La historia productiva de Adriana Kizur está atravesada por la rebeldía. Una rebeldía forjada por su historia familiar y por las exigencias de una región muy desafiante. Hija de inmigrantes yugoslavos, fue la primera de su familia que pudo estudiar y, cuando tuvo que optar por una profesión, eligió ser veterinaria.
No es la decisión más esperable para una productora de Villa Ángela, zona fundamentalmente agrícola del sudoeste chaqueño donde, contra todo pronóstico, Adriana decidió implementar allí un planteo mixto con ganadería caprina y su propio tambo. Y, por si fuera poco, con un manejo integrado dentro del monte.

Adriana admite que la idea de incorporar cabras a su planteo agrícola no fue particularmente bien recibida por sus vecinos de Mesón de Fierro, pero, forjada en 2019 se convirtió en un afrenta personal: “Necesitaba desmitificar y combatir la idea de que la cabra es inmanejable”, recordó.
No sólo lo logró, sino que lo hizo con creces. El objetivo inicial del autoconsumo rápidamente se le fue de las manos y llegó a tener 80 madres conviviendo con sus 70 hectáreas de alfalfa y muchas otras de granos. Con eso, vendía carne incluso a los vecinos que, en principio, habían expresado muchos reparos a su propuesta.
Pero no le bastó con eso a la productora, que tenía entre cejas un anhelo mucho mayor: crear su propio tambo caprino.
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Necesitó años, y muchos kilómetros recorridos hasta que finalmente consiguió la genética que necesitaba. En 2023, de la mano de la raza Saanen de Santa Fe y Córdoba, puso a punto uno de los pocos tambos de la provincia que producen a esa escala.
En efecto, también así Kizur rompió con algunas estructuras de su región, pues allí lo más común es que la producción de leche de cabra sea muy artesanal, manual y abocada a pequeños circuitos.
“Hay muchas familias que ordeñan la cabra pero tienen un planteo abocado a la carne. Simplemente aprovechan la leche que tiene la madre luego del destete. Por eso, yo sigo trabajando en la capacitación de esos pequeños productores, mostrando que se puede consumir la leche de cabra y que tener un planteo de 10 o 15 animales no es una locura”, destacó.
Como veterinaria y productora, a Adriana le molesta un poco ver los cuadros y cálculos que pretenden tener todo cerrado. Alejada de una visión productivista pura, se mete en el monte con sus cabras y planifica el pastoreo para aprovechar el alimento en invierno sin perder de vista la conservación. Es una suerte de manejo regenerativo que además combina con la producción maderera y, asegura, le ha traído muy buenos resultados
“Lo logramos con un buen manejo, con tecnología y con mucho amor por los animales. En el fondo pude comprobar una hipótesis y demostré que se puede hacer lo que yo quería. De forma productiva y con éxito desde el punto de vista de la conservación”, destacó.
Y aseguró: “Si hubiera sido otro productor el que se hiciera cargo del campo, probablemente ese monte ya no existiría”.
Fruto de su “rebeldía” y su insistencia en romper dogmas productivos, Adriana hoy también la erige como referente y suele tener una intensa actividad en los foros de mujeres rurales de todo el interior.
No hay demasiadas fórmulas para ella, más que ser fiel a los principios. “Es una cuestión de persistencia. Hay personas que directamente tiran la esponja y se dedican a otra cosa o se quedan a tomar mate abajo del árbol. Yo no soy así, pero para mí es un tema personal”, concluyó.





Extraordinario,. El tema es que muy pocos hacen cálculos económicos y, además, criar vacas da Estatutus social. En INTA La Rioja presentamos un trabajo en 1997 dónde en un sistema de producción racional y ordenado de vacunos y caprinos, ,a cabra era 3 veces más rentable. Hoy en día en el sur de Mendoza la situación es similar, se necesitan 3 vacas para llevar un ternero a engorde y los cálculos demuestran que es casi tres veces más rentable. Pero claro, es una cabra, la vaca del pobre, el animal que mejor se adapta a cualquier situación.