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De Holanda a la Patagonia: La historia de amor y producción de Gwen Hulsegge, que vuelve a unir al Fortín Chacabuco con sus pioneros

Leticia Zavala Rubio por Leticia Zavala Rubio
26 enero, 2026

En el extremo norte del lago Nahuel Huapi, donde la Patagonia todavía habla en voz baja de pioneros y promesas, un antiguo fortín abandonado tras la Conquista del Desierto dejó de ser una posta militar olvidada para convertirse en el corazón de una historia atravesada por el amor, la producción y una nueva forma de pensar el desarrollo rural.

Hoy, ese lugar se llama estancia Fortín Chacabuco y tiene como protagonista a Gwen Hulsegge y Nicolás Rodríguez Argumedo, una pareja argentino-holandesa.

Gwen, es holandesa, y llegó al sur argentino siguiendo una intuición más precisa que cualquier GPS. Creía que la Patagonia se emplazaba del lado chileno de la cordillera, pero a fuerza de charlas con viajeros y lugareños, terminó cruzando a la Argentina y encontrando algo más que un paisaje: un proyecto de vida.

Dejó su casa y su trabajo en Holanda luego de ver una película filmada en la región. Cuando conoció al que es hoy su marido, se lanzó a recorrer la Ruta 40 y después de idas y vueltas entre ambos países, decidió apostar por una vida en común.

En 2001 se instalaron en Chile, donde ella ya tenía experiencia como guía de cabalgatas. Un año más tarde, trasladaron esa actividad a la Argentina.

Arrancaron literalmente de cero. Sin capital inicial, Gwen escribió a amigos y conocidos de Holanda para proponerles “adoptar” un caballo. Así logró reunir diez animales y puso en marcha una pequeña empresa de cabalgatas en Bariloche. Mientras tanto, su marido, Nicolás Argumedo, se formó como guía de turismo y comenzó a recorrer estancias del sur, un mundo que lo atrapó de inmediato.

El salto llegó cuando apareció la propuesta de administrar una estancia a la par que formaban su familia. Desde 2013, Gwen y su esposo trabajan en Fortín Chacabuco, ubicada dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi a la altura del kilómetro 1628 en la ruta 237, distante a dos kilómetros del desvío que toma hacia Villa La Angostura desde Bariloche. En 2016, la estancia fue donada y el matrimonio quedó incorporado a una nueva etapa de gestión, bajo el ala de The Nature Conservancy (TNC).

Reconocida por combinar la ganadería tradicional con una mirada moderna sobre el cuidado del ambiente, Fortín Chacabuco es hoy un verdadero laboratorio a cielo abierto de producción y conservación. El objetivo central es proteger el delicado ecotono entre la estepa patagónica y el bosque andino, un ambiente tan productivo como frágil.

“Allí la estancia fue donada con algunas condiciones muy claras: no se podía subdividir, no se podían construir más casas, no se podía hacer turismo, tenía que haber manejo holístico y no se podían cazar los ciervos comercialmente, entre otras”, enumera Gwen.

“TNC aceptó esas condiciones y enseguida empezamos a trabajar en un plan de producción y conservación. La idea fue que, aunque es una estancia chica —son unas 5.000 hectáreas—, pudiera funcionar como un lugar demostrativo. Hace más de diez años que venimos trabajando en eso”, agrega.

En Fortín Chacabuco conviven el manejo holístico de los pastizales, orientado a recuperar suelos y frenar la desertificación, con actividades pensadas para acercar el territorio a la gente, sin perder de vista una premisa central: producir y conservar no solo pueden ir de la mano, sino que se necesitan mutuamente.

Antes de esta experiencia, Gwen y Nicolás ya habían pasado por una estancia en Santa Cruz, sobre el lago San Martín, con enfoque conservacionista. Pero el manejo holístico era un terreno desconocido. Por eso comenzaron a capacitarse con el especialista Pablo Borrelli.

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“Con el manejo holístico nos fue muy bien. Me alegra ver que cada vez hay más productores y técnicos interesados en este tipo de prácticas”, señala Gwen Hulsegge, aunque aclara que el desafío va mucho más allá del manejo ganadero tradicional. Uno de los ejes del trabajo en Fortín Chacabuco es el diseño de un plan integral de conservación.

“Armamos un plan que mira a todas las especies del campo, tanto de flora como de fauna, e identifica cuáles son las más problemáticas y cuáles las que queremos proteger”, explica. En ese diagnóstico aparecen especies invasoras como pinos, ciervos, jabalíes, rosa mosqueta, retama y sauces, mientras que del otro lado de la balanza están el puma, el guanaco, los pastizales de mallín y la estepa, entre otros ambientes y especies clave.

A partir de allí, la estrategia fue avanzar por etapas. “Definimos un plan de acción que implica mucha inversión, así que empezamos haciendo ensayos. En 2014 comenzamos con el manejo holístico y tomamos muestras de suelo. Volvimos a muestrear en 2019 y este año nos toca otra vez”, detalla. Los resultados sorprendieron incluso a quienes impulsaban el proyecto: “Entre 2014 y 2019 hubo un aumento del 46% en la materia orgánica del suelo. Eso nos hizo pensar que este impacto ambiental también tenía que tener un valor en el mundo”.

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Fue entonces cuando apareció el camino de los créditos de carbono. “Empecé a hablar con distintas personas y encontré lo que se conoce como créditos de carbono, así que decidimos avanzar con ese proyecto”, cuenta.

El enfoque no se limitó a una sola variable. “Hicimos muchos ensayos. Llegamos a tener 31 proyectos de investigación en el campo, todos chiquitos. Entonces nos preguntamos qué pasaría si juntábamos distintas especies y mirábamos el triple impacto: ambiental, social y económico”, relata Gwen.

Un ejemplo concreto surge del manejo de fauna y ambientes sensibles. “El jabalí, el ciervo y los mallines comparten los mismos espacios y, cuando se superponen, los destruyen. Con una caza controlada de ciervo y jabalí podemos generar ingresos suficientes para sostener y proteger los mallines”, explica.

Otro eje de trabajo está vinculado a la prevención de incendios y la restauración de ambientes. “Ahí entran el pino, el ciprés y la estepa. Es un proyecto que sí tiene fondos y nos permite remover pinos invasores, plantar cipreses y preservar la estepa. También trabajamos con sauces, vegas y ambientes ribereños. Estamos buscándole la vuelta por ese lado”, resume.

En paralelo, aparece un obstáculo que excede a la tranquera de la estancia. “Uno de los empujes que estamos dando desde el campo es lograr que el frigorífico de la zona reciba ciervo y jabalí, para que exista una salida legal. Hoy es un enorme problema y sin esa solución se hace muy difícil avanzar”, concluye.

Por las mañanas, Gwen disfruta del sol patagónico. La brisa desordena su pelo rubio y ella habla como una argentina más, salpicando el relato con “che” y modismos bien locales. Le gusta contar la historia del lugar, la de la familia que lo habitó y la de quienes siguieron después. Y cuando se le pregunta por su propia vida, la historia que construyo en este país no se queda atrás.

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Es una historia de curiosidad juvenil para explorar lo desconocido, de coraje para emprender un viaje sola, guiada por lo que dictaba su corazón, y por animarse a una vida nueva, ligada a la naturaleza y a los nuevos paradigmas. Un proyecto no muy distante al de Fanny Taylor, una mujer nacida en una familia granjera de Estados Unidos.

A Fanny el destino le tenía preparada una escena digna de novela: un dolor de muelas la llevó al consultorio de un odontólogo que, además de aliviarle el malestar, terminó convirtiéndose en su marido.

La luna de miel fue a caballo, cruzando el sur de Chile y Argentina. Al llegar a ese rincón todavía inhóspito del Nahuel Huapi, se toparon con el viejo fortín. El flechazo fue inmediato. Allí montaron una granja, en tiempos en que el Estado argentino promovía el arraigo en la Patagonia entregando hasta 10.000 hectáreas a quienes se animaran a poblarla. Fueron pioneros, cuando todo estaba por hacerse.

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Jorge Newbery —el odontólogo— decidió seguir ejerciendo su profesión y se convirtió en el primer dentista de Bariloche, combinando el consultorio con la vida rural. Murió joven, a los 50 años. Fanny, en cambio, vivió hasta los 90, atravesando casi todo el siglo.

En la década del 60, vendió la estancia a un familiar alemán casi en su totalidad pero reservó “un pedacito” para sus últimos días. De ese traspaso surgió otro capítulo: la llegada de Sam Gary, quien años más tarde donó parte de esas tierras, cerrando un círculo donde el pasado, el territorio y la idea de futuro vuelven a encontrarse.

En ese fortín resignificado, donde hoy se habla de ganadería, conservación y manejo de pastizales, todavía resuenan las huellas de quienes apostaron a producir y vivir en una Patagonia que era frontera y promesa. Historias que, lejos de los grandes centros, también explican cómo se construyó el país.

Etiquetas: barilocheconservaciónFortín ChacabucoGwen Hulseggenahuel huapiNicolás Rodríguez Argumedopatagoniaproducciónturismo rural
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