Esta semana visitó la Argentina el productor mexicano Ernesto Cruz, quien obtuvo el récord mundial de rendimiento de maíz (44 toneladas por hectárea) y realizó una serie de comentarios provocadores que promovieron debates muy interesantes en redes sociales.
Más allá de cuán verosímil resulta el rendimiento logrado por Cruz –quien fue entrevistado por Bichos de Campo dos años atrás–, la realidad es que la visita del mexicano sirvió para reanimar ciertos debates que, por la tumultuosa coyuntura argentina, estaban un poco “dormidos”.
Cruz, quien asistió al Congreso Internacional del Maíz realizado en Río Cuarto, Córdoba, declaró que con los planteos en la Argentina están subfertilizados (chocolate por la noticia, ¡producto de las retenciones!) y que la siembra directa le pone un “techo” a los rendimientos de maíz por el efecto nocivo de la compactación; en este último aspecto puso el “dedo en la llaga”,
José Antonio Álvarez, conocido en redes sociales como Bumper Crop, aprovechó el revuelo generado por Cruz para resaltar su opinión sobre la siembra directa
“Hay compactación por la siembra directa. Si nunca pasás un subsolador, lo más probable es que tengas compactación subsuperficial. Eso ni se discute”, señaló el empresario agrícola.
“Tractores, sembradoras, cosechadoras, tolvas, fertilizadoras, pulverizadoras, etcétera, compactan inevitablemente el suelo con el paso del tiempo, sobre todo en zonas donde llueve bien y la textura es fina. Encapricharse con no labrar no es lógico. La labranza vertical es conservacionista”, disparó para enviar un tiro al centro de uno de los dogmas de la agricultura argentina contemporánea.
En lo que respecta a las tecnologías empleadas para descompactar suelos en sistema de siembra directa, como es el caso del uso de cultivos de servicio, Álvarez dijo que eso implica despilfarrar tanto dinero como humedad y tiempo.
“¿Cómo puede ser que a nadie le llame la atención de que en la zona núcleo pampeana se registraban rendimientos de 180 qq/ha en la década de los 90 y hoy es un triunfo superar los 120? Obviamente fueron los impuestos a las exportaciones desde 2002, pero también el ensimismamiento con la siembra directa”, sostuvo.
“Los debates con profesionales extranjeros sirven para recordar que los agrónomos tenemos muchas herramientas dentro del cajón, y que no todas se prestan para todas las situaciones. La siembra directa es sólo una de esas herramientas, no es ‘una filosofía o forma de vida”, añadió.
El empresario dijo que no puede considerarse, al momento de definir el sistema de siembra, un suelo franco arcilloso de alto contenido de materia orgánica con gran capacidad de retención hídrica y pendientes menores al 1%, que otro uno arenoso con baja materia orgánica, drenaje excesivo, pendientes mayores al 3% y baja retención hídrica.
“La labranza vertical mantiene los tenores de materia orgánica exactamente igual que la siembra directa, con la adicional ventaja que los reparte en toda la rizosfera, mientras que la segunda la acumula sólo en los primeros centímetros del suelo. Hay ensayos de 30 años que avalan esto”, aseguró, para luego embestir contra “el fanatismo casi religioso por los sistemas de labranza”.
La agronomía, ciertamente, no es una ciencia exacta y, por lo tanto, el debate sobre la siembra directa puede ser tan extenso como interesante, aunque la discusión de fondo siempre gira en torno a las mismas preguntas.
¿El negocio agrícola debe guiarse exclusivamente por la renta proyectada anual o debe considerar además el impacto sistémico en el suelo, con un horizonte de largo plazo, de las decisiones tomadas en cada campaña? ¿Tenemos que considerar sólo indicadores productivos y económicos para evaluarnos o también considerar los ambientales? ¿Cuáles son las variables que tenemos que medir para saber si gestionamos modelos sostenibles?