El “apagón logístico” presente en el Mar Negro sigue sin desbloquearse ante los ataques recíprocos que Rusia y Ucrania propinan a terminales portuarias y buques con drones y misiles
Las exportaciones rusas de trigo en el presente mes de agosto podrían caer a 2,20 millones de toneladas, el nivel más bajo desde 2010, año en el cual el gobierno prohibió los embarques debido a una sequía histórica, según estimó la consultora rusa SovEcon.
La consultora indicó que el 90% de la capacidad exportadora de Rusia en las terminales portuarias de los mares Negro y Azov se encuentra paralizada. Se trata de la principal vía de exportación de productos agroindustriales del país.
En lo que respecta a Ucrania, en el presente mes de agosto las exportaciones de todos los productos agroindustriales podrían ser de apenas 1,40 y 1,50 millones de toneladas, según estimaciones del Club Ucraniano de Agronegocios (UCAB por sus siglas en ingles).
Con los puertos del Mar Negro inactivos –que representan el 90% del volumen exportado en una situación normal–, la principal vía alternativa ucraniana también está complicada, ya que el río Danubio experimenta una bajante histórica que permite cargar no más del 30% de la capacidad promedio histórica.
A pesar del conflicto, los valores del trigo están registrando bajas este lunes en el mercado internacional, lo que no parece tener mucha lógica. Pero eso se explica porque tanto Rusia como Ucrania, en sus respectivas áreas de influencia, están ofreciendo trigo a precios “de remate” para intentar tentar a la demanda que acepta originar cereal aceptando mayores plazos de entrega y un elevado riesgo logístico.
El “apagón” del Mar Negro se presenta justo en plena finalización de la cosecha de trigo y cebada, lo que genera un problema enorme en ambas naciones, dado que el abarrotamiento de mercadería está promoviendo precios de quebranto para los productores rusos y ucranianos.
Si la situación vigente se extiende por varios meses más, además de restringir las exportaciones de cereales y aceite de girasol, provocará un daño económico enorme al sector agrícola ruso y ucraniano, lo que repercutirá en la capacidad de siembra de la nueva cosecha (a menos que se instrumenten ayudas oficiales).




