Entre las varias definiciones que dejó la larga exposición del presidente norteamericano Donald Trump en el Foro Económico de Davos, la política comercial no pasó desapercibida. Y es que, aunque hoy la “seguridad nacional”, la conquista de nuevos territorios, la inflación y hasta la política inmigratoria lideran su agenda, la potencia occidental reconoce que una pata clave de la recuperación durante los últimos meses fue su agresiva política arancelaria, inaugurada a principios del año pasado.
En un discurso muy fiel a su estilo, autocelebratorio, exagerado y, por momentos, hasta inchequeable, Trump habló de “milagro económico” y fue muy insistente con la “pesada herencia” dejada por el anterior presidente, Joe Biden. Sin perder de vista la discusión energética y armamentística, ni tampoco los focos de tensión global, el mandatario aprovechó su intervención en Suiza para explicarle a otros líderes que gran parte de su éxito fue por su discutida política comercial.
“Soy una persona justa”, se le escuchó decir a Trump, curiosamente en referencia a los aranceles que utilizó para negociar precios y condiciones con prácticamente todo el mundo. Justa y demasiado buena, dijo sin decir el mandatario, que elevó la apuesta y le espetó a los demás países que deberían agradecer que las barreras no hayan sido aún mayores.

El discurso que dio el presidente norteamericano en el Foro de Davos debe leerse en “clave Trump”. Ante los principales referentes de la política y la economía global, durante la hora y media de su presentación, el mandatario se limitó a celebrar los logros propios -cuando no exagerarlos- y dejó algunas definiciones de lo que podrá venirse para el comercio global.
Probablemente, una de las frases resuma con facilidad el espíritu que define al proteccionismo “yankee”, siempre celebrado puertas adentro pero sin ánuimos de que sea replicado en otras economías. “Cuando a Norteamérica le va bien, le va bien al resto del mundo”, señaló Trump, que celebró las fuertes barreras que hace prácticamente un año le impuso a la mayoría de los productos importados pero le indicó a los demás países que no deben preocuparse. Teoría del derrame pura.

Una de las principales preocupaciones del líder estadounidense era el déficit comercial que tenía el país con gran parte del mundo: compraban mucho, y las barreras eran demasiado laxas. Ese problema estructural, que considera heredado de los “radicales rojos” -o, mejor dicho, el gobierno demócrata de Joe Biden-, hoy muestra avances positivos tras la decisión de cerrar puertas y obligar a negociar.
“Las políticas arancelarias están contribuyendo a la mejoría de nuestros mercados”, afirmó Trump, que señala que parte de ese efecto se percibe en la baja de la inflación interna, que había llegado a tocar niveles históricos al momento de su asunción.
Lo que evitó mencionar el líder norteamericano es que se hizo a costa de tensiones comerciales con prácticamente gran parte de los países del mundo. Con aranceles de hasta 50% en algunos casos, Estados Unidos forzó a la mayoría de las economías a sentarse a negociar con ellos, una maniobra que incluso fue señalada como ilícita por organismos de comercio global.
Con el tiempo, y los acuerdos bilaterales, la mayoría de los países quedarían bajo la órbita del arancel general del 10% impuesto a todas las importaciones de la potencia occidental. Es el caso de Argentina, por ejemplo, negoció también acuerdos propios, como el incremento de la cuota para el envío de carne. Sin embargo, Estados Unidos sigue sin dar detalle alguno de ese anuncio que el gobierno de Javier Milei se apuró a dar.
Lo cierto es que tanto Argentina como sus países vecinos pasaron desapercibidos en la intervención de Trump, que directamente no hizo referencia alguna a Latinoamérica más que por la cuestión del petróleo, un tema que volvió a estar en agenda tras la intervención norteamericana que culminó con la captura de Nicolás Maduro.
“Venezuela va a ganar más dinero en los próximos 6 meses que en los últimos 20 años”, auguró el mandatario, que señaló que las petroleras van a desembarcar ahí. Es casi una expresión de deseo, pues luego de la operación norteamericana muchas firmas empezaron a poner reparos por las cifras inconmensurables de inversión que requeriría reflotar la industria venezolana.

En lo que sí reparó el líder norteamericano fue en la situación de los países europeos, a quienes llamó a ser “fuertes y serios” para ser “consolidar el occidente unido”. Una de las aristas de esa búsqueda de acuerdos, más allá de la armamentística, es la energética, pues otro de los índices que preocupa a las petroleras norteamericanas es la caída en la producción del otro lado del Atlántico.
“Con la energía se supone que tenemos que hacer dinero, no perderlo”, expresó Trump, que, fiel a su estilo, desdeñó las alternativas “verdes” y aseguró que el desarrollo no viene de la mano de las energías renovables, sino de los combustibles fósiles. “China venden turbinas eólicas, pero ellos no las utilizan. Ellos usan carbón, gas y petróleo”, ejemplificó.
Puertas adentro, asegura Trump, su tarea está siendo cumplida: producen 730.000 barriles al día de petróleo, bajaron el precio del combustible y le dieron impulso al gas natural.
De lo que se cercioró el presidente “yankee” fue de recordar que la política arancelaria seguirá vigente porque les da resultados. “Hay muchos que se están forrando de dinero a costa de Estados Unidos, todo el mundo se ha aprovechado de nosotros”, apuntó y, sobre el final de su presentación, le recordó a los demás países que -por si no había quedado en claro-, su política seguirá más enfocada en lo que sucede puertas adentro que en seguir sosteniendo a otras economías.
“Estoy demostrando que no tenían razón los que decían que a Estados Unidos le iba a ir mal”, concluyó, en un cierre donde no faltó el tono autocelebratorio.





