La noticia vitivinícola de esta semana es que en Ushuaia se registró oficialmente el primer viñedo, que se convierte así en el más austral del mundo. Es sin dudas un hito para la actividad, que en las últimas dos décadas se expandió notablemente desde sus tradicionales zonas productivas hacia el sur y demuestra que se pueden hacer vinos premium aún en los climas más “hostiles”.
Todo ese largo proceso tiene un artífice y se llama Darío González Maldonado, un enólogo e ingeniero agrónomo sanjuanino que hace 26 años se radicó en la Patagonia austral para lograr lo que hasta entonces se creía imposible. Hoy, es quien está detrás de decenas de exitosos proyectos en la región.
La suya es una agenda apretada: es secretario de Desarrollo Económico del municipio de El Hoyo, en Chubut, y profesor secundario. Además, asesora a unas 8 bodegas y 40 viñedos desde el sur de Río Negro hasta Tierra del Fuego, y siempre, aunque parezca imposible, se hace un lugar para experimentar.
“Yo me siento como el maestro que se va a los pueblitos. Después vendrán los especialistas, pero yo senté las bases de la vitivinicultura en la Patagonia austral”, señala este pionero, que dialogó con Bichos de Campo sobre la fórmula detrás de su más reciente “hit”, el secreto de hacer vino en las zonas más frías del país, y cómo es pensar “fuera de la caja” en el sector, con sus espumantes de pétalos de tulipán o bebidas a base de sauco.

Para formarse eligió las tierras mendocinas. Fue contemporáneo a otras figuras de su profesión, como el reconocido enólogo Alejandro Vigil y recuerda con orgullo haber rechazado una maestría para irse a experimentar al sur, donde nadie hablaba de vitivinicultura más que en aspiracional, y los proyectos eran ideas aún dispersas.
“Me guié más por la intuición o por querer tener un gran desafío. Mis profesores me decían ´fijate Darío si conviene´, pero yo me quise ir igual. Probablemente en San Juan o Mendoza iba a ser uno más, pero si en el sur las cosas me salían bien, podía destacarme”, recordó el enólogo.
Y así fue. La patada inicial se jugó incluso ya en las grandes ligas, porque Maldonado cruzó el Río Colorado nada más ni nada menos que para sentar las bases del viñedo que montó bodega Cavas de Weiner allí, en El Hoyo, a fines del milenio. “Como no conocían el cultivo, pude armarlo como quería, y yo fui quien les enseñé todo de cero”, señaló el enólogo, que fue director de la firma por mucho tiempo.

Era un proyecto laboral de 5 años, pero ahí se encontró con el desafío que había ido a buscar. Y, como se lo había propuesto, trabajó para destacar.
Así fue como de Patagonian Wines empezó a llegar a otros proyectos, muchos de los cuales directamente nacieron bajo su tutela. “Yo trabajo desde el sur de Río Negro, de Valcheta y Ramos Mexía, hasta Ushuaia”, aseguró el especialista, que no por nada es considerado uno de los pocos dedicados a la vitivinicultura en esas latitudes.
“Todo lo fui aprendiendo desde la práctica porque no hay nada escrito. De hecho, somos poquitos en el mundo los que nos dedicamos a esto. Si a mí me contratan para hacer vino en Entre Ríos, por ejemplo, no sabría qué hacer, porque ya estoy muy metido en los climas fríos”, expresó.
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Con nula bibliografía y nada de experiencia, Maldonado abrió su propio camino, con el que demostró que no sólo puede prosperar la producción en zonas hostiles, con vientos polares, pocas horas de sol y varios meses de nevadas, sino que, por sobre todas las cosas, puede obtenerse de eso vinos de la más alta calidad.
“Acá la amplitud térmica, los vientos, y el frío hacen que la uva sea más pequeña pero con una piel más gruesa, todo lo contrario a lo que ocurre en Cuyo.Este clima adverso hace que obtengamos mayor calidad de producto, porque en la piel reside un buen vino, y acá es perfecta”, explicó el enólogo, que luego debe trabajar en la elaboración, a la que se le hacen ciertos cambios, justamente, para procesar ese hollejo.

Su marca personal está inscrita desde el sur de Río Negro hasta el viñedo más austral del mundo. Hace Chardonnay, Pinot Noir, Pinot Meunier, Pinot Gris, Torrontés, Sauvignon Blanc, Gewürztraminer, Merlot y hasta Malbec. ¿Éxitos? Puede enumerar varios, pero tiene sus favoritos.
“En Caleta Olivia, Santa Cruz, embotellamos un chardonnay que no tiene que ver con nada en el mercado. Tiene una gran tipicidad, es muy mineral, con una influencia del mar importante, y se nota que está hecho en suelos más alcalinos”, describe Darío.
En Chubut, por su parte, guarda todo su orgullo. Allí, logró que las plantas sólo vivan de lo que le da la naturaleza, incluso sin riego, y las atiende sólo cuando es necesario. “Yo hoy puedo decir que trabajo con verdaderos terroir y con una uva totalmente sana, sin carga de pesticidas y sin residuos. Hago cada tanto alguna corrección, alguna enmienda o fertilización, pero hoy estoy trabajando mucho con bioestimulantes”, explicó.
En Ushuaia, donde acaba de habilitarse el viñedo más austral del mundo, en manos de la familia Abolsky y en un lujoso hotel, el enólogo asegura estar haciendo “lo mismo que en Chubut hace 26 años: experimentar, hacer ensayos y probar”. Y los resultados ya están a la vista.
¿Y por qué funciona? Antes que profundizar demasiado en lo técnico, Darío echa mano a las enseñanzas de los maestros del oficio: “Del viñedo que es un green de golf, sale una uva mala. El que es sufrido y que está achaparrado es el que da los grandes vinos, de calidad premium. Yo sigo esa escuela”, expresó.
Es así como, de la mano de pequeños proyectos, en chacras que difícilmente superan las 15 hectáreas, se ha montado una auténtica ruta del vino patagónica. Ahí, opina Darío, tarde o temprano se jugará el futuro de la actividad.
“Hoy la vitivinicultura se está corriendo hacia los polos, tanto el polo norte como el polo sur, buscando el clima perfecto para las variedades de ciclo corto, las precoces, muchas de las cuales son para espumante”, agregó.
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Dicen que el tiempo nunca es suficiente para quien disfruta de lo que hace, y en parte este enólogo desafía la premisa, porque en paralelo trabaja hoy en otros ambiciosos proyectos.
Bien entrado el invierno, y luego de las primeras heladas importantes, cosechan manzanas que, congeladas, se muelen, prensan y fermentan parcialmente. Eso se convierte en sidra de hielo, una bebida originaria de Canadá, la única de Sudamérica, que hoy comercializa con la firma chubutense Sidra Laberinto y se vende en los restaurantes más exclusivos de Capital Federal.
En paralelo, trabaja en un ensayo de 300 botellas del primer espumante de pétalos de tulipán del mundo, que aguarda a octubre para presentar oficialmente. “Me costó mucho hacer la receta y me la llevo a la tumba”, señala, entre risas.
A pedido de la familia Fenoglio, dueña de Rapanui, trabaja además en un lote exclusivo de botellas de espumante de frambuesa y, por si eso fuera poco, también elabora un vinificado con los frutos del sauco, de sabor muy similar a un vino de uva Bonarda y, por supuesto, calidad premium.

En el tintero queda mucho más por hacer porque allí, donde hace algunos años sólo un loco podía pensar en ir a hacer vino, tienen su génesis los proyectos más exclusivos del sector. Y, como todo pionero -o todo maestro de escuela rural, como dice Darío- lo que le toca es trazar el camino.
“Esta región te sorprende. Si buscas los datos técnicos y leés las tablas, decís que esto es un chamuyo, pero cuando llegás acá te explota la cabeza”, expresó el especialista, que asegura que toda esta historia “es un fiel ejemplo de que se puede soñar y que se puede llegar a buen puerto”.





