Hay lugares de los que parece difícil irse. O mejor dicho imposible. Héctor Lorenzo Chiliguay vive en uno de ellos, en Cachi, Salta, rodeado por una bellísima postal de cerros que conoce desde que nació. Son las tierras de sus padres, donde pasó su infancia y donde todavía trabaja todos los días.
“Desde chico vivo aquí. Ya es mi vida”, resumió.
La familia tienen unas cinco o seis hectáreas, aquí se desconocen las cifras extactas. La casa de sus padres quedó allí y, cuando creció, Héctor compró otro pequeño pedazo de tierra más arriba, donde levantó la suya. Pero todos los días vuelve a la finca paterna para trabajar la tierra y generar el sustento.

Y trabaja mucho. “Nos levantamos a las seis y trabajamos hasta las siete u ocho de la noche. Aquí no tenemos horario”, contó a Bichos de Campo.
En esas pocas hectáreas hace un poco de todo. Hay alfalfa, maíz, porotos, tomate, arvejas, papas y zanahorias. También tiene vacas, ovejas y cría chanchos. Parte de lo producido queda para el consumo de la familia y otra parte se vende.
“Ponemos de todo un poco para vender, para sobrevivir y para comer”, explicó Héctor.
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La diversificación no es solamente una forma de repartir riesgos. También responde a la lógica de una finca donde cada producción cumple alguna función. La alfalfa, por ejemplo, sirve para alimentar a las vacas cuando bajan del cerro pero también para remediar la tierra después de hacer otros cultivos más agresivos.
Los animales permanecen arriba mientras encuentran pasto, en los meses de calor, y hacia mediados de mayo regresan a la finca, al reparo. Allí Héctor reserva alimento para mantenerlos durante el invierno, hasta fines de agosto, cuando vuelven a subir. “Y así toda la vida”, dijo.
También procura rotar los cultivos y cuidar el suelo. Sabe, por experiencia, que exigir demasiado a una parcela termina pasándole factura. “Hay que cuidarlo, porque si no se gasta y después no te da la cosecha que vos querés”, explicó con extrema sencillez.
Pero esa vida que Héctor describe con cariño se hizo más complicada durante los últimos años. Uno de los principales problemas es el agua. La finca depende del agua que baja desde los cerros y los productores tienen turnos de riego cada quince días. Cuando llega abundante, el trabajo resulta más sencillo. Cuando escasea, hay que administrar cada gota.
“Cuando hay agua es lindo porque hay mucha. Y cuando hay poca agua tenés que bancártela y desparramarla”, relató.
Héctor asegura que la situación cambió respecto de lo que conoció durante buena parte de su vida. “Hace 15 o 20 años era lindo, era hermoso porque había agua. No hacía tanto calor. Se nota que va subiendo la temperatura y se nota que va faltando el agua”, señaló, sin saber que está describiendo el famoso cambio climático del cual hablan todos lejos de allí.

Ese aumento de las temperaturas, afirmó, trajo nuevos problemas para los cultivos. “Antes era fresco, hermoso. No había que curar las plantas. No había bichos y ahora con el calor hay de todo. Hay que curar las plantas para cosechar”, dijo. Curar significa echar agroquímicos para controlar diversas plagas. Y eso significa mayores costos en una economía que ya funciona con márgenes extremadamente estrechos.
Porque, aunque vende más de la mitad de lo que produce, Héctor asegura que muchas veces el resultado económico apenas alcanza para cubrir lo invertido.
“Tenés que hacer arar la tierra, comprar la semilla y es todo un empate nada más, para sobrevivir”, describió.
Luego fue todavía más contundente: “Si nosotros sacamos cuenta de la cosecha que ponemos al año, yo creo que si no salimos perdiendo, salimos empatando”.
Uno de los puntos que más cuestiona es la diferencia entre lo que recibe el productor y el precio que finalmente paga el consumidor. Puso como ejemplo un cajón de morrones que puede venderse en origen a 10.000 pesos y luego comercializarse por bastante más. Para Héctor, el pequeño productor queda atrapado en esa diferencia.
También explicó que ir personalmente al mercado no siempre soluciona el problema. Cuando falta mercadería, puede vender rápido. Pero cuando hay exceso de oferta tiene que pagar un puesto, quedarse intentando colocar la producción y, mientras tanto, abandonar durante horas el trabajo en la finca.
“Tenés que volverte a ver las tierras, a trabajar otra vez. Y tenés que dejarlo anotado o venderlo a menos precio”, señaló.
Por eso reclama que los productores reciban valores que contemplen mejor sus costos. “Que sean más justos, que nos vean”, pidió.

Sin embargo, quizás la demostración más clara de lo difícil que resulta sostener esta forma de vida aparece cuando Héctor habla de sus hijos. Ninguno de ellos ha seguido trabajando en la finca.
“No quería que sigan este camino. Estudiaron y se fueron”, contó. Dos viven en Bahía Blanca y otra hija está en Río Turbio. Una es profesora de matemática, otro trabaja en la Policía de Seguridad Aeroportuaria y otro es técnico de laboratorio.
Héctor no les reprocha haberse marchado. Al contrario, los incentivó. “¿Qué van a trabajar para vivir así? Es difícil”, explicó.
Prefiere que conozcan otros lugares, trabajen y hagan su propio recorrido. “Que vayan a trabajar, a recorrer la vida. Ellos ya van madurando, van viendo”, dijo.
Él, en cambio, elige quedarse. A pesar de los días que empiezan a las seis de la mañana, de los turnos erráticos del agua, de los costos, de los precios y de las cosechas que muchas veces apenas permiten empatar, asegura que todavía disfruta trabajar esas pocas hectáreas donde creció.
“Es duro la vida del campo. Pero es lindo, hermoso cuando nos gusta. Esto es mi vida”, resumió. Y cuando le preguntaron si de allí alguien podría sacarlo, la respuesta fue inmediata: “No, no. Esto es lindo”.




