¿Qué puede unir a una arquitecta con un ingeniero zootecnista? Además de la amistad, un proyecto para abrigar casas con lana gruesa. De eso pueden dar fe Alejandra Nuñez Berté y Ernesto Benavidez, los creadores de AbrigA, la iniciativa que propone transformar un subproducto casi sin valor, y a menudo desechado, en un material clave para la construcción.
Sus mantos de aislación termoacústica ya recubrieron casas, domos, motorhomes y hasta hoteles. En la gran ciudad, y en el interior, esta alternativa de triple impacto crece gracias a la búsqueda de materiales sustentables, con menor gasto energético, pero igual de efectivos. Y que además, como es el caso, crean un nuevo circuito para el sector productivo.
La duda inicial que alimentó el proyecto, una tesis que le dio forma, y el largo camino que terminó en las obras de todas partes del país. En diálogo con Bichos de Campo, una de las voces que encabezan la iniciativa se detuvo a contar cómo nació AbrigA y dejó en claro por qué todavía queda un amplio margen para crecer.

Podría decirse, sin lugar a dudas, que AbrigA es el “metié” de Alejandra Nuñez Berté, una arquitecta especializada en eficiencia energética que, justamente, encontró la forma de poner en práctica su oficio de una forma muy particular: ir en busca de esa eficiencia con un desecho agropecuario y pararse de igual a igual frente a clásicos materiales..
La lana de vidrio es, por excelencia, el aislante térmico y acústico empleado en paredes, techos, suelos y tabiques, tanto para la construcción en seco como para la convencional. Pero más allá de sus bondades, reviste también algunas desventajas marcadas, como lo es su fragilidad, que obstaculiza la manipulación e instalación; los efectos nocivos para la salud, sobre todo al momento de colocarlos; y, desde ya, su alto grado de contaminación.
Ahí es donde Alejandra vio una oportunidad, y buscó la forma de explotarla.

En realidad, alternativas para el aislamiento a base de lana ya existían en la época de la inmigración masiva, o incluso antes, cuando en la Patagonia se importaban desde Inglaterra paneles para construir casas resistentes a los vientos y el frío. El dato lo había visto de pasada mientras llevaba a cabo un trabajo de “steel framing”, allá por el 2011, y volvió a sus oídos varios años más tarde. Esa vez, no lo dejó pasar.
El proyecto de crear mantos de lana gruesa con propiedades termoacústicas fue en realidad la tesis de maestría de Alejandra, que terminó en 2018 tras evaluar qué impacto económico, social y ambiental -el “triple impacto” del que hoy se jacta AbrigA- tendría utilizar este residuo para construir viviendas de forma masiva.
Si el proyecto saltó del mundo académico al de los negocios fue porque descubrió que el potencial era muy bueno. “No tenía pensado ser la reina de las ovejas a esta altura de mi vida, pero acá estamos”, dice hoy entre risas la arquitecta, muy feliz con la iniciativa y con la decisión de haber ido a fondo con su idea.

De acuerdo con los registros de la Unidad Ejecutora Provincial Buenos Aires de Ley Ovina, con datos del SENASA, anualmente se obtienen 3,8 millones de kilos de lana gruesa, un subrpoducto de las unidades productivas que crían razas carniceras y las deben esquilar por salud, pero que encuentran poco mercado para usos tradicionales.
Esas fibras, que tienen poco valor y calidad textil, suelen ser un problema para los productores, que se ven forzados a quemarlas, enterrarlas o trasladarlas a centros de acopio. Y es un problema que AbrigA supo captar, porque aprovecha ese desperdicio, le da un valor agregado, y constituye un beneficio también para muchos establecimientos en el país.
En cuanto a lo ambiental, no sólo se trata de aprovechar un desperdicio, sino de reemplazar otro material sintético. “Esto es un proceso textil y el de la lana de vidrio es industrial. Ahí radica una de las diferencias, porque en ese caso hay que derretir el vidrio para después hacerlo hilos, y eso requiere de cantidades muy altas de energía”, puntualizó Alejandra.
La tesis también vio la luz gracias a que, en 2019, la arquitecta se reencontró con su viejo amigo Ernesto Benavidez, un ingeniero zootecnista experimentado en el desarrollo rural y la producción animal con quien había trabajado de joven en el Banco Central.
Pero, lejos de la “city” porteña, ambos atravesaban ya otra vida. Y si AbrigA los volvía a cruzar era por algo: la idea estaba, había que trabajar mucho en desarrollarla.
En ese sentido, Alejandra señala que la clave fue presentarse a cuanto concurso conocieran. Fue así como empezaron con el pie derecho, con una beca en el INVAP que les permitió no sólo desarrollar su modelo de negocios sino, sobre todo, adaptar las maquinarias y llegar a un proceso industrial que les permitiese convertir vellones de lana gruesa -rústicos y sucios- en mantos que recubran paredes y techos.

Decía esta arquitecta que no esperaba en absoluto estar donde hoy está y, aunque proyectos de este tenor exigen aprender, hacer y deshacer a diario, hace tiempo ya que lograron obtener un producto estandarizado y cubrir los pedidos de clientes de todo el país. Incluso, con posibilidades concretas de expandirse, pues la firma ya explora el reemplazo del plástico de burbujas con soluciones de packaging sustentable (EnvuelvE) y de los panales hipoacúsicos (AcústicA).
Pero antes de que sus tradicionales mantos lleguen a una casa de Capital Federal, a un hotel de Esquel, o envuelvan una botella de vidrio en el norte, lo que hay es un largo proceso de trabajo. El comienzo, y probablemente lo más complejo, es proveerse de lana que cuente con cierta trazabilidad, que les indique de dónde proviene y cuente con cierto acondicionamiento.
En su momento, el certificado de Prolana funcionó como un reaseguro. Hoy por hoy, el trabajo es más “artesanal”, y ellos mismos mantienen contacto con productores y llevan a cabo capacitaciones para proveerse de una buena materia prima.

Como es un producto sin precio de mercado, y sin otro valor por fuera de este tipo de aplicaciones, el proceso de compra tampoco es sencillo. Más aún si se tiene en cuenta que sólo en la provincia de Buenos Aires hay 24.000 pequeñas unidades que producen el 97% de esa lana, y que es necesario buscar la forma de que todo eso pueda retirarse de forma conjunta.
“Tratamos de sellar un ritmo de trabajo con los productores para que, mientras crece la demanda, ellos se vayan reuniendo y faciliten la provisión de lana. Preferimos comprarle a muchos productores en vez de a uno sólo, pero eso requiere más logística”, explicó la arquitecta.
Una vez recibida esa lana, se la somete a un lavado industrial y a tratamientos con minerales específicos que le quitan la grasa sobrante y la convierten en un material ignífugo. Luego, de la mano de una empresa textil abocada a otros materiales de la construcción, se la procesa y convierte en mantos estandarizados, con una cierta densidad y una composición estable.
No es menor ese último aspecto, señala Alejandra, que insiste en la necesidad de ofrecer un producto industrial medible y certificado y aclara que “construcción sustentable no significa construcción artesanal”.
Por eso, uno de los ejes en los que más insisten desde AbrigA es en los ensayos realizados bajo normas IRAM en organismos prestigiosos, y en las certificaciones, que no sólo abren mercados y le dan competitividad al producto, sino que además son una garantía de seguridad y calidad dentro de las estructuras.
“Nuestro mayor eh respaldo y orgullo es toda la investigación que respalda el producto”, expresó la arquitecta, que advirtió por la importancia de tener eso en consideración en un sector tan sensible.
Fácilmente empaquetables, los mantos tienen 50 milímetros de espesor y se entregan en rollos de 20 metros de largo y 1,65 de ancho. Eso suma mayor eficiencia a la que ya tienen, pues no sólo consumen 8 veces menos energía que la lana de vidrio y 25 veces menos que el telgopor, sino que, como pueden compactarse, reducen hasta en un 30% el espacio ocupado en el traslado y almacenamiento.
La comparación no sólo es inevitable, sino que, de hecho, una estrategia de posicionamiento. A fin de cuentas, es un producto innovador en un país donde las técnicas convencionales de construcción aún pisan fuerte, pero Alejandra confía en que AbrigA, al igual que todo su sector, tiene mucho aún por expandirse.
Más volumen, menos costos y más distribución son los objetivos que se cruzan con otras propuestas más ambiciosas, como lo es ampliar la oferta de productos. Nada de eso es lejano para esta firma.




