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Todos los campos el campo (o una crónica de la heterogeneidad)

Por Pablo Sorondo *

Veinte años atrás, una puestera mendocina decidió adquirir un arado. Fue en el paraje Trintrica, al sur de San Rafael. “Lo pagué caro”, dice Elvira Villegas de Ortiz, 72 años a cuestas, como extrañando los 250 pesos entregados a cambio de un fierro que, aún hoy, está como nuevo. “Todavía no lo usé pero ya lo voy a estrenar”, confía y ojea el suelo pedregoso y reseco de la cordillera. Para Elvira, ese arado es el símbolo del único campo que conoce: representa las promesas siempre prorrogadas de su tierra, mientras recoge el balde del aljibe para darle de beber a sus cabritos.

El tucumano Ariel Banceda salta de la cama a las cuatro de la mañana. Apura mates. El campo, para él, es embarrar botas y suspirar por esos quince litros de leche que cada vaca le dará dos veces al día. El campo es la nostalgia del oficio que aprendió de su padre y la pena de continuarlo en soledad, sin ninguno de sus once hermanos. Es la esperanza de que alguno de sus tres hijos se quede allí, en Trancas, a apostar a los lácteos en una provincia que antepone la zafra al ordeñe. El campo es un mugido. Es un quesillo. Es, casi siempre, perder dinero con el tambo y, pese a todo, elegirlo. Para Banceda, el campo está en el hacer y él, afortunado, hace lo que más le gusta.

En el Valle de Luracatao, cercano al pueblo salteño de Seclantás, Luis Alberto Rueda visualiza el campo como una larga hilera de tejidos, un camino de colores que la lana recorre hasta llegar a ser poncho, ruana, manta, frazada. Dirá este hilandero que el campo es una postal árida, con aires de una vidala escrita por Ariel Petrocelli, en la que hombres y mujeres de tez cobriza mastican coca con su cara de roca.

A casi 560 kilómetros de allí, en Valle Colorado jujeño, Santusa Calapeña ve en el campo el oficio de teñir lanas y tejer rebozos de colores intensos, decorados con flores y frases devocionales. Es, también, el aroma de la cebolla frita en grasa, preanuncio del guiso de papa verde con charqui, manjar andino. Allí, rodeados por cerros y siempre azotados por el viento, los locales se identifican con un cultivo rojizo: la quinua, el alimento sagrado de los incas, con sus ocho aminoácidos esenciales y su publicitaria seducción para los exigentes mercados europeos. A golpe de huasca, la hoz ancestral, Frolián Mamaní cosecha las espigas del cereal en el valle quebradeño El Angosto de Ocumazo. Eso es, para él, el campo.

En cambio, para Lino Paz, es una planicie de 700 hectáreas en un paraje santiagueño, las Sierras de Guayasán, por donde pastan sus casi doscientas ovejas y cabritos. Es el ladrido del perro cabrero, la polvareda que levantan las majadas cuando salen de su cerco de palos, las huellas de los diaguitas que anduvieron por donde él anda ahora. El campo es también la memoria del humo, de la leña y las parvas con que su padre y su abuelo supieron hacer carbón. El campo es la sequía, las lluvias escasas y los tres kilómetros de marcha hasta los pozos donde extrae agua junto a su familia. En tambores de doscientos litros, la acarrean a lomo de mula.

Casi bucólicas, estas historias contrastan con la idea arraigada de la agroindustria y sus principales símbolos. Porque, en definitiva, la imagen dominante del campo suele recurrir a otros elementos: imponentes máquinas que avanzan entre cultivos extensivos, grandes silos y galpones, un despliegue de silobolsas. ¿Son realidades opuestas o, por el contrario, una misma identidad fragmentada en incontables transformaciones?

Quien ahora pregunta es Edgardo Luis Carniglia, autor de Las ruralidades de la prensa (Universidad Nacional de Río Cuarto, 2011): “¿Qué representaciones de lo agropecuario, agrario y rural construye la prensa agraria para sus lectores?” Responde: “La clave de la respuesta reside en un proceso agrario en curso en la agricultura contemporánea: el predominio del agronegocio”.

Carniglia analizó el suplemento agropecuario del diario nacional con mayor circulación, entre 1997 y 2006. Su estudio precisa: “Más de dos tercios de los artículos corresponden sólo a dos asuntos generales: Producción, con un 40,73% de los informes y Tecnología, con 28,02 % de las notas destacadas”. Además, sostiene que “la imagen de territorios y ambientes se circunscribe a un recurso productivo del agro pampeano” y agrega que esa construcción se caracteriza por “la carencia, sin duda alguna absoluta, de noticias sobre los modos de vida distribuidos en los diferentes territorios y ambientes rurales argentinos”.

Representaciones de este tipo configuran un imaginario alrededor de la identidad del campo, intensificado por la reiteración. “Y la comunicación resulta relevante”, dice Carniglia, “pues no sólo es el medio a través del cual sino también, y sobre todo, el espacio en el cual la sociedad se imagina, se piensa y se hace a sí misma”.

Consolidados y desvanecidos

En la Argentina, una nación con indudable raigambre agropecuaria, apenas el 8% de la población es rural, informa Somos la tierra (Ediciones INTA, 2015). También precisa que más del 65% de los productores son agricultores familiares: unas 250 mil personas, responsables del 20% de la producción agropecuaria con sólo el 13% de las explotaciones.

Según los censos agropecuarios nacionales, entre 1969 y 2002 dejaron de subsistir 263.573 explotaciones, calcula Walter Mioni, especialista del IPAF NOA, en su libro Tierra sin mal (Ediciones INTA, 2013). En esa línea, el segmento más afectado corresponde al de los pequeños productores: un 77 % de los establecimientos desvanecidos en ese período tenían menos de cien hectáreas.

En su tesis doctoral, Consolidacio y desvanecimiento del mundo chacarero (2004), Javier Balsa afirma: “Pareciera que en la sociedad argentina, a la profesión de agricultor que vive y trabaja en su campo no se le reconoció un status social relevante o, al menos, equivalente al de la clase media urbana”.

Para Balsa, esa desvalorización “fue favorecida por la inexistencia de una tradición cultural” que celebrara al chacarero, a diferencia de lo ocurrido en el Corn Belt estadounidense. “Aquí en cambio, el campo quedó reducido al gaucho, el indio y el estanciero”, explica.

¿Persisten aún esas categorías en la definición de la identidad del campo argentino?

Desde los 60, Pierre Bourdieu analizó la sociedad campesina de Bearne, en el sudoeste de Francia, donde él nació y vivió. El resultado fue El baile de los solteros (2002), donde reflexiona sobre la categoría social del campesino, subyugado simbólica y materialmente al punto que resulta incapaz de definir su identidad. “Las clases dominadas no hablan, son habladas”, indica el sociólogo, para destacar el privilegio de quienes ejercen ese dominio: “El de controlar su propia objetivación y la producción de su propia imagen”.

Cuando se indaga en la identidad rural, una y otra vez emerge un único denominador común: la heterogeneidad. “Inmenso es el campo, tan grande que esconde las certezas”, reflexiona Mioni, quien agrega: “La propiedad, el dominio, la posesión, la renta, el mercado, las commodities, la bolsa y el desarrollo, son mundos dentro del mundo. Son muchos campos dentro de un campo”.

Este artículo fue publicado en la sección Agronegocios del diaro Ambito Financiero del viernes 8 de setiembre de 2017.

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