Como en las antiguas historias de amor, el alemaán Bernard Huber no construyó un castillo para su princesa, pero sí una fábrica de cerveza para poder quedarse con ella sin sacrificar una de las mejores costumbres de su país: tomar cerveza. Porque dicen que cuando el corazón manda, no hay mucho por hacer, y este hombre es una prueba fehaciente de ello.
Bernard nació, se crió, estudió y se recibió en Alemania. Como aventura de joven, decidió venirse de mochilero a Sudamérica cuando tenía 23 años y visitar a un amigo en Asunción, pero nada de esos planes salieron como esperaba. Cuando llegó a Paraguay, su amigo no estaba y por eso decidió seguir recorriendo hacia el sur hasta que llegó a la ciudad catamarqueña de Santa María, en plenos valles Calchaquíes.
Planes de quedarse a vivir no tenía, al menos no hasta que conoció a la madre de sus hijas y al clima norteño, muy diferente a los inviernos fríos y grises de su tierra natal. Pero había algo que no cuadraba: extrañaba. ¿A sus padres y amigos? No demasiado. Extrañaba la cerveza alemana, que en nada se parecía a la que había probado en Argentina.
Si dicen que el amor todo lo puede, ¿cómo no iba a poder con eso? Con una olla, una balanza prestada del almacén de barrio y un poco de leña, se puso manos a la obra y se convirtió en el primer cervecero de esa localidad.

En otra vida, Huber podría haber hablado con Bichos de Campo de producción, rindes y suelos, porque es técnico agrónomo recibido en su país de origen. En esta vida, la que eligió hace más de 30 años, le toca hablar de la clásica bebida alemana, un tema del que también se volvió un conocedor nato.
“Cuando llegué al país probé la marca más conocida de acá y no me gustó. Por eso empecé a hacer mi propia cerveza”, explicó Bernard, que no iba a resignar las exigencias de paladar por amor, y le encontró la salida. Cuando estuvo decidido a quedarse en la capital de los Valles Calchaquíes, le pidió a sus padres que le trajeran literatura específica sobre el tema y emprendió viaje.
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Corría el año 1997 y él sólo tenía una olla de 20 litros, una balanza prestada del almacén de barrio y el conocimiento necesario para hacer su propia cerveza. Con fuego a leña, y probablemente más lúpulo que el recomendado, obtuvo así la primera partida.
“Como no podía pesar bien los ingredientes, salió más amarga, como una doble IPA”, recordó.
Pero, con el tiempo, Huber descubrió que aquello que nació como un afán personal podía convertirse en una empresa, mucho antes del auge de las cervezas artesanales en el país. Fue en 2008 cuando pudo incorporar más maquinaria, ampliar su capacidad y lanzarse finalmente al mercado con su marca propia, “Cervecería Ruta 40”, junto a su esposa, Griselda Frías.
También tuvo la cintura suficiente para apartarse de esa literatura tradicional y, como buen maestro cervecero, experimentar con su producto. Por eso, además de las clásicas variedades rubia, negra y colorada, Huber también lanzó una hecha a base de trigo y otra de quinua, prácticamente impensada para sus raíces alemanas.

Dicen que, culturalmente, los alemanes son más fríos que los argentinos, pero Huber lo único que tiene de frío es su cerveza. Inserto en esa comunidad del centro-este catamarqueño, abrazó sus costumbres y tejió redes con otros productores.
Hoy, de hecho, ya no es el único fabricante de cerveza artesanal de la zona, pero lejos de renegar de sus otros dos competidores, formó con ellos una red de trabajo que se llama Cerveceros del Valle, en la que comparten aspectos logísticos y costos, pero cada uno mantiene su marca propia.
“Juntarse siempre suma y ayuda a crecer”, expresó Huber, que junto a sus colegas organiza anualmente la Fiesta de la Cerveza en su localidad catamarqueña, y hace años que no extraña la bebida original de su tierra natal.




