Egipto, que se ha consolidado como uno de los líderes globales en la producción de naranjas, envía su fruta a todas partes del mundo, pero tiene entre sus mejores y más inesperados clientes a Argentina. De enviar aquí sus primeras cajas en 2021, sólo le costó cuatro años consolidarse como el principal abastecedor y, favorecido por la apertura importadora, incrementó sus ventas unas 14 veces desde entonces.
Pero mientras las “Egyptian Fresh Orange”, o las marroquíes, ganan su lugar en los mercados concentradores, hay aquí toda una estructura productiva a la que ahora le sobra más fruta que antes y que, mientras compite en un mercado interno retraído, no logra tampoco colocar su producción puertas afuera.
Uno de los desafíos encarados por el gobierno de Javier Milei fue contener la inflación en los alimentos mediante la apertura importadora. Y el caso de las naranjas egipcias es bastante ilustrativo: son más caras que las argentinas, presionan los precios mayoristas a la baja, le agregan más oferta a una demanda “enfriada” y sólo logran complicar a las economías regionales que viven de esa actividad.

En uno de los polos productivos más importantes para la naranja argentina, la localidad entrerriana de Villa del Rosario, el productor y dirigente sectorial Elvio Calgaro asiste a una postal que, probablemente en una vida entera dedicada a la actividad, no hubiera nunca esperado ver: en las góndolas del supermercado su propia naranja se vende junto a la que llega del Mar Mediterráneo.
Lo cierto es que, en comparación a nuestros cítricos, los egipcios cuentan hoy con varias a su favor. El factor más relevante es la devaluación de su moneda local, lo que fortaleció sus exportaciones y los impulsó a salir aún más al mundo. Pero aquí, la recepción es también ideal: dólar barato, liberalización de las importaciones y el ya vigente “acceso preferencial” que tiene ese país al Mercosur, fruto de un Acuerdo de Libre Comercio firmado en 2010.
“Hoy todos te hablan de que hay que ser competitivos y de libertad, pero ¿cómo es la cosa? Nos corren la cancha continuamente”, le sale decir al ex presidente de Fecier y activo dirigente sectorial, que, en diálogo con Bichos de Campo describió el panorama citrícola que se esconde detrás de esta novedad faraónica.

Así como entran las clásicas bananas ecuatorianas, el limón de Chile o las uvas de Brasil, hoy Egipto se ha quedado con el mercado de la naranja, superando a España. De acuerdo a los datos del sitio especializado East Fruit, en la campaña 2024/25 ingresaron unas 4800 toneladas de ese país, valuadas en 3,3 millones de dólares.
Tal como detalló Calgaro, la caja de 15 kilos de naranja egipcia suele costar alrededor de 32.000 pesos, más del doble que el cajón de naranja entrerriana, que pesa unos 20 kilos. Por lo que, más que una competencia por precios, la cuestión ahora es quién logra colocar su fruta, en un contexto donde el consumo interno, tradicionalmente muy volcado a la naranja, muestra claros signos de enfriamiento.
“En el marco de la poca venta que de por sí hay en los mercados, que entre más mercadería preocupa. La venta interna está muy decaída y el mercado no paga la fruta lo que debería valer”, evaluó el referente sectorial, que es muy tajante en su diagnóstico: “Esto no es una cuestión de oferta, lo que no hay es demanda”.
De cara a lo que esperan sea una muy buena cosecha de la variedad Valencia -una de las que también ingresan desde Egipto, de hecho- el panorama es doblemente preocupante. La buena noticia es que habrá más fruta para vender, y la mala noticia es que habrá más fruta sin mercado.
Por eso, para “saltearse” esa disyuntiva, en vistas de que el mercado local no tiene mucho más para expandirse -más aún con tanta competencia-, el sector mira con buenos ojos al mercado externo y reaviva la eterna demanda de consolidar sus exportaciones. Pero, al día de hoy, acaban de pasar por sus ojos dos grandes oportunidades: el acuerdo UE-Mercosur, y el firmado con Estados Unidos. En ninguno de los dos los cítricos argentinos tienen líneas propias.
“Mientras esperamos que se abran las exportaciones, y tras que no se puede vender lo que nosotros tenemos, se le agrega fruta de afuera. Eso nos molesta y preocupa, porque no hay igualdad de condiciones: cuando queremos exportar, nos piden de todo y aún así tampoco logramos hacerlo”, señaló Calgaro.
Una de las razones de ese “fracaso”, además de lo que respecta a las negociaciones, es estructural: el sector produce con altos costos en dólares y, cuando quiere salir al mundo, no es competitivo. Y en eso, las condiciones son muy distintas respecto a otros países, como por ejemplo Egipto.
El combustible, la logística, los insumos y la mano de obra, al igual que en muchas otras economías regionales, le ponen coto a las exportaciones frutícolas. Y si a eso se suma la factura de luz, un insumo clave para mantener la mercadería todo el año, directamente quedan fuera de la cancha.
“Tener una cámara prendida para conservar algo de fruta, ya no sirve. Prácticamente no dan los números”, observó el dirigente. Y agregó: “Nos dicen que tenemos que ser competitivos, pero eso requiere de acompañamiento y herramientas”.
La descripción de lo que les sucede hoy es calcada a la de muchas otras economías regionales argentinas. Incluso dentro del sector la situación pareciera ser cíclica, porque no hace más de dos años atrás el propio Elvio fue uno de los que tuvo que tirar fruta por la crisis.
El problema de fondo, opina, es la falta de agenda propia, una cuestión de antaño. “Hay muchos compromisos políticos de por medio, y como las vaquitas tienen buen precio, parece que se terminó el problema rural. Pero hay que atender a todas las economías regionales, que son las que generan contención social pura y emplean mano de obra”, expresó.
Y concluyó: “Me hace un poco de ruido lo de la libertad, porque no se puede tratar igual a los que somos distintos”





