Un decreto firmado durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, hace casi seis décadas, tiene unos 3.000 artículos y regula cuestiones centrales de la producción de alimentos de origen animal en la Argentina. Federico Sturzenegger contó recientemente que el Gobierno recurrió a tres agentes de inteligencia artificial para analizar semejante cuerpo normativo y avanzar con su simplificación. La pregunta es hasta dónde puede llegar una máquina cuando lo que está en juego no es solamente la burocracia, sino también la sanidad de los alimentos y las condiciones en que trabaja una industria.
El ministro de Desregulación y Transformación del Estado relató el episodio durante su participación en el Especial Economía de Ahora Play. La cuenta oficial de X de su cartera difundió la experiencia con una descripción que resume el procedimiento elegido por el Gobierno. “Un decreto de Onganía, 3.000 artículos y tres agentes de inteligencia artificial”, publicó.
La experiencia tiene un componente que el propio Sturzenegger reivindica como una de las ventajas de esta tecnología. Una tarea que para un equipo humano podría demandar semanas o meses de lectura, clasificación y análisis puede acelerarse considerablemente con herramientas capaces de procesar grandes cantidades de información, identificar disposiciones y proponer cambios.
Un decreto de Oganía, 3.000 artículos y tres agentes de inteligencia artificial.
Durante su participación en el Especial Economía de Ahora Play, el Ministro @fedesturze explicó cómo el Gobierno utiliza la IA para analizar y simplificar regulaciones, en este caso, trabajando sobre la modificación de la Resolución 42/68.
— Ministerio de Desregulación (@MinDesreg_Ar) October 28, 2026
El problema está cuando esa velocidad se traslada a decisiones que pueden modificar las reglas sanitarias de una de las principales actividades económicas del país. Porque el Decreto 4238/1968 no es un reglamento menor perdido entre los miles de papeles de la administración pública. Es el marco que establece las condiciones higiénico-sanitarias para la elaboración y la industrialización de carnes y otros productos de origen animal, además de fijar requisitos para los establecimientos donde se procesan.
La pregunta, entonces, no es si la inteligencia artificial puede ayudar a revisar ese decreto. Evidentemente, puede hacerlo. La cuestión es si alcanza con que una persona valide el resultado para dar por terminado el trabajo.
El Decreto 4238 fue firmado el 19 de julio de 1968 por el entonces presidente de facto Juan Carlos Onganía y publicado en el Boletín Oficial el 26 de agosto de ese año. Su aprobación respondió a la necesidad de reunir y actualizar las disposiciones sanitarias que regulaban las carnes y los demás productos de origen animal, con una preocupación explícita por las exigencias de los mercados compradores y por la protección de los consumidores argentinos.
Desde entonces, el reglamento fue recibiendo modificaciones, incorporaciones y derogaciones. Hay capítulos dedicados a los mataderos de aves, los huevos, los productos de la pesca, el transporte, el embalaje y el rotulado. A eso se suman las penalidades, las buenas prácticas de fabricación, los procedimientos operativos estandarizados y el bienestar animal.
La propia norma original establecía que el reglamento debía mantenerse actualizado de acuerdo con las necesidades tecnológicas, científicas e industriales. La necesidad de revisarlo, por lo tanto, no es un descubrimiento de la inteligencia artificial ni una novedad de la gestión de Javier Milei.
La utilización de tres agentes de inteligencia artificial para analizar el decreto abre una discusión que va más allá de la modernización administrativa. Sturzenegger viene defendiendo un enfoque que busca aprovechar la autonomía de estas herramientas y dejar la intervención humana en un lugar de supervisión y validación.
Evidentemente, el ministro anticipó que el decreto en cuestión sufrirá modificaciones, sugeridas y redactadas por la inteligencia artificial, que luego serán “validadas” por humanos, según su propia explicación.
Sturzenegger puede celebrar que tres agentes de inteligencia artificial aceleren en tiempo récord una tarea que durante décadas quedó pendiente. Lo que todavía debe quedar claro es cuánto de ese trabajo se apoya en la evaluación técnica de los especialistas y cuánto descansa en la confianza depositada en las respuestas de una máquina.





