La historia de Vivian Dalla Villa nuclea su profesión actual de abogada con sostener a la par la vida productiva de la chacra familiar ubicada en Centenario. Se trata de no romper con la historia que marcó a sus abuelos y padres y enfrentar los desafíos con raíces profundas que existen en la fruticultura (sus abuelos llegaron durante la construcción del dique Ingeniero Ballester). En esta nota con Bichos de Campo, Vivian relata la difícil transición de la producción tradicional de fruta de pepita (manzana y pera) hacia cultivos actualmente más rentables como la alfalfa y los nogales.
“Mis nonos llegaron cuando se estaba haciendo el dique”, cuenta Vivian sobre la obra que se construyó para regular el caudal del río Neuquén y desarrollar el sistema integral de riego del Alto Valle del Río Negro y del Valle Inferior del río Neuquén, para facilitar la expansión de la producción agrícola en la región.

Rodolfo E. Ballester fue un ingeniero argentino especializado en diques y obras de riego. El dique lleva su nombre en homenaje a la contribución que el profesional hizo en la finalización de la obra. Esta construcción trajo a muchas familias a poblar la zona. Se trata de una de las obras de irrigación más importantes de toda América.
“Mi nona fue la primera mujer que bautizaron en el dique”, repasa Vivian, mientras desanda los pasos de su familia: “Empezaron con una chacra en Vista Alegre. A mi nona le encantaba la chacra, todos decían siempre ‘qué bien que está que tiene la chacra tu abuelo’. Pero mi nona era el alma de ahí”.
“Mi nono trabajaba mucho afuera y empezaron con una chacra que es donde vivieron. Hicieron primero una casita, una choza de madera y nylon, después hicieron una casa más grande y ahí terminaron viviendo y criando a sus hijos. Aunque mis tíos tuvieron el secundario en Buenos Aires porque no había secundario en ese momento y se fueron a un internado, pero ellos siguieron produciendo fruta de pepita, manzana y pera”, detalla.

Luego siguió su papá con la producción, pero esa etapa de la historia productiva de la familia entró en un momento crítico tras 40 años de trabajo. “La relación con los galpones de empaque se volvió insostenible. Siempre era el pago retrasado hasta que, cuando a mi papá lo operaron, el galpón directamente dejó de pagar”.
A pesar de la falta de cobro, la familia mantuvo su ética de trabajo, priorizando siempre el salario de sus empleados históricos, con quienes mantienen lazos afectivos. Aunque este año ganaron un juicio contra aquel galpón, el desgaste fue tal que el padre decidió alquilar la chacra por cinco años.
Sin embargo, la experiencia fue desastrosa: al primer año debieron rescindir el contrato porque los inquilinos no solo dejaron de pagar el alquiler, sino que abandonaron el riego y los cuidados mínimos de la plantación que estaban estipulados por contrato.

Vivian no dejó de acompañar a su papá en todos los procesos ligados a la chacra, y es por eso que quedó fuertemente vinculada al amor por la producción, aunque la falta de rentabilidad, los pagos atrasados de los galpones y la alta exigencia de capital llevaron a la decisión –como la de otros productores-de desmontar los frutales, un proceso que describe como emocionalmente doloroso.
La productora se mantiene crítica a lo que considera “la falta de políticas de fomento reales”, pero al mismo tiempo se muestra “a favor de la libertad de los productores para lotear sus tierras si la producción deja de ser viable”, argumentando que “prohibir los loteos no soluciona el problema de fondo si no hay condiciones para producir”.
En este contexto, observa que “hubo muchas cosas que no se regularon y los productores quedaron en la lona. Cuando digo que no se regularon, no hablo de los loteos, porque yo estoy a favor de los loteos, sobre todo porque conozco a muchos productores que han estado muy mal y quizás vendieron una chacra para producir en otra, no quedó alternativa”.
“Yo creo que no es necesario blindar las chacras y prohibir a la gente vender, porque si la producción me da, si se generan las condiciones para que la producción de plata y encima pueda dar trabajo, a ninguna persona se le ocurriría vender sus hectáreas”, afirma.
Rememora que “las chacras funcionaban durante años como una contención, porque cuando había chacra había gente que se venía pensando en trabajar en el petróleo y muchos perfiles nunca iban a dar con los del petróleo, pero para la chacra sí; por es terminaba funcionando como contención, y como salida laboral alternativa”.
“Es un laburo sacrificado que no es para cualquiera. Por eso yo creo que se van a lotear igual las chacras, aunque algunos protesten. El que no tiene plata para producir, no tiene plata ni para alfalfa, ni para fruta de pepita, ni para nada”, remarca.
“Al que no le gusta, no le gusta. Yo escuchaba a mi hermano decir ‘a mí me dejan una chacra y yo por 10.000 pesos la vendo porque yo no quiero saber nada’. No podés obligar a una persona a tener una profesión que no quiere tener”, agrega.

Pero a Vivian si le gusta este trabajo, y junto a su pareja-también de familia productora- está apostando por la alfalfa y ha plantado tres hectáreas de nogales con riego, buscando una escala manejable para el consumo interno.
Previo a eso, asegura que le costó “un montón tomar la decisión de sacar los frutales, sobre todo porque yo me aferro mucho, me crie ahí y me costó pasarme a otra cosa”.
“Nosotros teníamos todo orgánico, las certificaciones, todo. La verdad no llegaba con mi sueldo porque mi idea era poner todo mi sueldo en la chacra. Y bueno, empezamos a desmontar para poner alfalfa, así que vamos de a poco. Recién estoy por terminar de desmontar el tercer cuadro, empecé hace rato, y la idea es poner toda la chacra con alfalfa”.

Además, agrega: “Quise toda la vida tener nogales, pero a mi papá no le ibas a tocar una planta. El en un momento achicó el patio para poner más espalderas de manzana. Era un fanático, lo que más le gustaba con todos los sinsabores que tiene la actividad era producir, le daba mucha satisfacción. Yo desde muy chiquita recorría la chacra con él”.
Los nogales se hicieron realidad en la chacra de su pareja, donde vive ahora, y después de llevarlo a conocer el predio de otro productor de Vista Alegre que resultó una gran inspiración.
Con esas 3 hectáreas de nogales, riego por aspersión, y la compra de máquinas usadas, el proyecto avanza a paso firme junto a la familia que formaron.

“Fernando, mi pareja, tiene alquilada otra chacra y tiene también está en la que vivimos y producimos nosotros. Él, hizo un desmonte distinto porque lo negoció con unas personas que ponen huerta. Entonces, ellos por 5 años desmontaban pero usaban esas hectáreas. La idea es poner todo el resto de alfalfa también”, señala de su pareja, que divide sus días entre cielo y tierra (como piloto de avión y como productor).
Vivian también reconoce la invisibilidad y el trato machista hacia las mujeres rurales. La productora narra una anécdota sobre un ingeniero que fue a buscar a su pareja y como no estaba se negó a explicarle a ella una técnica de poda, asumiendo que “no entendería” y evitando “tener que hacerlo dos veces”.
“Parece que si la mujer va a comprar algo de producción no entiende. Me pasaba también que cuando iba y mi papá no estaba, me querían pasar por encima, incluso gente de mi edad también. Entonces no es una cuestión generacional solamente”, asegura.

“Mi nona trabajaba la chacra, se encargaba de los empleados y de los hijos que tenía, pero siempre la gente le reconocía lo linda que estaba la chacra a mi abuelo, y a él no le gustaba tanto como a ella”.
“Una vez en Centenario se hizo una reunión para la difusión de líneas de financiamiento que la Provincia ponía a disposición de los productores y si eras mujer sumabas unos puntos más. Eso indignó mucho a varios productores”, recuerda esta joven productora, que pese a la realidad que vive el sector y a la desigualdad de género aun latente, no se separa del campo.




