En la zona rural de Tandil, la estancia La Guapa se presenta como un caso testigo de cómo la producción agropecuaria y el paisajismo pueden convivir para transformar un predio abandonado en un hogar con identidad propia. Durante una recorrida realizada por De Raíz junto a Entre Plantas Viajes, fue posible conocer la historia de este establecimiento habitado por Antonia y su familia, quienes junto a la paisajista Enriqueta “Tita” Bustillo lograron un diseño que respeta las raíces tradicionales del campo argentino partiendo desde cero.
El proyecto comenzó en 2009, cuando la propietaria, de origen brasileño, se instaló en el lugar junto a su marido. En aquel entonces, el campo carecía de infraestructura básica y herramientas elementales, lo que obligó a los dueños a involucrarse directamente en las tareas diarias para poner en marcha tanto la actividad ganadera como la agrícola.
La entrevista con Tita y Antonia en este video:
La intervención paisajística surgió a partir de una necesidad puntual de los propietarios, quienes inicialmente buscaban instalar canteros de flores frente a su vivienda. Sin embargo, la propuesta profesional de Bustillo permitió una mirada integral del contexto para construir una historia familiar a través del entorno verde. El diseño se basó en la creación de un orden interno con jerarquías espaciales claras, donde un eje invisible conecta elementos simbólicos como la piedra, el cerro y una imagen de la Virgen, que funciona como hilo conductor del espíritu del lugar. Esta planificación permitió integrar las zonas de vivienda con las áreas de trabajo que originalmente dominaban el paisaje.
Uno de los mayores desafíos técnicos fue la reconversión de una antigua planta de silos. Al remover las estructuras para recuperar la luz solar en el casco, quedaron bases de hormigón de gran profundidad que eran sumamente difíciles de extraer. Ante este escenario, se optó por una solución creativa: transformar esos huecos en cuatro canteros circulares geométricos divididos por colores y estructurados con boj. Esta estrategia permitió aprovechar lo existente y crear un patio de flores que abraza el espacio matero diseñado por la interiorista Sofía Figueroa Bunge, logrando camuflar la parte industrial del establecimiento sin eliminar su rastro productivo.
La paciencia y la observación del clima fueron pilares fundamentales para el éxito del jardín. Antonia destaca que conocer el comportamiento del campo en todas las estaciones permitió evitar errores comunes, como la ubicación de la pileta. A pesar de las sugerencias externas de colocarla cerca de la casa, la decisión de utilizar un tanque australiano en un sector más alejado se basó en la búsqueda del mejor atardecer y de las horas de luz más aprovechables, demostrando que la funcionalidad rural debe primar sobre los esquemas preestablecidos.
El resto del extenso jardín se resolvió mediante una matriz de árboles que otorga estructura y marca los recorridos internos de la estancia. Este diseño inteligente guía al visitante por el predio y permite que, desde el ingreso mismo, la vista remate en la imagen de la Virgen que se recorta contra las sierras, incorporando el horizonte natural al jardín. Además, se decidió mantener sectores de pradera para respetar la escala de campo abierto, permitiendo que la intervención humana se funda de manera natural con el paisaje silvestre de la zona.
En cuanto al mantenimiento, la profesional a cargo desmitifica la complejidad de este tipo de espacios, asegurando que el esfuerzo principal se concentra en los primeros tres años hasta que la planta se establece. En el caso de los sectores de flores, el secreto reside en la edición bimestral para mantener las formas geométricas. Esta gestión eficiente del verde permite disfrutar de las vistas desde los galpones reciclados, que hoy funcionan como matera y habitaciones de huéspedes, sin demandar una energía que compita con las labores propias de la producción agropecuaria de la estancia.





