Al “Ruso” García no le gusta que lo llamen por su nombre, y por suerte ya nadie le dice Estanislao. En los caminos del Chaco profundo donde trabaja este ingeniero agrónomo todos lo llaman por su apodo, aunque tampoco nadie sabe mucho a que se debe. Este profesional nació en Entre Ríos y migró hacia Chaco hace 11 años, se aquerenció. Y no solo de la zona sino de su cultivo emblemático, el algodón.
El algodón produce fibra textil y se cultiva en esta provincia, más Santiago del Estero, Formosa y el norte de Santa Fe. A diferencia de cultivos anuales como la soja y el maíz, es una planta perenne que se anualiza, y por lo tanto necesita un manejo especializado durante todo su ciclo para obtener una buena cosecha.
Pero el algodón ya no responde a la postal de un cultivo regional exclusivo, sino que debe pelear con rentabilidad y tecnología para conservar su espacio. “El algodón tiene su lugar. Hay años que es un muy buen negocio, hay años no lo es tanto, pero siempre, cuando uno busca diversificar, trata de tener algo de algodón en su rotación”, explicó el agrónomo, que es gerente de producción de la empresa Harriet y Donnely SA, que fuera fundada en 1983 en Buenos Aires y desde hace más de cuatro décadas se expandió hacia el norte del país.
Mirá la entrevista completa:
Una buena rotación de cultivos consiste en alternar diferentes plantas en un mismo terreno para mejorar la fertilidad y facilitar el control de plagas. Según García, el algodón se complementa con la soja y el maíz, dos cultivos anuales que ocupan el mismo espacio temporal pero se adaptan a distintos tipos de lote y condiciones. Ahora, además, anda compitiendo fuerte con el girasol. que recuperó bríos en la región.
En esta competencia por los lotes, pese a tener tanta tradición productiva, el algodón corre en desventaja. Una de las razones es que requiere un manejo constante para mantener la planta en condiciones óptimas, especialmente para que destine recursos a la producción de fibra, que es la parte comercialmente valiosa. Ruso señaló: “Hay que estar muy encima del cultivo, monitorear y regular la planta para que no crezca demasiado y concentre su energía en la flor y la fibra”.
También se debe controlar la altura de la planta para facilitar la cosecha, que ya ha dejado de ser manual y se ha mecanizado casi completamente. Incluso el tema de mayor debate entre los especialistas en este cultivo es el tipo de cabezal de cosecha que se utiliza, y que es definitorio para el rendimiento que se obtenga de cada hectárea.

Hay otras complejidades a contemplar en la decisión de sembrar algodón. Una de las cruciales son los eventuales daños por herbicidas hormonales usados en otros cultivos, especialmente el 2,4D, que afectan al algodón por deriva o mala aplicación. Esto es particularmente porque se puede provocar la pérdida de todo un lote de algodón, un cultivo que requiere más capital que otros cultivos.
“Da un poco de pena algo tan regional, tan nuestro, que va perdiendo lugar”, define el Ruso, que nota un paulatino descenso de la superficie dedicada al cultivo debido a este tipo de complejidades. Definitivamente hacer soja es mucho más sencillo.
¿Y cuál es el camino para que resistan quienes se niegan a soltarle la mano al algodón? Para García, hay que incorporar más tecnología, en todos los flancos. “Cada lugar tiene su aporte tecnológico, desde genética hasta manejo y maquinaria”. Pero está claro que los objetivos deben pasar por mejorar la eficiencia de la cosecha, aumentar los rendimientos mediante semillas mejoradas, facilitar el control de plagas, malezas y enfermedades, y trabajar mucho mejor en la fertilización.

Obviamente que también se requiere de acompañamiento de los gobiernos, especialmente en materia de infraestructura. En Pampa del infierno, donde Bichos de Campo grabó esta entrevista, el estado de las rutas y los caminos rurales es muy precario, y es casi inhumano transitar por ellos.
Y por supuesto, hace falta la pasión que el Ruso García y otros profesionales le ponen a este trabajo. Pasión que no tiene demasiada explicación: “El algodón me encanta. Es un cultivo que demanda estar muy encima y siempre nos mantiene aprendiendo”, es la que escoge García.




