En Luis Beltrán, pleno Valle Medio del Río Negro, el técnico agrónomo Rady Rapari se propuso recuperar el cultivo de las aromáticas, en especial de la lavanda, que su abuela Gentilina Fulvi supo plantar al llegar de Italia.
Rady heredó la chacra familiar y allí lleva a cabo este emprendimiento desde hace un año. Allí su abuelo, Nazareno Rapari, había desarrollado un viñedo sobre 20 hectáreas, luego de arribar a la zona, en 1922. Aquel hombre llegó a construir su propia bodega en la misma chacra, en 1955, cuando pudieron ser actores y testigos de una época de oro en aquella zona, ya que se llegaron a crear más de 14 bodegas. Pero en la década del ’70, aquel gran sueño hecho realidad llegó a su fin, a pesar de que todos algunos productores quedan e intentan resistir conformando una cooperativa.
Cuando era muy joven, Rady se fue de su pago a estudiar. Pero con el tiempo regresó a su chacra familiar y comenzó a trabajarla. La llamó Gentilina y también registró con el mismo nombre de su abuela, la marca para comercializar sus productos basados en lavanda, que por ahora son el hidrolato y el aceite esencial de lavanda.
Se asoció con su prima Noemí Rapari. Rady se ocupa de la producción, y también cultiva orégano, salvia y romero, además de dos frutos secos, almendras y nueces. Luego, es él quien elabora el hidrolato y el aceite esencial de lavanda bajo el método por arrastre de vapor. Su prima lo ayuda a envasar los productos y a venderlos en ferias o locales de la región.

Cuenta el agrónomo que en esa chacra, el paso del tiempo destila un relato permanente de historias de producción durante generaciones, ya que hace 100 años, sus ancestros se bajaron de un tren en la estación Darwin y hoy, sus sucesores siguen ligados a la producción agraria, con mucha paciencia, donde la naturaleza y la memoria se entrelazan. En la chacra hay nogales “Junglas Regia” que supone poseen más de 90 años, y otros que fueron plantados por el mismo Rady ayudando a su padre, Atilio, hace 25 años, de variedad “Chandler”.
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Con las esencias Rady comenzó hace apenas un año, plantando las lavandas, recordando a su abuela, que siempre plantaba una aromática en las cabeceras de la viña, por tradición que ella traía de su pago natal, en Italia, donde se celebraba la “Fiesta de las Aromáticas”. Pero además, seguramente Gentilina lo hacía para ahuyentar plagas y con fines medicinales y culinarios, ya que no sólo se come el orégano, sino que la lavanda se puede incorporar en postres o infusiones, “pero con mucho cuidado, porque es muy invasiva”, señala., También indica que el hidrolato es muy bueno para la piel, por ejemplo.
El rionegrino destaca que con ayuda del INTA decidió cultivar la especie “Lavandín Argentino”, una variedad muy aromática, aunque en el mundo debe haber más de 70 especies de lavanda. “Cada una reacciona de un modo determinado, según el ambiente donde se la plante, ya que no es lo mismo el clima del Alto Valle, que el de nuestra zona –ejemplifica-. Acá la cosechamos un mes y medio antes que la zona cercana a la cordillera”, dice.
Él las plantó entre los almendros y nogales y cuenta que conviven muy bien, además de que los protegen de las plagas y de ese modo garantizan una producción orgánica, ya que Rady decidió no utilizar herbicidas de síntesis química. Si bien colocó “munching” y riego por goteo, señala que no le hizo falta usar ese sistema, ya que conservan muy bien la humedad. Afirma: “La verdad, pasan el otoño y el invierno, con mucha facilidad”.

Explica el emprendedor que junto a su prima incorporó la lavanda a un blend de té, elaboran velas aromatizantes y lo recomiendan para aplicar en el cuerpo cuando se hacen masajes, porque es relajante y hasta cicatrizante. A la par, Rady está apostando al agroturismo, ya que tiene capacidad para hospedar a varias personas, que pueden acompañarlos en las cosechas y en la elaboración, que es muy pintoresco y curioso de ver, dice.
Él cree que hay mucho mercado para la lavanda y sueña con que muchos otros se sumen a producirla a lo largo de las márgenes del Río Negro.




