Luego de invertir años en el rubro de los servicios, y ante el cimbronazo que significó la llegada de la pandemia, el licenciado en Economía Agraria, Mariano Pereyra Iraola, se encontró –como muchos- en la necesidad de dejar atrás la ciudad y vivir en el campo.
La pequeña localidad de Henderson, al oeste de la provincia de Buenos Aires, fue el lugar escogido por él y su familia. Pero aquella paz conquistada no aplacó las ganas de Iraola de tener un proyecto propio, y comenzó a soñar con cultivar la tierra.
“En la zona hay trigo, maíz, soja, tambos, y hay zonas de viejos médanos que no se cultivan, porque en algún momento se volaban todos. Ahí me pregunté, ¿qué se puede hacer en ellos?”, contó el licenciado en conversación con Bichos de Campo.
Aquel interrogante no pudo haber llegado en mejor momento, ya que fue en estos últimos años que la producción de cultivos intensivos como los olivos y los almendros comenzó a aflorar en la región sur-oeste de la provincia.
“Empecé a estudiar, estudiar y estudiar. Pensé que teníamos que hacer algún producto innovador y adaptado al país, que se pueda cosechar más o menos en una época, que no dependa de si se corta la luz o si no hay flete, que vos lo puedas manejar. Ahí llegue a los frutos secos”, recordó el devenido productor.
Dentro de la paleta de posibilidades, el almendro ya contaba con varias experiencias comprobables en el país. “Hay en España y Estados Unidos, y hay en Mendoza y Río Negro. Dije, ¿por qué no?”, señaló.
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Tras contarle a la familia la idea, Iraola comenzó cultivar unas cinco hectáreas de médano en un campo de su suegro que, hasta el momento, se encontraban improductivas
“Se trata de un esquema semi-intensivo. Se podría hacer uno híper intensivo pero estamos en Argentina. Empecemos por algo manejable y no por un fórmula 1. Puede ser con riego o en semi-secano. Los niveles de lluvia alcanzan. Por supuesto si hubiese un riego compensatorio sería espectacular, pero en principio marchan”, destacó el licenciado, que ya llegó a su tercer verde y espera cosechar las primeras almendras entre febrero y marzo de 2026.
Sobre el destino que tendrán las mismas, Iraola sostiene que su deseo es, por ahora, consumirlas junto a su familia. Aún así, no descarta avanzar luego con su comercialización, teniendo en cuenta, sobre todo, que el país importa la mayor parte de las almendras que se consumen en el mercado interno.
“Hasta que no cosechemos no sabemos cómo va a producir. Es una planta que va a durar. Yo creo que mis nietos van a poder comer almendras, porque la planta bien cuidada, dura. Es una vaca lechera digamos. La idea, el sueño nuestro, es que participe la familia, que otros se vayan involucrando”, sostuvo.





