Gustavo Guillaumet es técnico en producción agropecuaria y además trabaja como contratista en el norte de la provincia de Buenos Aires, ya que reside en la ciudad de Colón. Él es nacido en el pequeño pueblo de Mariano H. Alfonzo, dentro del partido de Pergamino, ambas localidades ubicadas sobre la Ruta 8. También asesora campos, sobre todo en el sur de la provincia de Córdoba.
Gustavo, siendo hijo de chacarero, desde muy joven decidió hacer su propio camino, soñando llegar a ser un productor independiente, cosa que logró al cabo de varios años y con mucho sacrificio. Pero recuerda que había alquilado 400 hectáreas cuando sufrió una inundación, luego tuvo un año normal y después uno de seca, por lo que no pudo seguir y regresó a ser contratista.
Mientras tanto, se fue capacitando a fuerza de tomar innumerables cursos, para llegar a convertirse en asesor y vendedor de insumos, aunque reconoce que prefiere ser lo primero, un técnico e investigador, más que vendedor.

Guillaumet cuenta que hace un año y medio conoció al ingeniero agrónomo Carlos Roberto Fernández, investigador y desarrollador de productos biológicos para la nutrición y protección de los cultivos, quien propugna una agricultura sustentable. Asegura que éste le cambió su modo de pensar la ruralidad y que a partir de aquel momento comenzó a capacitarse en ese modelo de producción ecológica, al punto que hoy se ha convertido en un ferviente asesor y promotor de la agricultura sustentable.
Actualmente, Gustavo comercializa biofertilizantes y demás productos biológicos de la empresa que fundó Fernández. Y como asesor, propone enmiendas orgánicas y sobre todo, un cambio de paradigma: “Si no frenamos el uso abusivo de los productos de síntesis química, la salud de los suelos se va a agravar mucho, y en campos alquilados ya se ha tornado inviable”, advierte.

Este bonaerense apasionado por los suelos, no plantea descartar los agroquímicos, sino que éstos sean un complemento. Pero distingue que no es lo mismo un suelo naturalmente fértil, que uno fertilizado con productos de síntesis química. Además, alerta: “Hay zonas que están al límite de la tolerancia de arsénico, ya que a causa de bajar y bajar el PH del suelo, el mismo se lixivia o lava, se acidifica y se solubilizan los metales. Llevamos más de 25 años aplicando herbicidas y matando la vida del suelo. Por lo tanto, hay que sanarlo, bajando la dependencia de éstos”.
Y continúa explicando el técnico: “Cuando quitamos un bicho del suelo, su sistema se desestabiliza, y surge la plaga porque la naturaleza busca equilibrarlo. Las plantas no comen urea o fósforo así porque sí. Necesitan de los microorganismos. Hoy se está estudiando la asociación que tiene cada microorganismo con cada especie vegetal. Y de ahí se obtienen las bacterias fijadoras de nitrógeno o las solubilizadoras de rastrojos. Y cuando se entiende esa interacción entre microbiota y planta es cuando comenzamos a reducir el uso de fertilizantes y herbicidas de síntesis química”.
“Cuando se empieza a estabilizar el suelo, ya dejan de predominar las mal llamadas malezas -sigue Gustavo-. Lo mismo que las plagas, que aparecen cuando el sistema se desestabiliza. Es que luego, una planta nutrida, se va a defender mucho mejor que una desnutrida. Suelo sano, cultivo sano, es como nuestro sistema inmunológico”.
“Tuve una experiencia en un campo de girasol, donde una franja no poseía orugas desfoliadoras. Al observar, vimos que allí había existido un feedlot y por ello tenía microorganismos a pleno, por el bosteo de los animales. Como tenía estabilizado el silicio, el cual engrosa las paredes de la cutícula de las hojas, la oruga pasaba de largo, porque si ella intentara morder, se rompería sus ‘dientes’”, pone de ejemplo.
Guillaumet sostiene que dentro del esquema, hay que poner los cultivos de cobertura para hacer una producción sustentable. Que el objetivo consiste en tener raíces durante todo el año. “Claro que las cuestiones climáticas nos obligan a ir modificando las fechas de siembra y los tipos de coberturas. Pero para lograr que sea sustentable, no se trata de querer sacar lo máximo este año, sino de trabajar a largo plazo. Debemos plantearnos que en los próximos diez años, no se me debe caer, y tratar de gastar lo necesario e indispensable”, explica.
Además, diferencia que el productor, casi siempre se plantea que debe obtener un rendimiento de cien quintales por hectárea, por ejemplo, porque dice tener un costo por hectárea. “Pero no es así, porque está produciendo toneladas y debe sacar el costo por tonelada producida. Entonces muchos productores no se dan cuenta de que están perdiendo plata. Debemos cambiar radicalmente la forma de producir y de pensar”, asegura.
Con orgullo, el técnico indica que en ensayos que él hizo en semillas, con sus propios productos biológicos, todos dieron un rendimiento del 10% más y con mejor calidad, que los tratados con síntesis química. Y cuenta que un cliente del sur de Córdoba, produjo trigo con rendimiento promedio de 5400 kilos por hectárea, de calidad premium, y se la pagaron hasta 20 dólares, la tonelada.
Explica Guillaumet que hoy las cooperativas, para sobrevivir, no les quedó otra opción que convertirse en financieras que prestan plata. “Además, salieron a comprar campos, los alquilan, y el productor no puede competir con su propia cooperativa. De modo que está entrando en una etapa oscura, de no saber qué hacer. Porque depende cada vez más de los insumos químicos, los costos se le han ido a las nubes y los rendimientos son los mismos que hace 20 años, cuando cada año la semillera ofrece un nuevo producto que rinde un 10% más. Hoy, a un chacarero de la zona núcleo, el campo le rindió 6000 kilos de trigo en la cosecha anterior, y está endeudado”, dice.

Gustavo está decidido a trabajar en post de un cambio de paradigma. Para ello propone un camino de transición hacia una producción sustentable, cuidando la salud del suelo y trabajando a largo plazo, para que nuestros hijos reciban en herencia, campos sanos.
Porque dice: “No heredamos la tierra de nuestros ancestros sino que la tomamos prestada de nuestros hijos”. Tiene su oficina de asesoramiento en la localidad de Adela María, Córdoba, y acaba de crear su propia marca “Huella 4.0” con la que sueña crear un día sus propios productos biológicos. Por ahora, no cesa de hacer ensayos e investigar, que es lo que le apasiona.
Gustavo Guillaumet, en honor a su padre que falleció hace dos años, eligió dedicarnos la chacarera doble “¡Vamos viejo todavía!”, de Juan Oscar Gómez, por los Manseros Santiagueños.




