La durabilidad de los desechos plásticos y su incontrolado sistema de descarte vienen siendo una preocupación creciente a nivel mundial. Al inicio de esta década, se calculaba que cada argentino desechaba cerca de 45 kilogramos por año de residuos plásticos, en un proceso que afecta directamente a cada hábitat natural (terrestre o acuático), en cuanto a su salud, biodiversidad y, por ende, a la calidad de vida de las poblaciones humanas, presentes y futuras.
Cierto es que también, ante semejante problemática mundial, surgen investigaciones y desarrollos tecnológicos que brindan soluciones sustentables, adaptadas y adaptables, a las complicaciones devenidas de los procesos productivos, comerciales y de consumo tan arraigados a las dinámicas del “úselo y tírelo”. Estas experiencias alternativas no pierden el foco de la sostenibilidad económica, pero no se subordinan y van desarrollando alianzas y estrategias para poder crecer y convencer al resto social de que existen otros caminos posibles y que solo hay que decidirse a tomarlos.

Bichos de Campo conversó con la bióloga entrerriana Ayelén Malgraf, quien en 2001 fundó Hongos del Valle, en la localidad salteña de Cerrillos, empresa referente en la producción de hongos comestibles del norte argentino.
De Hongos del Valle y la permanente inquietud de Ayelén y su equipo, allá por 2019, surgió Fungipor. Esta es una empresa pionera en la utilización del micelio que, junto a los desechos orgánicos de la producción agrícola local, conforman un biomaterial, que reemplaza a los convencionales plásticos y Telgopor, intervinientes en diversos embalajes y empaques, con la singularidad de que son totalmente reciclables a partir del compostaje.
“Cuando una empresa ve que un embalaje de micelio protege su producto y además reduce el impacto ambiental, entienden que ese cambio es posible”, comienza explicando Ayelén, la impulsora de la empresa.

Hongos del Valle nació con un objetivo claro, que es producir hongos de calidad (como la gírgola), pero fue evolucionando hacia un proyecto más amplio de innovación y sostenibilidad. “Hoy trabajamos en lo que es la producción de hongos comestibles y al mismo tiempo desarrollamos proyectos de investigación y nuevos materiales desde Fungipor”, comenta. “Todo nuestro trabajo tiene un mismo propósito, demostrar que es posible producir respetando los ciclos de la naturaleza y aportando soluciones concretas para un futuro más sostenible”.
Ayelén Malgraf explicó que el “micelio” es el conjunto de filamentos llamados hifas, que conforman la estructura vegetativa (no reproductiva) de los hongos. Es un material vivo, derivado de fuentes renovables y biológicas que puede reproducirse fácilmente y que funciona como un aglutinante natural. Es considerado como un biomaterial clave debido a sus características y propiedades para generar una alternativa resistente, biodegradable y segura.
“Nosotros aprovechamos esa propiedad para elaborar envases y embalajes de similares características al Telgopor, pero estos son completamente compostables”, explica Malgraf. Además, comenta, “usamos la paja del poroto desechada en los campos del Valle de Lerma. Es un material renovable y biodegradable poco aprovechado, ya que normalmente se lo quema”.

A lo que aclara que “tanto para el cultivo de hongos, como para la fabricación de los embalajes, utilizamos justamente el micelio y los residuos agroindustriales como la paja del poroto, pero con diferentes objetivos. En el cultivo de hongos comestibles, los residuos funcionan como un sustrato para las fructificaciones, que es lo que nosotros los vendemos en restaurantes, en hoteles, en verdulerías o en diferentes tiendas de comidas saludables en Salta, a través de Hongos del Valle. En Fungipor, en cambio, lo que hacemos es aprovechar el crecimiento del micelio de otro hongo que se llama Ganoderma. A estos mismos residuos, se les aplica una esterilización mucho más larga y se lo tritura más finamente, para que el micelio actúe mejor como aglutinante, incorporando mejor los nutrientes”.
Luego de desarrollada la técnica comienza otra ingeniería para cada producto. “Nosotros hablamos con el cliente, vemos la necesidad que tiene de embalaje, pensamos en un diseño, la forma y las medidas, y trabajamos en la matricería, que la hacemos en madera o en impresión 3D”, explica. “Luego se hace la fabricación del molde, donde se rellena y comprime el biomaterial. Posteriormente, se desmolda el producto que pasa a una secadora, donde queda totalmente deshidratado, resultando similar al Telgopor o algo más rígido”.

Según explica Malgraf, luego del deshidratado no existen posibilidades de que crezca un hongo, porque el micelio se muere y queda inactivo. El material puede durar, por varias décadas o más, en una repisa o en un lugar guardado y, solamente en contacto con el suelo se va a compostar, en un tiempo estimado de 30 a 45 días. Actualmente, “estamos definiendo dónde vamos a hacer el certificado de compostabilidad que pueda avalar esto que estamos diciendo”.
A partir de conocer otras experiencias internacionales y trabajos surgidos de universidades de Argentina y como del exterior, que demostraban el potencial del micelio como biomaterial, el equipo de Fungipor es precursor en el país en el desarrollo de este material y su aplicación comercial.
“Una de las primeras ventas y pruebas fue con un programa que ganamos con el “Grupo HZ”, donde hicimos un primer packaging de un vino para Chandón. Después trabajamos para otra empresa para la que desarrollamos un envase de un vino y un decantador, además para una botella de whisky y una hielera. Luego empezaron a surgir clientes en la industria cosmética para los que estamos creando y elaborando diversos tipos de embalajes. Obviamente que nuestro objetivo es expandirnos y llegar a diferentes industrias, no solamente cosméticas”, completa la investigadora quien, además, dedicó su tiempo en comentar su recorrido y motivaciones.

“Mi camino con los hongos viene desde mi infancia, de mi vínculo con mi abuelo. Atravesó mi facultad, siendo tema de mi tesis final. Siempre con una inquietud muy simple, encontrar una forma de producir que estuviera más en armonía con la naturaleza. Cuando descubrí el mundo de los hongos, entendí que tenían un potencial enorme, no solo como alimento, sino también como una herramienta para crear soluciones innovadoras”.
Al igual que hace el micelio, Fungipor desarrolló su red de alianzas y estrategias de crecimiento. “Nos vinculamos con universidades, con instituciones como el INTI, con organizaciones y empresas que comparten nuestra visión. Participamos también en programas de innovación y de aceleración, buscando mejorar constantemente nuestro modelo de negocio y nuestros procesos. También creemos que mostrar resultados concretos es la mejor manera de generar confianza en nuestros clientes”.
Como todo proyecto innovador se enfrenta a varios desafíos, uno de ellos es seguir difundiendo, por un lado, el potencial de los hongos como alimento, y del micelio como materia prima para desarrollar nuevos materiales.
“En el caso de los biomateriales, muchas empresas todavía están acostumbradas a utilizar el plástico o el poliestireno expandido. Cambiar esa lógica lleva tiempo, pero cada vez encontramos más empresas interesadas en este tipo de alternativas sostenibles. Otro reto que tenemos es el de escalar este tipo de tecnología que todavía es muy nueva en nuestro país, además de acceder al financiamiento necesario para crecer”, complementa. “Creemos en la economía circular y en el aprovechamiento de los recursos para generar productos con un impacto positivo”, concluye.




