Natalia Brutto tiene una obsesión. Y es una sana, porque tiene que ver con la educación de los pibes. Brutto es directora ejecutiva de Minkai, una asociación civil que acompaña las trayectorias educativas de adolescentes y jóvenes de comunidades rurales de Tucumán y Catamarca. El objetivo es que puedan terminar la escuela secundaria y, después, continuar estudiando o incorporarse al mercado laboral con herramientas para hacerlo.
“Lo que hacemos es acompañarlos para que sostengan la escolaridad, egresen y después puedan soñar un futuro, como tal vez pude hacer yo o cualquier otra persona que ha tenido el acceso a la educación garantizado”, explicó en diálogo con Bichos de Campo.
Minkai trabaja en comunidades tucumanas como El Naranjo, Monte Grande, en el departamento Famaillá, y localidades de la zona de Simoca como Ampata, Niogasta y Palomino. También desarrolla programas en Catamarca, en comunidades de los Valles Calchaquíes como Famatanca y Fuerte Quemado.
Son lugares de la llamada “ruralidad profunda”, donde las distancias, las condiciones económicas y la falta de oportunidades pueden complicar todavía más la posibilidad de terminar los estudios.
La historia de Minkai comenzó hace casi dos décadas, cuando un grupo de estudiantes secundarios empezó a viajar todos los años a Palomino, una comunidad tucumana que entonces presentaba indicadores educativos muy preocupantes.
Durante esas visitas permanecían algunos días en el lugar, colaboraban con la escuela y daban apoyo escolar. Pero con el tiempo apareció una preocupación entre aquellos jóvenes, que habían comenzado a viajar cuando tenían 15 o 16 años. ¿Qué iba a pasar con Palomino cuando ellos terminaran el secundario y el colegio dejara de organizar los viajes?

“Se dijeron: esto hay que continuarlo. Si el colegio el día de mañana tal vez no lo quiere continuar, nosotros sí”, recordó Brutto.
Así nació una organización que durante sus primeros años tuvo una fuerte impronta de voluntariado. Los integrantes viajaban una vez por mes en colectivo para entregar las becas y mantener el contacto con los estudiantes.
Mirá la entrevista completa con Natalia Brutto:
Con los años, Minkai fue creciendo y profesionalizando su estructura. Hoy el acompañamiento incluye becas, talleres, orientación vocacional y trabajo con las familias y las escuelas.
“Los chicos de secundaria tienen una beca, un incentivo, y hacemos talleres dos veces al mes para el desarrollo de habilidades socioemocionales. También hacemos orientación vocacional con los que están próximos a terminar el secundario”, contó Brutto.
La organización también capacita a docentes a partir de las necesidades que plantean las propias escuelas y busca involucrar a las familias de los estudiantes. En algunos casos, se trata de hogares en los que los adultos tampoco pudieron completar sus estudios primarios o secundarios.
Brutto plantea que el abandono escolar no puede analizarse solamente desde la responsabilidad individual del joven. “No es que haya algo que esté mal, sino que faltan oportunidades”, señaló.
El acompañamiento puede continuar después del secundario. Minkai tiene programas destinados a jóvenes que quieren iniciar estudios superiores y necesitan ayuda para sostener esa decisión.
Actualmente, 18 familias vinculadas a la asociación tienen entre sus integrantes al primer profesional de su historia. Hay contadores públicos, desarrolladores de software, jóvenes vinculados al ámbito sociosanitario y estudiantes de carreras relacionadas con las actividades productivas de sus regiones.
La elección de esas carreras tampoco es un dato menor para la organización. “Buscamos priorizar carreras que puedan ejercer en la zona o cerca y que, si migran, sea por un deseo personal y no porque lo que estudiaron los expulsa”, explicó Brutto.
En las comunidades rurales, estudiar una carrera muchas veces implica mudarse a una ciudad. El problema puede aparecer después, cuando el joven termina su formación y no encuentra posibilidades de ejercer cerca de su lugar de origen.
Entre los estudiantes que acompaña Minkai hay, por ejemplo, jóvenes que cursan Ingeniería de Minas en la Universidad Nacional de Catamarca. La intención es acompañar las decisiones de cada uno y, al mismo tiempo, tener presente qué posibilidades laborales existen en las propias regiones.
El financiamiento de estos programas proviene principalmente de aportes individuales. “Nos financiamos exclusivamente con personas de a pie, así como vos o cualquier otro que nos esté viendo o escuchando, que nos dona mensualmente lo que puede. Algunos logran cubrir una beca completa, algunos aportan lo que pueden y armamos un fondo con eso”, explicó Natalia.
La asociación también recibe aportes de empresas regionales y nacionales que participan del sostenimiento de los proyectos educativos.
“Si hay algo que me doy cuenta es que la educación es un eje que suele dolernos a muchos de los argentinos y argentinas”, respondió cuando fue consultada sobre la sensibilidad de los productores frente a este problema.
Algunos productores tienen la posibilidad de invertir en educación y consideran que hacerlo vale la pena. Otros están concentrados en las cuestiones técnicas de sus establecimientos. Para Brutto, sin embargo, las dos discusiones están vinculadas.
“Necesitamos una sociedad educada, porque si no, ni siquiera el que venga a operar algo en el campo, por más tecnificado que sea, si no tiene ciertos niveles básicos de educación, no lo va a poder ejecutar”, advirtió.
La transformación tecnológica del agro plantea, justamente, una demanda creciente de capacidades. Tractores, pulverizadoras, sistemas de gestión, sensores, imágenes satelitales y herramientas digitales requieren trabajadores preparados para utilizarlos.
“El campo nos muestra que tiene un nivel de tecnificación elevadísimo, con lo cual incluso las nuevas generaciones que se quieran incorporar al trabajo agropecuario necesitan una serie de habilidades que no sé si están garantizadas en todos lados”, sostuvo.





