En vistas de “jubilar” a los descartables derivados del petróleo, los subproductos agrícolas se han convertido en un aliado potente. Y es que, en vez de esperar 1000 años a que se desintegre un telgopor, o 5 décadas a que lo haga una bolsa de nylon tradicional, usar materiales que vengan de la tierra favorece su regreso a ella con un impacto mucho menor.
En esa empresa se embarcan hoy varios investigadores del Conicet, que descubrieron el modo de aprovechar lo que producen las economías regionales y establecer un circuito de agregado de valor reduciendo costos de importación y disminuyendo el impacto ambiental.
Hablamos de dos casos particulares que se conocieron recientemente: el telgopor hecho a base de cáscara de arroz y las bolsas de almidón de mandioca. Dos desarrollos en el seno del Litoral que proponen una alternativa orgánica y sustentable a los productos usados a diario, sea en el embalaje, en mensajería o simplemente para hacer las compras del supermercado.

En el Instituto de Materiales de Misiones, junto al Grupo de Preservación y Envases (GPE) y el Programa de Celulosa y Papel (PROCYP) encontraron la forma de que el país tenga su primer plástico biodegradable hecho a base de una materia prima regional. En este caso, el almidón obtenido de la mandioca, un tubérculo muy producido en el clima húmedo de la selva misionera.
Lo hicieron junto a la empresa Plastimi SRL, una firma abocada a los bioplásticos que, hasta el momento, se veía obligada a importar una resina obtenida a partir del almidón de maíz desde Europa para poder fabricar sus productos.

En paralelo, unos varios kilómetros al sur de allí, en la provincia de Santa Fe, investigadores de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y el Conicet lograron utilizar la cáscara de arroz como insumo para la producción de un biocompuesto que reemplace al telgopor tradicional, un material también conocido como Poliestireno Expandido (EPS).
Además de agregar valor a un desecho con mucha disponibilidad en el centro-norte de esa provincia, brinda una alternativa sustentable a un material altamente contaminante y que demora varios siglos en descomponerse.

Si se lo mira en cifras, el uso de materiales descartables derivados del petróleo es un problema a nivel mundial. En suma, se estima que anualmente se tiran 5 billones de bolsas de nylon -unas 160.000 por segundo y 10 millones por minuto-, mientras que en el caso del telgopor se generan 14 millones de toneladas por año, de las cuales casi un 40% se usa de forma temporal.
Del otro lado, las cifras de las economías regionales que podrían activarse con estos proyectos científicos son por demás de alentadoras. En el caso de la mandioca, en 2024 sólo Misiones produjo unos 100 millones de kilos de ese tubérculo, de los cuales se obtuvieron 22 millones de kilos de fécula, un insumo fundamental en varias otras industrias.
Por su parte, la última campaña arrocera santafesina fue de más de 200.000 toneladas, un 12% de lo que se produce a nivel nacional, en torno a las 1,7 millones de toneladas.

En el caso del proyecto misionero, los investigadores lograron producir pellets a partir del almidón de mandioca, que, además de bolsas, pueden emplearse para producir otros productos flexibles. “Buscamos generar un desarrollo regional que le dé valor agregado a la materia prima de nuestra propia provincia”, sostuvo Pamela Cuenca, una de las científicas que lidera el grupo de investigación, junto a Cristina Area.
Tras haber logrado reemplazar exitosamente a las resinas obtenidas del almidón de papa o de maíz, que hasta el momento se importaban para producir bioplásticos, lo que buscan es que esa tecnología sea transferible a otros actores por su potencial tan amplio.
Además de envases, el equipo también trabaja en la obtención de materiales para agroinsumos, como las cubiertas vegetales conocidas como “mulching” que se utilizan en cultivos de la provincia, como tomates y Cannabis Sativa medicinal, un producto que tampoco se fabrica a nivel nacional y en el que ya hay varios proyectos que buscan hacerlo mucho más sustentable.
En particular, lo que se necesita es una misma tecnologías: una extrusora pelletizadora específica para procesar bioplásticos, que fue adquirida en 2021 por el organismo científico y tiene una capacidad de producción de hasta 35 kilos por hora.

Para obtener su telgopor sustentable, los investigadores de la UNL descubrieron que puede combinarse la cáscara de arroz -un residuo que no tiene muchas aplicaciones industriales- con hongos capaces de degradar lignina y celulosa. Así, y sin agregar adhesivos sintéticos, se obtiene un material sólido con propiedades amortiguadoras y aislantes.
El desarrollo forma parte de una línea de trabajo mucho más amplia, pues se estudia continuamente cómo obtener biocompuestos fibra-polímero a partir de hongos, una alternativa clave para producir packaging ecológico.
Justamente en pleno auge de las compras online y los envíos a domicilio, donde el embalaje de productos es fundamental, pero también en plena crisis de las economías regionales, que pueden tener así una forma de diversificar riesgos y agregar valor.
“Los cultivos industriales del centro-norte santafesino (como la caña de azúcar, algodón o arroz) sufren crisis recurrentes debido a la volatilidad de los precios internacionales y a que su margen de ganancia es menor que el de otros cultivos. La posibilidad de añadir valor a sus subproductos tiene el potencial de estabilizar dichos sistemas productivos”, señaló Matías Cabeza, docente de la Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas (FBCB) e investigador del Conicet que lleva adelante el proyecto junto a Guillermo García.
La Asociación Civil Mesa Azucarera y de Desarrollo Regional Santafesina -la ex “Mesa Azucarera”- colabora con este proyecto brindando información sobre la materia prima y el contacto con productores.




