El ocaso de la producción bananera de Formosa no es ninguna novedad, como tampoco lo es la desaparición de comunidades y colonias enteras, y el desarraigo que desde hace al menos 2 décadas arrastra la región. Lo que sí se pone seriamente sobre la mesa ahora es la supervivencia misma de los productores, que ya no luchan sólo contra el clima extremo, los bajos niveles de floración y los precios irrisorios, sino además con la indiferencia política.
Eso condensa el reclamo que decidieron reactivar en estos días, un llamado de atención que tiene una consigna muy clara. “La crisis productiva es terminal” y “los bananales se funden”, rezan los primeros pasacalles que aparecieron en la zona, que además señalan la falta de respuesta de las autoridades ante el pedido de ayuda.
Los responsables detrás de esa movida son los productores nucleados en la filial de Laguna Naineck de la Federación Agraria, que, tras reunirse en la tarde de ayer, definieron un plan de lucha para no dejar balas en la recámara.

La zona de Laguna Naineck, en el norte de Formosa, supo ser el epicentro productivo que, hace 50 años, abastecía de bananas a todo el país. Hoy, a duras penas, quedan 200 de las 12.000 hectáreas que tenía el cultivo en los años setenta y ochenta, en manos de productores sumidos en la pobreza, que cobran no más de 100 pesos por kilo y ven cómo, mientras tanto, se deshacen las comunidades.
“Hace décadas ya que este problema productivo se ha convertido en un problema social grave”, explicó el presidente de la filial local de la Federación Agraria, Pánfilo Ayala, a Bichos de Campo.
Por eso, la lectura no se agota en la cantidad que se produce, o en el estrés que generan las altas temperaturas y la falta de agua, sino que es mucho más profunda. Obliga a ver cómo, en cuestión de años, colonias enteras han desaparecido, cientos de chacras se convirtieron a la ganadería y los jóvenes empezaron a probar suerte en las fuerzas policiales en vez de en su cultivo insignia. No exagera Ayala cuando diagnostica una “crisis terminal” en el sector.

“Los departamentos de Pilcomayo y Pilagás se desarrollaron gracias a la agricultura. Y siempre en manos de pequeños productores que, en conjunto, producían grandes volúmenes”, señaló el dirigente, que asegura que en la época de oro de aquella región solían salir no menos de 10 camiones diarios de 1200 cajas de banana que se enviaban a todo el país.
“5000 familias que vivían de este cultivo hoy ya no están. Entre ellos podemos nombrar a los embaladores, a los que trabajaban en las cinco fábricas de cajones de madera, y un montón de trabajadores temporarios. Estos eran pueblos en los que empezaba a escucharse el ruido de camiones y tractores a las 5 de la mañana y terminaba a las 10 de la noche”, recordó, con nostalgia.
Pasó mucha agua bajo el puente, y la oleada importadora que comenzó en los noventa, inundó el mercado con banana ecuatoriana, colombiana y brasilera, distinta en calidad y en precio. La producción del norte no pudo resistirlo.
Con un 90% del área de cultivo desaparecida, en esas decenas de colonias que se habían creado al calor bananero ya queda mayormente población adulta y productores que se resisten a dejar atrás la actividad. Al menos, a hacerlo sin antes luchar.
“La decisión es que vamos a estar de pie hasta donde podamos”, explicó Pánfilo, y desde la filial que dirige preparan una serie de movilizaciones e intervenciones para pedir, de una vez por todas, atención estatal.
La cuestión es que ya la han tenido en otras ocasiones, cuando lograron ser recibidos por el secretario de Agricultura Sergio Iraeta y por otros funcionarios nacionales, pero fueron “todo oídos” y nada más.
De lo que habla el sector es de un plan de reactivación del polo bananero formoseño que tiene varias aristas: desde el acceso a fondos no reembolsables -o subsidios- para activar chacras abandonadas, hasta el financiamiento de infraestructura, caminos y agua, el establecimiento de precios mínimos de referencia, créditos de fomento y agregado de valor en origen. Pero del otro lado sólo fueron “todo oídos”.
“Estamos sujetos a la decisión de un funcionario en cuya agenda ni nosotros, ni ninguna otra economía regional, figuramos. Hay diálogo, pero es muy difícil sostener todo esto y esperar a los tiempos de la política, y por eso tomamos la determinación de movilizarnos”, señaló el dirigente.

Para un país que consume unas 500.000 toneladas de bananas al año, la producción de Formosa, Jujuy y Salta en su totalidad no alcanza a cubrir más que el tercio. Pero eso no significa, argumentan desde el sector, que por ello tengan que desaparecer. Todo lo contrario: podría haber un esquema más “ordenado” de importación para que se potencien los polos locales y también abastezcan sin problema al mercado interno.
La contracara, lo saben bien en el noreste formoseño, es también social. Es arraigo, ruralidad y vida comunitaria que hoy están en vías de desaparecer por completo.
“Los problemas de los conurbanos se podría estar solucionando en los lugares acá en los pueblos del interior. Queremos que el cultivo siga siendo nuestra herramienta de desarrollo y para eso necesitamos políticas de reactivación”, señaló Ayala.




