¿Compramos tendencias de TikTok? ¿Nos “comimos el verso” global? ¿Cuál es el “argentinómetro” de quien se pide un helado de pistacho? Son muchos los interrogantes que abre la fiebre del oro verde, la “pistachomanía” o el “boom” acelerado, como sea que se lo llame al fenómeno que pobló redes sociales y vidrieras y reconvirtió a una cultura gastronómica entera.
Y es que mientras los más grandes dicen que no hay nada nuevo en ese fruto seco que recuerdan de su infancia, hay toda una generación que acaba de descubrirlo al calor de las recetas que ve en su celular, las recomendaciones de los influencers “foodies” y las cientos de opciones que llegan hasta a la cafetería de barrio. Si hoy nos salen pistachos “por las orejas” es porque nadie quiere quedarse afuera.
A riesgo de “spoilear” algunas de las preguntas que abren este artículo, una afirmación que anticipa lo que vendrá: “La “pistachomanía” argentina no es solo una moda importada. Es la manifestación social de una transformación más amplia”.

El argumento pertenece al último informe elaborado por la consultora Human Connections Media sobre la “fiebre” pistachera a la que, más que sólo una tendencia global, la define como un “termómetro cultural” que condensa estética, aspiración y valoración social.
Un aspecto distintivo del pistacho es que se trata de un producto que no es económico y que por ende refleja pertenencia -a un estilo de vida, un estrato social, o lo que fuere-, pero que a la vez está al alcance del consumo masivo. Esa es, quizá, la característica clave para entender cómo ese fenómeno mundial, que llegó de la mano de recetas en TikTok, se traduce en nuestro país con sus características propias.
Y tiene también su efecto productivo muy concreto. Se sabe que, en los últimos 6 años, Argentina ha al menos quintuplicado su producción en los principales polos del país -sobre todo San Juan y Mendoza- y que aún así no alcanza a cubrir la demanda, pues muchas industrias siguen comprando materia prima en el exterior.
Este fruto seco es originario de Medio Oriente y llegó al país en la década del ochenta por iniciativa de dos productores sanjuaninos. Hoy, a más de 45 años de aquel desembarco, vuelve a relanzarse también desde Medio Oriente, con su famoso “chocolate Dubai”.
Así lo asegura la consultora Human Connections Media que, en la historización que hace de la “pistachomanía” no le quita peso simbólico a la viralización de esa golosina en redes sociales, con miles de millones de visualizaciones y réplicas en cada rincón del mundo.
Lo cierto también es que, si sobrevivió a la moda pasajera, es porque el pistacho también se alineó con valores culturales que lo preexistieron y lo potenciaron. Hablamos por ejemplo de la búsqueda de experiencias sensoriales nuevas, el interés por ingredientes percibidos como “más saludables” y la valoración de lo artesanal y estético.
“Antes de ser una estrategia de marca, el pistacho ya era una conversación cultural”, señala el informe.

No hay boom productivo, como el que asiste hoy el centro del país, ni de consumo, como se percibe hasta en la cafetería de barrio más sencilla, sin un trasfondo cultural. Y en eso está el quid de las particularidades que le imprime Argentina a este fenómeno que no conoce de fronteras.
La primera, y más evidente, es que el pistacho es percibido como un “lujo cotidiano” para bolsillos a los que nada les sobra. Eso explica por qué, en un contexto de crisis permanente, su consumo es transversal a varios estratos sociales y no queda recluido en los circuitos “elite”. Por el contrario, destila “pertenencia” y estatus moderado, pero no deja de ser un pequeño exceso emocionalmente justificable y asequible para la economía personal o familiar.
“Para esto trabajo”, reza un dicho cada vez más común en la clase media. El pistacho es parte de esos “gustitos” para los que uno trabaja. 
Otra de las características distintivas que adquiere este fenómeno en Argentina es la reinterpretación local. No es imposición, sino incorporación: el pistacho se fusiona con el ADN local, y eso explica por qué “se lleva bien” con nuestras clásicas medialunas, los alfajores, el dulce de leche o los helados. De hecho, a diferencia de otros países -en los que se popularizó mediante snacks o golosinas- la puerta de entrada aquí fue a través de las heladerías, un símbolo gastronómico indiscutido.
“Esto habla de una cultura de consumo que no abandona su identidad, sino que absorbe lo global y lo traduce a su propio lenguaje”, evalúa la consultora.
Esa cultura de consumo en Argentina tiene un epicentro muy identificable, la ciudad. “El pistacho dialoga especialmente con una generación joven-adulta urbana que son consumidores formados en redes, con capital cultural, atentos a las tendencias globales, pero con fuerte sentido de pertenencia local”, expresa el informe, que señala que, para ese público, consumir pistacho es también pertenecer a la conversación del momento.
¿A dónde termina esta “moda”? Ese es un interrogante que, al menos por ahora, no tiene respuesta aparente. La evaluación que hace HMC es que todo dependerá de cómo dialogue ese fenómeno cultural y orgánico con la masificación que supone su uso por parte de las marcas y los circuitos de consumo masivo.
Es una tensión constante que puede consolidar o desgastar la fiebre pistachera, pero que aún no se ha resuelto. Es un futuro que queda en manos de los departamentos de marketing de las empresas, de los emprendedores y, por supuesto, de los consumidores.





