No es casual que Adrián Daniele conozca tanto el mercado de las picadoras de forraje. En verdad, es una consecuencia lógica de su historia familiar, porque, criado en la cuenca lechera de Sunchales, él asistió a la llegada de esta maquinaria que primero revolucionó la producción tambera ligada con Sancor y luego comenzó a tallar en la producción de carne. Fue testigo mucho antes de que existieran los contratistas forrajeros propiamente dichos, cuando los productores se asociaban para adquirir maquinaria tan costosa.
Justo después de que su padre, junto a más de 30 colegas, participara de la compra de una de las primeras picadoras de la región, a mediados de los noventa, Adrián decidió “tirar” su currículum en Claas. Por iniciativa de Reynaldo Postacchini, histórico referente de la firma a nivel local, la fabricante alemana había empezado a enviar sus primeras máquinas a Argentina y esos “bichos raros” maravillaban a más de uno. Incluso a él, un apasionado de los fierros que quería estar de ese lado del mostrador.
Del boom lechero, al ocaso de las grandes firmas. El ascenso de los feedlots, y una intensificación productiva acelerada durante los últimos años. Las viejas máquinas y las “oficinas móviles” actuales. En diálogo con Bichos de Campo, Daniele repasó lo mucho que aprendió durante sus años dentro del sector.

Aunque hoy la principal demanda del picado provenga del engorde a corral, lo cierto es que el despegue inicial para el silaje en el país se lo debemos al sector tambero. Y fue por una necesidad productiva concreta: hay que alimentar a la vaca los 365 días del año, inclusive en los inviernos más crudos, donde la disponibilidad de pasto es menor y se pone en juego lo almacenado meses anteriores.
“Hasta los noventa nadie desconocía la importancia de guardar granos y guardar rollos. Pero a medida que la demanda fue incrementándose, se generó un cuello de botella y eso ya no alcanzaba”, recordó Adrián.
Detrás de esa demanda estaban las grandes usinas lácteas, que crecían al calor de los mercados internacionales. Una insignia de aquellos años era Sancor, que llegó a procesar 6 millones de litros a diario que le proveía una extensa red de cooperativas dentro de la cuenca de Sunchales.
A mayor demanda láctea, los productores tuvieron también que invertir y hacerse más productivos. Por un lado, la industria requería del enfriamiento de la leche en origen, lo que significaba comprar maquinaria costosa que tenía que amortizarse. Y eso lleva a la necesidad de incrementar las cargas y producir más en el mismo espacio.
“La misma superficie tenía que ser más productiva. Así, nadie pudo eludir la importancia del silaje”, explicó el referente, que vio ese cambio de escala en primera persona, cuando su padre, junto a otros cooperativistas, adquirió su primera picadora en el año 1996.
Con ese impulso inicial, aportado por el sector lácteo, el camino estaba señalado para el posterior “boom” del engorde a corral. Un crecimiento que también presenció desde la firma alemana, que en los últimos 30 años vendió más de 900 picadoras en el país.
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Al esquema asociativo, con el tiempo, lo sucedió la aparición de los contratistas forrajeros, quienes relevaron a los productores de tener que adquirir esa maquinaria, y los que proveen de ese servicio a menudo. La intensificación productiva avanzó a paso firme también de la mano de estos actores.
“El silo, con cualquiera de sus marcas y con cualquiera de los métodos, fue, es y va a seguir siendo una gran solución”, expresó Daniele, a quien tantos años en el sector ya no le dejan dudas de que prácticamente no hay techo y que el mercado de picadoras de forraje acompañará ese proceso.
“Argentina siempre está en el podio de la incorporación de tecnología, ya sea desarrollada aquí o adquirida de otros países. Llegar a la máxima tecnología es un camino difícil, pero no creo que nadie quiera quedarse en el pasado”, concluyó.





