Fundar la Cámara Industrial de Extrusado y Prensado de Santa Fe.
Celebrar el día de la Pachamama con cuencos tibetanos.
Producir convencional en 3.500 hectáreas soja-maíz-girasol- trigo.
Crear un centro terapéutico para acompañar a las personas.
Cuando tenía 12 años, a Walter Albrecht (54) las palabras de su padre poco antes de morir, le quedaron grabadas a fuego:
-Ahora el hombre de la familia vas a ser vos. Te tenés que hacer cargo.
“Papá era tambero y productor, un día se enfermó de cáncer y ese fue su mandato. Terminé quinto como pude y ya sabiendo, como todos en el pueblo porque en un pueblo chico como Hersilia (Santa Fe) todos saben todo, que no iba a estudiar porque tenía que laburar”.
Así fue como Walter sin pensar demasiado, se metió de lleno en el campo familiar. Aunque primero, vale destacarlo, intentó hacerse un futuro en otros lados y ver si podía salir adelante: fue a Córdoba a trabajar en un tambo, pero no le gustó; también probó en una esparraguera de 100 hectáreas en Buenos Aires y finalmente en Tucumán, pero las experiencias no fueron buenas. Además, claro, estaba el peso del mandato y el de su familia que le pedía constantemente que volviera e hiciera lo que tenía que hacer. “Fueron años muy duros. Tuve depresión, tomaba pastillas para dormir. Hacía terapia pero me sentía mal todo el tiempo, había una sombra sobre mi cabeza”.
-¿Pero tenías algún deseo? ¿Ganas de hacer otra cosa puntual?
-No me daba el espacio para pensar eso. Me puse en piloto automático y encontré en el hacer y hacer una forma de no conectarme conmigo mismo, de no generarme preguntas. Todos los días eran así: salía a la mañana y volvía a la anoche después de recorrer 500 kilómetros mirando campos. Llegaba agotado, estaba totalmente ausente para mi familia pero eso era “lo normal”. Tenía arraigado el sacrificio, el aguantar, el que “las cosas son así”.
-¿Cuánto tiempo estuviste de esa manera?
– Durante 35 años me hice cargo del campo, era lo que se esperaba de mí.
-Pero ahora tu historia es otra. ¿Cómo hiciste para cambiar?
-En 2014 me separé. Empecé a estudiar coaching ontológico y eneagrama, herramientas de autoconocimiento y desarrollo personal, e hice un curso de bioneurodecodificación con Enric Corbera. Todo esto me dio la posibilidad de empezar a hablar y a pensar distinto. Aprendí a decir que no.
-¿Por primera vez?
-Y sí, porque de muy chicos nos enseñan que no hay que ser “egoístas” y que hay que complacer a los demás. Entonces crecemos con miedo de que si hacemos lo que realmente queremos los otros se van a enojar, o nos preocupa mucho qué van a decir de nosotros. Así, comenzamos a ceder, nos olvidamos de nosotros mismos y la vida se torna dolorosa, vacía. Pero cuando uno se conecta con su deseo y con su propósito, las cosas cambian.
-¿Por ejemplo?
-Empecé a hacer cambios en la empresa. Yo me daba cuenta de que cada vez éramos más dependientes de todo el sistema productivo y de los insumos. Empezamos con 100 hectáreas de trigo y algunas de lino, maíz y soja agroecológica, sin agroquímicos. En trigo y soja los rindes eran iguales que los otros y entonces me empecé a hacer más preguntas.
-Te cambió la cabeza, como se suele decir.
-Mucho. Desde hacía unos años trabajábamos en un campo de Santiago del Estero donde sembrábamos en las abras, y un día mi hermano me dijo que teníamos que expandir la producción y para eso había que desmontar. Y me acuerdo que sentí algo muy claro: que en esta etapa de mi vida más que para talar árboles estaba para plantarlos…
-¡Qué momento!
-Hasta ese entonces estábamos juntos a full pero ese año al terminar la campaña le dije que yo no seguía… Y bueno, entonces él armó una empresa nueva a su nombre. Por supuesto que fue una etapa difícil, de reproches, de no entendernos.
-¿Cómo siguió todo?
-A los 50 me compre un terreno de 3 hectáreas en las sierras de Córdoba para abrir un espacio terapéutico y trabajar con eneagramas y acompañar a las personas en sus procesos interiores. Lo estamos armando.
-¿En el mientras tanto? O sea, hoy ¿a qué te dedicás?
-Vivo con Luciana, mi compañera, y nuestra hija de 4 años en un campo de 40 hectáreas en Ongamira, Córdoba. Tenemos 3 hectáreas en producción agroecológica donde sembramos avena, trigo y algo de soja; hasta hace poco hacíamos toda la cosecha a mano porque son parcelas chicas pero ahora tengo una cosechadora muy chiquita que sirve para todo. También elaboramos aceite de lino y de girasol extra virgen con nuestras propias prensas y por supuesto hacemos algo de huerta, cosechamos zapallos, calabazas… estamos aprendiendo a domar estos campos. Y siempre pasan cosas, claro. Por ejemplo, el maíz se lo comieron los chanchos jabalíes…
-¿Y qué hicieron?
-Somos vegetarianos y no estamos de acuerdo con matar animales, así que veremos cómo lo solucionamos. Al mismo tiempo estoy abocado a recuperar semillas puras, que no estén “infectadas” por la industria. Apuntamos a independizarnos de la tarjeta de crédito, del supermercado; es luchar contra todo un sistema.
-¿Por qué decidiste ser vegetariano?
-Primero pensando en ese animal como un ser sintiente y por no querer tener en mi cuerpo un alimento en estado de putrefacción, porque más allá de que refrigere, desde el momento en que el animal muere comienza a pudrirse. Luego me di cuenta de que al no comer carne me sentía bien, con más claridad mental y que todo mi organismo estaba cambiando para mejor.
-¿Qué dice tu entorno?
-Y… Ven como algo muy extraño que, entre otras cosas, no consumamos carnes ni gaseosas. También se ve raro el cambio que hice y la vida que llevo, donde ya no quiero correr. Eso no se entiende, porque todo se mide con los resultados económicos, con los viajes que uno puede o no hacer y las cosas que uno tiene o no tiene. A la vez, los que no me conocen de antes, me felicitan.
-¿Por qué?
-Porque dedicarte a lo que te gusta a los 50 años es el sueño de todo el mundo.
-Y hoy, ¿qué es lo que te gusta?
-Acompañar a personas en los procesos de sanación y producir alimentos sin agroquímicos, sanos y vitales.
-Suena muy difícil hacer un cambio así. ¿Lo fue?
-Fue un proceso largo pero cuando finalmente uno empieza a hacerse preguntas, las respuestas aparecen. Lo que pasa es que estamos acostumbrados a silenciarlas por miedo al qué dirán. Hay gente que se va de este plano sin hacerse preguntas.
-En tu caso, ¿cuáles fueron esas preguntas?
-El camino fácil desde lo económico era seguir en la empresa, seguir trabajando a lo loco 349 días del año para tener 15 de vacaciones. Un día lo “vi” y entendí que eso no era vida, que eso es ser un esclavo y que no tenía sentido porque era no llegar a ningún lado. Entonces empecé a bucear en mi interior, en ver qué me pasaba y me encontré con muchas cosas que ahí estaban, algunas de las cuales quería cambiar, así que en eso ando. Hoy, por ejemplo, estoy aprendiendo a ser amoroso.
Hace cinco años, Bichos de Campo entrevistó a Walter como presidente de la cámara de extrusadores, en su otra vida: