Tras haberse celebrado en el sur de la provincia de Neuquén a principios de este mes la Gira Ganadera Patagonia Norte, una iniciativa de Hereford Argentina orientada a promover el intercambio técnico entre productores y la difusión de sistemas productivos adaptados a distintas regiones del país, Bichos de Campo buscó a una de las familias protagonistas en la introducción de la raza en la zona.
La Cabaña Toki-Eder es la más antigua de la provincia de Neuquén. Fundada en 1924, y ubicada en Junín de los Andes, cuenta con un plantel de aproximadamente 110 vacas Puro Registrado en un campo de 1.000 hectáreas. El establecimiento produce 40 toros de dos años que salen a la venta anualmente, bajo un sistema completamente a campo, con toros rústicos, moderados y adaptados a la región.

Los propietarios también cuentan con un “criadero de Ciervo Colorado San Juan”, ampliando la mirada productiva.
Allí, en el corazón de la Patagonia, donde el clima impone condiciones duras y la producción exige convicción, la historia de la familia Trannack se entrelaza con los orígenes mismos del desarrollo ganadero en la región.
“Soy hija de Ricardo Trannack, el único hijo varón de don Arturo Trannack, uno de los fundadores de Zapala”, cuenta Inés, mientras repasa una historia familiar que se remonta a fines del siglo XIX. Su papá falleció muy joven y su mamá, de familia francesa, le aportó otra parte de esta interesante historia ligada al campo.

Los Tranack, que son de origen inglés, protagonizaron una verdadera epopeya: tardaron ocho años en llegar en carro desde Rosario hasta Zapala, luego de que el bisabuelo de Inés adquiriera tierras -según la tradición familiar- en un remate impulsado durante la presidencia de Julio Argentino Roca. “Vinieron en dos carretones con toda la familia. Después, con la llegada del ferrocarril inglés, mudaron el casco de la estancia a El Manzano”, relata.
Pero la raíz ganadera, y particularmente la cabaña Hereford, viene por el lado materno. El campo donde hoy continúa la producción perteneció a su bisabuelo materno, Juan Fernández Mendaña, quien llegó a fines del 1800 y fue pionero en introducir la raza Hereford en la Patagonia.
“Este campo tenía 11.000 hectáreas. Él fue el primero en traer Hereford a la región”, señala Inés.

La historia sigue con su abuela, Jacoba Mendaña, y su abuelo, un inmigrante francés -Don Antonio Labadie- que había combatido en la Primera Guerra Mundial. Como parte de ese legado, el bisabuelo les entregó tierras, un boliche y hasta una estafeta postal junto al río Chimehuín.
El verdadero punto de partida de la cabaña llegó en 1924: “Cuando nace mi madre, su abuelo le regala 20 vaquillonas y un toro Hereford puro de pedigree. Ahí empieza todo. Al año siguiente, nace su hermana e hizo lo mismo con otras 20 vacas y un toro. Ahí maneja la cabaña mi abuelo francés con mi abuela Mendaña”, especifica.
La raza respondió de manera sobresaliente al entorno patagónico. “Es una raza británica, muy resistente y mansa. Se adaptó perfecto”, explica Inés.

“La genética provenía de la cabaña de Pereyra de Buenos Aires, que importaba reproductores directamente desde Inglaterra”, continúa. Esto permitió consolidar un rodeo de calidad en una zona desafiante.
Durante décadas, el sistema combinó veranadas -llevando hacienda a zonas como Trompul- con producción en los valles. Hasta que alquilaron un pedazo de campo en Collun co. Sin embargo, la historia también tuvo momentos difíciles: parte de las tierras fueron cedidas (o prácticamente expropiadas) al Ejército, y la conducción familiar atravesó pérdidas tempranas.
“Mi padre se hizo cargo, pero falleció a los pocos años. Mi madre quedó viuda y siguió adelante con la cabaña, con ayuda de gente de confianza como Don Andrés De Larminat. Siempre fue un trabajo muy familiar”, recuerda.

Hoy, la gestión sigue en manos de la siguiente generación: “Somos tres hermanas, pero el campo lo maneja un hijo nuestro, Arturo Matarazzo, desde hace unos nueve años”, señala.
“Yo viví siempre en la cabaña, incluso en una época acompañé a mi mamá acá. Me interesa la genética, me encanta”, afirma.
Inés también aporta su mirada sobre la evolución del negocio ganadero: “Hoy se busca un animal más chico, que termine antes. El consumo cambió, y el novillo es más liviano”.
Además, señala el avance de los sistemas intensivos: “Ahora se termina mucho en feedlot, algo que antes no existía”.

En ese contexto, el Hereford mantiene ventajas en la región: su mansedumbre, rusticidad y sanidad. “En esta zona se elige mucho por eso. Mi abuelo Trannack tenía Aberdeen Angus en otro campo, pero eran más ariscos”, compara.
“Estamos en una zona libre de aftosa, eso es maravilloso, ojalá algún día podamos exportar”, se esperanza.
Si bien la cabaña pertenece a uno de los campos más chicos de la zona, Inés remarca que tiene mucha calidad y que ha sido muy reconocida.
La familia no solo apostó a los bovinos. También desarrollaron una cabaña de ciervos colorados con genética de Nueva Zelanda e Inglaterra, orientada principalmente a la caza. En la zona hay tres cabañas de este tipo.

“Antes se vendía el velvet a mercados asiáticos, lo procesaban y los utilizaban para remedios por sus propiedades pero eso se frenó”, comenta.
A pesar de las dificultades -como más de una década de sequía-, Inés no pierde el entusiasmo: “Producir es una satisfacción personal, aunque no siempre sea el mejor negocio”. “Es una vida muy linda, muy sana, con mil problemas como en toda producción con años muy duros pero siempre con la idea de avanzar, invertir, trabajar, y seguir tomando mano de obra”.

Desea que su familia continúe el legado. “Tenemos raíces, son muchas generaciones trabajando acá”, asegura.
Resume el espíritu que atraviesa a esas generaciones: “Es un orgullo haber sido pioneros. Nos criaron con la idea de trabajar, de mantener las raíces y de cuidar lo que recibimos para poder pasarlo a los que vienen”.




