Los jardines productivos vienen ganando espacio en distintos ámbitos, desde casas particulares hasta veredas y espacios públicos. La idea de que un jardín puede ser, al mismo tiempo, estético y productivo, dejó de verse como algo alternativo. Hoy se piensa el verde como un sistema capaz de generar alimentos, mejorar el suelo y sumar biodiversidad, sin resignar diseño ni uso cotidiano.
En los últimos años, este enfoque empieza a repetirse en distintas experiencias locales. En recorridas y entrevistas realizadas por DeRaíz, distintos referentes vuelven sobre el mismo concepto desde miradas y escalas diversas. La última de esas charlas, fue con Mingo de Rico, en su vivero Entreyuyos.
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En Tandil, Mingo de Rico trabaja el jardín productivo como un sistema vivo, donde cada planta cumple más de una función. En su vivero, el diseño no separa lo ornamental de lo productivo: frutales, herbáceas, aromáticas y flores conviven en un mismo espacio. “No se trata de plantar por plantar, sino de entender cómo conviven las especies”, explica durante la recorrida.
La propuesta se aleja de la huerta tradicional aislada y también del jardín pensado solo para ser mirado. Acá, el verde se diseña para producir de manera constante, adaptarse al entorno y sostenerse en el tiempo.
La mirada de Mingo dialoga con otras experiencias que ya aparecieron en estas páginas. Virginia Escribano, por ejemplo, propone la pradivereda como una alternativa al césped tradicional, llevando lo productivo a la vereda con mezclas de herbáceas, aromáticas y flores que reducen mantenimiento y atraen biodiversidad.
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Desde Huerta Orgánica, Carlos trabaja con jardines familiares donde la producción se integra a la vida diaria: huertas, frutales, compostaje y cuidado del suelo forman parte de un mismo sistema. En este caso Carlos destaca la huerta sintrópica.
Durante años, este tipo de propuestas se miraron como una excentricidad. Canteros con romero, lavandas o repollos ornamentales en veredas de ciudades europeas parecían ideas difíciles de replicar. Eran vistas como modas pasajeras o soluciones ajenas a la realidad local. Hoy, esa percepción cambia. La repetición de experiencias muestra que ya no se está frente a una tendencia, sino ante una realidad que funciona y se adapta.
Para que un jardín pueda pensarse como productivo no hace falta una gran superficie ni una planificación compleja, pero sí algunos elementos clave. Tiene que haber producción real, aunque sea a pequeña escala, con plantas que den frutos, hojas, flores o aromas que se puedan cosechar a lo largo del año, pueden estar mezcladas en canteros de rosales, herbaceas o perennes, pero es importante la presencia de especies que se consuman de alguna manera.
Esa producción se apoya en la diversidad de especies, evitando los monocultivos y combinando plantas con distintas funciones: algunas producen alimento, otras cubren el suelo, atraen polinizadores o ayudan a mejorar el ambiente.
El suelo es central en este tipo de jardines. Un jardín productivo necesita un suelo vivo, con materia orgánica, compost y cobertura vegetal que lo proteja y lo mantenga activo. A eso se suma la presencia de flores y plantas que atraigan insectos benéficos, claves para el equilibrio del sistema. Todo esto tiene que integrarse al diseño general del jardín, sin sectores aislados o escondidos: lo productivo forma parte del paisaje y del uso cotidiano del espacio.
Finalmente, el manejo consciente del agua y la elección de especies adaptadas al clima y al lugar terminan de definir un jardín que funciona y se sostiene en el tiempo.






