En buena parte de la Patagonia ovina se repite la misma foto. El campo se queda sin jóvenes. La sequía persistente, los bajos precios de la lana, los depredadores, la sarna y la falta de rentabilidad han ido desanimando a las nuevas generaciones.
Muchos hijos y nietos de productores deciden probar suerte en las ciudades y no regresar. Por eso, en muchos establecimientos los que siguen al frente son productores cada vez más grandes, y algunos campos incluso quedan abandonados cuando ya no hay quien continúe la actividad, lo que fomenta el desarrollo de enfermedades y predadores como pumas y zorros colorados.
En ese contexto, la historia de la familia Saint Antonin aparece como una rareza. O, como suele decirse, “la excepción que confirma la regla”.
Los Saint Antonin están al mando de la Cabaña Rayhuao, en el departamento rionegrino de Pilcaniyeu, a unos 20 kilómetros del pequeño pueblo que lleva el mismo nombre. Allí crían ovejas y también algunos vacunos, aunque el corazón productivo del establecimiento son los lanares. Con los años lograron consolidar una cabaña de ovinos Merino que ha ganado reconocimiento dentro del circuito ganadero.
La historia productiva tiene varias generaciones detrás. Hoy conviven en el campo el abuelo, conocido por todos como “Chango”, su hijo “Cané” —que en esta charla quedó como el eslabón ausente— y el nieto Octavio, que representa la tercera generación.
El detalle que vuelve particular este caso es que Octavio hizo el recorrido inverso al de muchos jóvenes rurales. Terminó el colegio, se fue a estudiar a Buenos Aires y, una vez recibido, decidió volver al campo.
“Yo volví, es algo que de chico siempre me gustó”, cuenta. “Ellos me han llevado al campo por ahí de muy chico. Arrancó algo, por ahí no como decir ‘tenés que trabajar’, sino como algo que a mí me gustaba”.
Las primeras experiencias no eran trabajo formal, sino acompañar. Ir a los corrales, mirar lo que hacían los mayores, aprender casi sin darse cuenta.
“Era algo por gusto, que medio como que uno empieza jugando o acompañando a tu papá a los corrales, viendo las actividades y a la misma vez, involuntariamente, uno va aprendiendo”, explica.
Después vino la etapa de la facultad. Cuando terminó el secundario decidió estudiar algo vinculado al campo, pero con la idea clara de regresar.
“Cuando terminé el colegio decidí que quería hacer algo con el campo y después volver. Y bueno, también el campo es algo, a pesar de que me gusta, algo familiar. Veo también que uno, en cierta parte, va viendo los trabajos de las generaciones anteriores, incluso de mi bisabuelo que ya estaba en el campo. Es algo que uno continúa porque le gusta y creo que es medio un legado que va quedando de los que vienen antes”.

Ese regreso no es solo sentimental. También trae consigo un inevitable choque de miradas entre generaciones. En el campo conviven la experiencia acumulada durante décadas y las ideas nuevas que llegan desde la formación técnica.
“Las tecnologías del campo hoy en día avanzan rapidísimo. La comunicación también avanza rapidísimo”, dice Octavio. “Las generaciones nuevas traen ideas nuevas. A veces pueden surgir estos roces: ‘esto lo hacíamos de esta manera porque siempre funcionó’. Pero yo creo que está buenísimo ese choque”.
Según él, ese intercambio termina siendo productivo para todos.

“Uno llega de la facultad y se podría decir que viene bastante crudo, porque la realidad es que el que estuvo en el campo fue el que vino antes y las cosas vinieron funcionando. Entonces creo que está bueno que haya ese roce para adaptar algunas cosas, como así también seguir haciendo lo que funciona”.
El “Chango” escucha y asiente. Para alguien que pasó toda una vida produciendo en la Patagonia, la evolución es parte del oficio.
Mirá la entrevista completa con Octavio y Enrique “Chango” Saint Antonin:
“Por supuesto, todo evoluciona”, dice. Y enseguida baja la idea a ejemplos concretos del establecimiento. “En el caso nuestro tenemos un arroyo que pasa por el campo, y con eso hemos hecho diques y canales. Todas esas novedades incrementan la producción y hacen que la cosa funcione mejor”.
Pero incluso en una historia familiar como la de los Saint Antonin, la realidad económica de la actividad aparece como un límite difícil de esquivar.
La cabaña Merino, con la que llevan carneros a exposiciones rurales, funciona como un ingreso complementario. Aun así, el negocio ovino atraviesa un momento complicado.
“La plaza está bastante complicada. Está muy decaído todo lo que es precio de carneros”, explica el abuelo. “Por dos razones: por los problemas de la lana y por la sequía en la zona. La sequía es tremenda”.
La familia lleva registros de lluvia desde hace tres décadas y el diagnóstico no deja lugar a dudas. “Llevamos más de 30 años de estadística de lluvia y este es el peor año de los últimos 30”, afirma Enrique Saint Antonin.
Ese contexto ayuda a explicar por qué en tantos campos de la Patagonia el problema del recambio generacional se volvió tan visible. No alcanza con el apego a la tierra cuando la ecuación económica se vuelve cada vez más ajustada.
“También el problema hay que ver la rentabilidad”, reflexiona el Chango. “En una época gente vivía en Buenos Aires, tenía un campo en la Patagonia y vivía bien. Hoy día trabajando todo el día en la Patagonia no es lo mismo”.
Ni siquiera alcanza con dedicación total. “No, no, no. A pesar de que en el caso nuestro tenemos reproductores, que es un ingreso aparte de lo que es un proyecto de lana exclusivamente, hay que buscar algo que incremente los ingresos para que la generación que siga se quede”, agrega el experimentado productor.
Octavio, que ya tomó esa decisión, lo plantea como una apuesta que forma parte de la lógica del productor. “Yo creo que el productor siempre apuesta. A pesar de las inclemencias climáticas o lo que vengan, las generaciones siempre apuestan a futuro, que va a haber mejor, que van a mejorar los precios”.
En el campo, además, hay algo que no se puede detener. “Siempre se trabaja con productos biológicos, por lo cual uno no puede detener la producción”, explica. “La idea es seguir apostando, ir para adelante, tratar de innovar con nuevas tecnologías. Y de ese choque de las generaciones que vinieron antes y de las nuevas, sacar aprendizaje”.
Su plan, al menos por ahora, está claro: quedarse. “Sí, yo creo que sí”, responde cuando le preguntan si su futuro está en el campo. Y agrega que, incluso en un contexto donde muchos jóvenes se van, el sector todavía puede ofrecer oportunidades.
“Para la gente joven que por ahí no se queda, creo que también es una buena oportunidad. Hay varias posibilidades de agarrar diferentes trabajos, no solamente con las familias, sino con otros productores”.

Mientras tanto, el Chango observa la escena con una mezcla de humor y alivio. Tener a la tercera generación trabajando en el establecimiento no es poca cosa en estos tiempos. “Que se porte bien y trabaje mucho”, dice sobre la idea de Octavio de quedarse. Entre risas, agrega: “Nada más”.





