porque una huerta productiva no depende solamente de qué se siembra. También depende de cómo se organiza y de cómo se maneja la tierra antes, durante y después de cada cosecha.






