Miguel Ángel Escalante se presenta con orgullo como un habitante nacido y criado en la pequeña localidad de San Carlos. La misma está ubicada al sur de los Valles Calchaquíes, al Oeste de la provincia de Salta y a sólo 20 kilómetros al norte de Cafayate. Con el mismo orgullo, Miguel pasa su vida dedicada al duro oficio de cortador de ladrillos.
Por eso a estas fábricas a cielo abierto se las llama “Cortadas”.

“Porque acá se cortan ladrillos, baldosas, tejas, tejuelas coloniales, zócalos y adobes, desde muy temprano hasta que oscurece”, explica Miguel Ángel, que trabaja en un espacio de una hectárea, al aire libre, donde todas las piezas que se elaboran y cortan, se dejan secar al pleno sol calchaquí. Es que el clima es árido, ya que el régimen anual de lluvias en el valle oscila entre los 100 y los 200 milímetros, de modo estival. Solo llueve entre noviembre y marzo.
La materia prima es la tierra que Miguel mismo pisa, y él mismo cuenta que es muy propicia para la alfarería. Por eso también abundan en la zona los artesanos que elaboran diversos objetos utilitarios y artísticos a base del barro calchaquí.
“Mientras esté la tierra compactada, con greda y arena entreverada, la tierra sirve. Algunos le echan viruta”, asegura Miguel Ángel, que se tomó el tiempo para explicar a Bichos de Campo como es ese proceso.
Mirá la nota:
Explica el salteño “vallisto” que al llegar temprano por la mañana, saca tierra de un pozo que señala a su lado, la carga en una carretilla, la tapa con agua y luego del mediodía la echa en otro pozo, circular, donde dos caballos la pisotean y amasan hasta lograr una mezcla espesa.
Luego carga la carretilla y con un molde, Miguel comienza a llenar y sacar ladrillos y baldosas de diversos tamaños y formas, o tejuelas y demás. Luego, los coloca sobre el suelo, para secarlos al sol durante tres días, y finalmente se los cocina en un horno que poseen en el mismo predio, todo a la intemperie.
Diferencia Miguel, los ladrillos de los adobes, “porque se hacen con paja y no se cocinan, sino que sólo se secan al sol”. El tamaño de los mismos es de 10 centímetros de espesor, por 20 de ancho y 40 de largo. Allí elaboran las dos cosas, según como ande la demanda.
Una particularidad de este emprendimiento de San Carlos es que fabrican tejuelas coloniales o “musleras”. “Se supone que se las llama así porque los antiguos, las fabricaban usando como molde a los muslos de sus propias piernas, que les daban la curvatura necesaria”, explica.
El alfarero indica que elabora no más de 750 piezas diarias, en promedio, de lunes a viernes. “Pero luego descanso una semana, para que se amolde mi cuerpo”, ya que “es un trabajo bruto y cansador”, expresa. Explica el alfarero que luego cocina todas las piezas juntas, ladrillos y tejuelas, por ejemplo. “Eso sí, tienen que estar bien secados al sol, porque si no, se parten dentro del horno y ya no sirven”, aclara.

Finalmente, el oficial ladrillero comenta que en otros tiempos había más ofertas de trabajo, pero que en la actualidad sólo quedan otras dos “cortadas” o fábricas de ladrillos en esa zona.
Cuando le preguntan si le gusta su oficio, responde que le ha terminado gustando, y sobre todo porque puede trabajar en soledad y ser su propio jefe. Pero que si quisiera hacer otra cosa, hoy no podría, porque en su pueblo no hay otras opciones laborales para hacer, dice.
En realidad, Miguel Ángel es empleado de Marcelo Condorí. quien es propietario de la fábrica de ladrillos al aire libre, a la que le puso por nombre “La Locomotora”. Él se ocupa de ir al monte a cortar la leña para el horno, con motosierra, en la zona de Cafayate, porque ya queda poco en San Carlos. Y de la cocción de los materiales, que se realiza una vez al mes, durante una semana, de día y de noche.

“Quemamos unas 50.000 piezas y por eso es que nos tomamos de descanso la siguiente semana a la quema. El resto del mes, se trabaja de modo normal”, dice.
Explica Marcelo, que tanto él como sus tres empleados, trabajan desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, pero cada uno maneja su tiempo con libertad, porque cobran de acuerdo a su producción. Marcelo también suele salir a entregar los materiales en flete alquilado. “Vendo los ladrillos a la gente de esta zona; en cambio, las baldosas y tejuelas las suele consumir gente de Buenos Aires, de Salta capital y Tucumán”, señala.
Cuenta Condorí que se crió en la montaña, a unos 4000 metros de altitud. Se levantaba a las 5 de la mañana y caminaba 2 horas para ir a la escuela, debiendo cruzar en seis partes, ríos y arroyos, con mucho frío en los inviernos. Al terminar la primaria, bajó a cosechar uva a Animaná, y al finalizar se fue a buscar trabajo a San Carlos. Allí consiguió en la cortada de ladrillos de “Pachocho” Vargas, donde aprendió muy bien el oficio, pero como era chico, le pagaba poco, dice.

Entonces a sus 16 años Marcelo se largó con un amigo a poner su propia fábrica, y desde esa vez hasta hoy sigue en el mismo rubro. “Pero como lo único que no dominábamos era la quemada de los ladrillos, sumamos a uno que la tenía bien clara. Empezamos en la quinta de don ‘Melón’, en Barrial, porque él necesitaba desmontar, y al principio no nos cobró alquiler, a cambio de que le hiciéramos el horno. Pero al principio nos salían mal y no juntábamos ni para el pan, porque además la tierra de la zona era muy arenosa y no era propicia”, recuerda.
Luego de pasar por varios lugares, donde al fin aprendió bien a cocinar los ladrillos, hace diez años terminó alquilando en donde está actualmente, en la finca de Matías, que era una represa y posee buen lodo que traía el río. Como dos de sus hijos varones ya están grandes, lo ayudan a armar los hornos, ya que suele necesitar hasta cuatro, a veces, según la producción. Y su hija mujer, de 21 años, también suele ir a ayudarlo en tareas más livianas.
“Me gusta este oficio y me enorgullece haber llegado a tener mi propio emprendimiento, que te da para vivir, siempre y cuando uno cuide los ingresos, porque la situación no está fácil. Pero después de tantos años en este rubro, puedo fabricar y estoquear, porque sé que tarde o temprano, voy a vender todo lo que tengo”, culminó Marcelo Condorí.




