En las últimas campañas agrícolas de la Argentina, la conversación técnica sobre herbicidas hormonales se ha vuelto ineludible. En varias provincias se registran año a año problemas relacionados con las derivas de estos productos químicos, que generan pérdidas en cultivos sensibles de los vecinos.
Recientemente se hicieron públicos casos en Chaco, Santiago del Estero y Salta, donde se denunciaron pérdidas totales en maíz, algodón y legumbres, producto de las malas aplicaciones de los vecinos.
En este contexto, Aapresid, la asociación de productores de siembra directa elaboró una lista de recomendaciones a la hora de aplicar compuestos como 2.4D, protagonista de muchos problemas con los vecinos, ya que se puede aplicar a la soja, pero es perjudicial para otros cercanos.
La Red de Manejo de Plagas (REM) de la asociación enfatizó que compuestos como el 2,4-D, históricamente útiles para el control de malezas, presentan un desafío creciente cuando no se aplican bajo condiciones óptimas. Estos herbicidas auxínicos, que imitan hormonas vegetales y son eficaces en gramíneas tolerantes, también pueden volatilizarse o desplazarse por el viento en forma de deriva, afectando cultivos vecinos extremadamente sensibles incluso a dosis mínimas.
Cultivos como algodón, vid, hortalizas, legumbres y materiales de soja no tolerantes pueden mostrar síntomas claros de hojas deformadas, reducción del crecimiento y aborto floral, con consecuencias productivas severas.
La problemática ha impulsado regulaciones provinciales y la discusión sobre ventanas de aplicación y distancias de seguridad para minimizar estos daños fuera del blanco.
Esa preocupación técnica tiene ahora una expresión muy tangible en distintos campos del país. En Santiago del Estero, una productora denunció que la deriva química desde un lote vecino arruinó más de 112 hectáreas de maíz recién implantado, con pérdidas económicas estimadas en cientos de millones de pesos. El episodio fue incorporado a una investigación judicial para determinar si una aplicación con drones del vecino generó la deriva que secó completamente el cultivo.
En el oeste chaqueño, el productor Roberto Polentarruty ha relatado cómo prácticamente toda su superficie de algodón fue comprometida por derivas de herbicidas hormonales, en un patrón que, según su testimonio, se repite campaña tras campaña. El algodón, uno de los cultivos más sensibles a compuestos como el 2,4-D, mostró la típica “hoja pata de rana” y malformaciones que señalan el ingreso del herbicida desde lotes vecinos. Polentarruty vincula este problema a cambios en el mapa productivo local, con fragmentación y aplicaciones agresivas en extensiones de plantaciones de soja, muchas veces sin considerar la dirección del viento ni la presencia de cultivos sensibles.
En el este de Salta, pequeños productores de hortalizas agrupados en cooperativas señalan que los agroquímicos aplicados en campos de mayor escala los afectan de forma recurrente, erosionando sistemas de producción más diversificados o agroecológicos. Allí, la queja no solo es por el daño físico, sino por la percepción de que la falta de regulación efectiva y de acuerdos comunitarios profundiza las tensiones entre modelos de producción distintos, donde el juego competitivo pone en riesgo la convivencia técnica y social.
Según el análisis técnico de la REM, el incremento de episodios fuera del blanco está asociado a una mayor frecuencia de uso, aplicaciones en períodos ambientalmente críticos y la elevada sensibilidad de numerosos cultivos regionales.
Los expertos remarcaron que, más allá de las regulaciones, el manejo a campo sigue siendo la principal herramienta para reducir riesgos. En ese sentido, el informe subraya la importancia de respetar condiciones ambientales adecuadas, seleccionar formulaciones menos volátiles, ajustar tecnología de aplicación y cumplir con zonas de amortiguamiento y limpieza de equipos.
Además, Tarragó destacó el aporte potencial de nuevas herramientas de monitoreo climático en tiempo real para mejorar la toma de decisiones y reducir episodios de deriva.
El ingeniero agrónomo José Tarragó, del INTA Las Breñas y la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNNE, explicó que la incorporación de biotecnologías tolerantes a herbicidas hormonales amplió de manera significativa la ventana de aplicación hacia cultivos implantados durante los meses de diciembre, enero y febrero. “Esta expansión permitió mejorar el control de malezas, pero también incrementó los riesgos de volatilización y deriva cuando no se respetan las condiciones adecuadas de aplicación, especialmente en los meses más cálidos”, señaló.
En Argentina, el uso de herbicidas hormonales estuvo históricamente concentrado en barbechos, estadios iniciales del maíz y otros cultivos de gramíneas. Sin embargo, el avance de estos sistemas intensificó su presencia en el período estival, cuando las condiciones ambientales aumentan la probabilidad de movimientos fuera del blanco.

El algodón aparece como uno de los cultivos más vulnerables. Tarragó detalló que el síntoma visual más característico es la malformación foliar conocida como “hoja pata de rana” o “en abanico”, producto de una inhibición del crecimiento entre nervaduras. A esto se suman retorcimientos de pecíolos y tallos, acortamiento de entrenudos y, en fases reproductivas, aborto de botones florales y deformación de cápsulas. “En la última campaña se observaron daños en lotes en estadios más avanzados, con plantas que ya tenían 11 o 12 nudos al momento de verse afectadas. En estas situaciones, cuanto más avanzado está el ciclo del cultivo, menor es su capacidad de recuperación y mayor el impacto productivo”, advirtió.
Frente al aumento de conflictos, distintas provincias avanzaron con regulaciones específicas para ordenar el uso de estos herbicidas. En Chaco, por ejemplo, rige una restricción entre el 1 de agosto y el 31 de marzo, aunque Tarragó señaló que existe un proceso de diálogo para revisar esas fechas, considerando que los mayores riesgos se concentran hacia fines de año y durante los meses estivales. Otras provincias implementaron esquemas de zonas de exclusión y amortiguamiento, limitaciones por condiciones ambientales y exigencia de recetas agronómicas.
Uno de los factores críticos de estos productos es la volatilidad, es decir, la tendencia de los herbicidas a pasar a fase gaseosa luego de la aplicación, lo que incrementa el riesgo de movimiento fuera del blanco. En el caso del 2,4-D, las formulaciones difieren de manera significativa en su potencial de volatilización. Los ésteres presentan mayor riesgo, mientras que las sales muestran un comportamiento mucho más estable bajo condiciones normales.
Si bien la residualidad de estos herbicidas es variable según el activo, el suelo y las condiciones ambientales, el informe también destaca que “son relativamente pocos los casos de resistencia confirmados en Argentina”. El 2,4-D es el único con biotipos resistentes reportados, en general combinados con resistencia a glifosato, mientras que a nivel mundial se registran más de 40 casos.




