¿Puede una estancia de casi 10 mil hectáreas hacer una agricultura sustentable, que repare el ambiente más de lo que lo daña? Y, en ese caso, ¿qué papel juega la tecnología disponible y la agricultura de precisión? Con esas preguntas en ciernes Bichos de Campo visitó hace unos meses la estancia Los Manantiales, en La Carlota, que tiene miles de hectáreas bajo producción agrícola. Es el mayor de los campos propios que tiene la agroexportadora AGD en la provincia de Córdoba, y que suman 40 mil hectáreas. En todos ellos, la orden que llega de arriba es tan sustentables como se pueda. Los agrónomos a cargo luego diseñan en menú de opciones para cada lote.
En La Carlota trabajan codo a codo Julio Priotti, como responsable de los campos propios de AGD, y Demian Monti, que tiene responsabilidad directa sobre ese campo Los Manantiales. En este recorrido ellos nos fueron mostrando prácticas muy diferentes entre sí, pero atravesadas por una misma búsqueda: ser sustentables sin que eso signifique resignar productividad.
En el menú hay de todo, y por eso es conveniente tomarse tiempo para escuchar lo que nos cuentan ambos agrónomos en las diferentes paradas que hicimos ese día. Ellos, además, tienen varios chiches tecnológicos que le facilitan esa búsqueda consciente a preservar el campo y su suelo. Tienen sembradoras capaces de colocar dos variedades de soja diferentes en una misma pasada. Operan con mapas de rendimiento acumulados durante más de una década. También utilizan fertilización y pulverización variable. Incorporaron cultivos de servicio multiespecie, con rotaciones de hasta diez cultivos. Siembran maní sin tener culpa. Y son de los primeros en haber incorporado corredores biológicos pensados para darles lugar a plantas, insectos y polinizadores en medio de campos productivos.
En principio, algunas de esas imágenes podrían parecer pertenecientes a dos modelos agrícolas diferentes. De un lado, la agricultura de datos, sensores y maquinaria de última generación. Del otro, los cultivos de cobertura, la protección del suelo y la biodiversidad.
Pero justamente esa separación es la que Monti cuestionó de entrada. “Creo que es una discusión rara. Hay que usar todas las herramientas que tenemos disponibles en la agronomía para potenciar la sustentabilidad y la sostenibilidad. La tecnología es necesaria”, afirmó.
La primera demostración práctica apareció en un lote que a simple vista podía parecer bastante uniforme, aunque debajo de las plantas escondía diferencias importantes.
Monti explicó que allí el campo tiene una fuerte variabilidad topográfica. Hay lomas donde el suelo es menos profundo y, por lo tanto, la capacidad de almacenar y explorar agua es menor. Y hay sectores bajos donde mejora la calidad del suelo, aumenta la profundidad que pueden explorar las raíces y, en algunos casos, también puede aprovecharse agua proveniente de la napa.
Eso significa que dentro de un mismo lote conviven ambientes que no tienen el mismo potencial.
Durante muchos años, esa diferencia podía reconocerse recién al momento de cosechar, y ya era tarde. Una variedad sembrada de manera uniforme debía arreglarse después como podía frente a condiciones muy distintas.
Pero hace diez u once años que allí vienen construyendo mapas de rendimiento y trabajando en agricultura de precisión. Esa historia les permitió identificar y caracterizar los distintos ambientes. Luego incorporaron una sembradora con tanques independientes que puede cambiar automáticamente el material sembrado de acuerdo con una prescripción.
“Cada tanque te permite sembrar como si fuera una sembradora diferente”, explicó Monti. En la práctica, un tanque lleva una variedad y el otro lleva otra. Cuando la máquina avanza y cambia de ambiente, también cambia lo que deposita en el suelo.

En los sectores de menor potencial, donde el cultivo probablemente atraviese situaciones de estrés debido a la menor profundidad del suelo, eligen una variedad de ciclo más largo. En los ambientes bajos y de mayor potencial utilizan una variedad de ciclo más corto, tratando de aprovechar de otra manera el agua y los recursos disponibles.
No se trata simplemente de dividir un lote en dos mitades. La sembradora sigue el mapa de ambientes y realiza esos cambios en la misma pasada.
El manejo agrega cierta complejidad. Una de las preguntas inevitables es qué sucede luego en la cosecha si las dos variedades tienen ciclos diferentes. Monti explicó que procuran elegir materiales cuyos momentos de maduración no queden demasiado alejados para poder cosechar el lote de manera relativamente uniforme.
En años muy particulares, especialmente cuando la sequía castiga con fuerza los sectores altos, alguna vez tuvieron que cosechar primero las lomas y después los bajos. Pero, según indicó, fueron casos excepcionales.

Lo que más valoran de la experiencia es otra cosa. “Esta tecnología de poder sembrar doble variedad nos permitió levantar los pisos de rendimiento, pero no aumentando el ambiente de mayor potencial, sino aumentando el ambiente de menor potencial”, explicó.
Monti puso números para describirlo. Antes podían encontrarse lomas de 10, 15 o 20 quintales por hectárea frente a bajos de 35, 40, 45 o hasta 50 quintales. Con el manejo diferencial, sostuvo, lograron que sectores que antes quedaban muy relegados puedan acercarse a 30 o 35 quintales, mientras los mejores ambientes conservan rindimientos cercanos a los que ya tenían.
El salto no viene entonces de exprimir todavía más el mejor lugar del campo, sino de hacer menos malo al peor.
Pero la información utilizada para tomar decisiones no surge solamente de mirar ese cultivo durante una campaña. Monti contó que tienen alrededor de doce años de mapas de rendimiento. A eso agregan muestreos de suelo, imágenes satelitales y otras herramientas digitales que permiten elaborar ambientaciones y prescripciones.
Esa acumulación histórica resulta especialmente valiosa porque un mismo ambiente no responde siempre de la misma forma. Una loma puede sufrir enormemente en un año seco y comportarse de otra manera cuando cambia la disponibilidad de agua. Lo mismo ocurre con los sectores bajos.
Tener el registro de muchos años y de distintas condiciones climáticas permite pensar planteos más “defensivos” cuando las perspectivas son restrictivas o estrategias más “ofensivas” cuando existen condiciones para buscar rindes altos.

El mapa de rendimiento de la cosechadora entonces termina funcionando, además, como una especie de examen final. Permite volver sobre las decisiones tomadas meses antes y comprobar si la prescripción realizada para determinado ambiente efectivamente produjo la respuesta que se esperaba.
Pero esa agricultura de precisión también puede utilizarse para decidir dónde no hacer algo.
El ejemplo que puso Monti fue el de las pulverizaciones. En lugar de considerar necesariamente todo el lote como una superficie uniforme a tratar, buscan identificar la presencia de malezas y realizar aplicaciones variables.
“Tratamos de mapear lotes y aplicar donde realmente está la maleza y dejar de aplicar donde no está”, explicó.
Ese uso de la tecnología muestra una parte de la discusión. Una máquina más sofisticada no necesariamente implica aplicar más. Puede permitir exactamente lo contrario: intervenir solamente cuando y donde hace falta.
La siguiente parada llevó la discusión desde las pantallas y los mapas hacia algo mucho más visible: una importante cantidad de rastrojo cubriendo el suelo debajo de un maíz.
Antes de ese cereal se había sembrado durante el invierno un cultivo de servicio multiespecie. Monti enumeró distintas especies dentro de una mezcla que incluía centeno, vicia, lino y otras alternativas.
La cobertura fue interrumpida hacia fines de octubre y sobre ella se implantó después el maíz que estaban recorriendo. Según explicó, ese cultivo de servicio había generado entre 6.000 y 7.000 kilos de materia seca.

La primera intención detrás de ese manejo es evitar que durante el invierno el lote permanezca simplemente bajo barbecho químico. En lugar de mantenerlo sin cultivo y controlar las malezas mediante herbicidas, se busca ocuparlo con plantas vivas.
Pero después aparecen otros efectos. La presencia de raíces y cobertura modifica la forma en que el suelo recibe las precipitaciones y mejora la infiltración. Por eso Monti hizo una diferenciación importante entre los milímetros que marca un pluviómetro y los milímetros que efectivamente logra capturar y conservar un lote.
Durante aquel invierno habían recibido lluvias interesantes. Con un suelo manejado de otra manera, parte de esa agua podría haberse desaprovechado.
El cultivo de servicio, además, toma nutrientes de diferentes profundidades y los vuelve a poner en circulación cuando su biomasa se descompone.
Ese proceso, sostenido en el tiempo, empezó a tener consecuencias económicas concretas.

Monti aseguró que después de diez u once años de trabajar con cultivos de servicio observaron un mayor reciclado y disponibilidad de nutrientes, particularmente fósforo y otros elementos.
A partir de esa evolución pudieron reducir, según afirmó, entre 50% y 60% la utilización de fertilizantes arrancadores en maíz y soja sin resignar rendimiento. No es un detalle menor porque esos fertilizantes representan una porción importante del costo de implantación de ambos cultivos.
La cobertura también juega otro partido contra las malezas. Cuando el cultivo de servicio se interrumpe, toda esa biomasa queda sobre la superficie. Ese manto funciona como una barrera física que dificulta que algunas malezas puedan emerger y desarrollarse con facilidad.
Eso permitió, en determinados lotes, reducir también el uso posterior de herbicidas. “Hay lotes que después del corte del cultivo de servicio, que lo hacemos de manera química primero y después mecánica, ya no tienen más aplicación de agroquímicos”, contó Monti.
Otra vez aparecía la misma paradoja que había disparado la recorrida. La búsqueda de una agricultura con menos intervenciones no estaba asociada a abandonar herramientas modernas, sino a combinar distintas herramientas y aprovechar mejor los procesos biológicos.
Con Julio Priotti, la recorrida amplió el foco. Ya no se trataba solamente de analizar qué habían hecho dentro de un lote determinado, sino de entender cómo esas prácticas se insertaban dentro de una rotación mucho más extensa.
Piotti explicó que trabajan con entre ocho y diez cultivos diferentes entre alternativas estivales e invernales.
Entre las gramíneas de invierno aparecen trigo y centeno. También vienen probando otras especies. En verano participan soja, maíz, maní y girasol, un cultivo que volvieron a incorporar con fuerza durante los últimos años.
Dentro del propio maíz existe además diversificación de fechas. Una parte se implanta de manera temprana y otra se reserva para planteos tardíos o de segunda. El objetivo es distribuir riesgos y buscar una mayor estabilidad de los rendimientos frente a años climáticamente diferentes.
La diversidad, por lo tanto, no surge de decisiones tomadas lote por lote sobre la marcha. Requiere una planificación bastante anticipada.

Priotti contó que la rotación puede empezar a definirse ocho o diez meses antes. En el caso del maní, la decisión puede tomarse más de un año antes de que llegue la sembradora. Esto es necesario, entre otras razones, porque antes de cada cultivo de renta deben decidir qué cobertura utilizarán, disponer de la semilla y prever cuestiones como la inoculación de especies como la vicia.
La premisa es que el suelo permanezca ocupado durante la mayor cantidad de tiempo posible.
Dentro de esa planificación existe otra regla que procuran sostener: aproximadamente la mitad de la superficie agrícola debe estar ocupada por gramíneas.
El agrónomo responsable de los campos propios de AGD calculó que alrededor de 40% de la superficie puede tener maíz y que, cuando se suman trigo, centeno y las demás gramíneas de invierno, se alcanza aproximadamente esa relación de 50%.
¿Por qué tanta insistencia? Porque una gramínea no aporta solamente lo que se observa sobre la superficie. Produce una importante cantidad de raíces que contribuyen a generar estructura y porosidad. Eso repercute en la infiltración y en la capacidad de retener agua.

Priotti lo resumió con una imagen sencilla. “La cosecha siempre comienza con la cantidad de milímetros que vos puedas cosechar del agua. Nosotros como agrónomos somos los responsables de transformar esos milímetros de agua en producción”, explicó.
En esa lógica, el agua no comienza a aprovecharse cuando nace el cultivo comercial. La posibilidad de convertirla meses después en granos depende también de la estructura que fue construyendo el suelo durante los años anteriores.
Hasta los caminos internos forman parte de esa mirada. Los manantiales tienen 7.900 hectáreas totales y unas 5.500 agrícolas según explicó Priotti, los caminos se mantienen cubiertos para fijar suelos muy arenosos y disminuir riesgos de erosión. No son superficies productivas en el sentido tradicional, pero tampoco quedan completamente al margen del diseño del sistema.
La prueba posiblemente más exigente para todo este planteo agrícola sustentable apareció en un lote de maní. En AGD ese cultivo forma parte central de su negocio. Pero entre los agrónomos el maní arrastra desde hace mucho tiempo una mala fama vinculada al cuidado de los suelos.
El cuestionamiento tiene una explicación. A diferencia de una soja o un maíz, el fruto del maní se desarrolla bajo tierra. Para cosecharlo hay que arrancar primero la planta, invertirla y luego ingresar con otra máquina que separa las vainas. Esa mecánica hizo que históricamente se asociara al cultivo con procesos de erosión y las famosas “voladuras” de suelo.
Priotti no negó ese antecedente. “Es cierto que el maní ha traído siempre malos comentarios”, reconoció. Pero sostuvo que buena parte de esa historia estuvo relacionada con épocas de labranza convencional o con excesivo movimiento del suelo, y que el manejo cambió considerablemente con la adopción de siembra directa y otras prácticas.

En aquel lote donde nos detuvimos, por ejemplo, el maní no había llegado a un suelo desnudo. Desde que se cosechó la soja anterior ya sabían que el próximo cultivo de verano sería maní. Por eso, durante abril implantaron centeno.
Esa elección tampoco fue casual. Piotti explicó que el centeno genera rápidamente una importante cantidad de biomasa, mantiene el lote ocupado, fija carbono, recicla nutrientes y ayuda a conservar humedad. Además destacó su efecto alelopático, que utilizan como herramienta frente a malezas complicadas, entre ellas el yuyo colorado.
El maní fue sembrado después sobre esa cobertura.
Pero la estrategia no termina allí. El agrónomo señaló que, debido a que el maní produce comparativamente menos biomasa residual que un maíz, después de su cosecha procuran volver a ocupar el lote rápidamente.
En esos campos, los lotes de maní son programados para seguir luego con trigo. De esa manera intentan reducir el tiempo durante el cual el suelo podría quedar expuesto a la erosión después del arrancado.
“Nosotros no solamente sembramos maní, sino que lo sembramos sobre un cultivo antecesor y también le sembramos un cultivo posterior. Entonces ahí evitamos todo tipo de erosión”, explicó Jullio.
También hay una cuestión de frecuencia. El maní no vuelve al mismo lote antes de cuatro años y durante ese período buscan incorporar por lo menos dos gramíneas. Eso ayuda a recomponer estructura y aumentar el aporte de carbono antes de que el cultivo regrese.
“Es un cultivo de alta renta y no podemos dejar de obtener esa capacidad que tiene de una vez cada cuatro años darte una alta renta. Lo que hay que hacer es acompañarlo con prácticas sostenibles”, afirmó el experto.
En ese mismo lote apareció otra herramienta: la inoculación.
Además del tratamiento de la semilla, durante la siembra realizan una inoculación chorreada directamente en el surco y, en algunos casos, incorporan promotores biológicos de crecimiento.
Piotti arrancó plantas de maní para que pudiéramos observar los nódulos y explicó que la nodulación resulta fundamental para que el cultivo pueda cubrir su elevada demanda de nitrógeno durante la etapa en que comienza a definir y llenar los frutos.
Por eso no alcanza, según su explicación, con mirar la parte aérea y concluir que el maní “se ve bien”. También hay que arrancarlo y revisar qué está sucediendo debajo.
Después de sembradoras, mapas, fertilizantes, raíces, rotaciones y maní, la última parada parecía llevar la recorrida hacia otro mundo. Es que a n costado de los lotes productivos aparecieron los corredores biológicos.
Priotti contó que comenzaron a trabajar con ellos en 2018, a partir de un programa de Syngenta que promovía entonces lo que se denominaban espacios multifuncionales. La experiencia luego fue evolucionando. Y en vez de considerar esos lugares como pequeñas islas separadas del resto del establecimiento, comenzaron a pensar conexiones entre las áreas de biodiversidad y a utilizar también caminos y otros espacios para mantener una continuidad vegetal.
Ahora los describen como una especie de “autopista” para diferentes organismos que aportan vida. La intención es que allí haya vegetales, insectos, ya sean enemigos naturales o agentes polinizadores, conviviendo muy cerca de cultivos comerciales.
Eso disparó otra discusión interesante.
Porque algunas de las plantas presentes en el corredor pueden ser exactamente las mismas que, pocos metros más allá, dentro de un lote productivo, serían combatidas por ser consideradas malezas. Y lo mismo sucede con algunos insectos.

“Acá uno ve individuos que son los mismos individuos que están dentro de los lotes”, explicó Priotti.
-¿Allá les decís maleza?
-Claro. Allá les decimos malezas y acá son individuos que tienen que estar.
La diferencia es la función que ocupan en cada lugar. Julio indicó que dentro de los corredores se genera competencia entre especies y que, con el paso de los años, van ganando espacio aquellas mejor adaptadas. Allí vienen intentando recuperar también plantas nativas de la región del Espinal.
El objetivo final no es solamente conservar algunas flores como una cuestión paisajística. Esos ambientes pueden ofrecer alimento y sitios de reproducción a los enemigos naturales de plagas y, especialmente, a distintos agentes polinizadores.
Y Priotti hizo una aclaración. Cuando se habla de polinización suele pensarse inmediatamente en abejas, pero existen numerosos insectos nativos capaces de cumplir esa función. Según relató, junto con investigadores del Conicet y de la Universidad Nacional de Córdoba realizaron mediciones en esos campos sobre maní, soja y girasol y observaron respuestas de rendimiento asociadas con la presencia de polinizadores.
Los corredores tiene otra función: actuar como una especie de indicador biológico. ¿Qué quiere decir? Están pegados a lotes donde se realiza agricultura comercial, con utilización de fitosanitarios cuando son necesarios. Si esos espacios de biodiversidad pueden sostenerse y evolucionar favorablemente, son también una señal de que el manejo productivo que existe al lado puede convivir con ellos y no incurre en abusos.
Porque, claro, la agricultura que hacen en AGD apunta a ser sustentable pero “no es orgánica”.

Ese punto es importante para entender qué están tratando de demostrar. No se trata de convertir todo el establecimiento en una suerte de gran corredor biológico ni de dejar de producir al ritmo en que lo hacen, con rindes más que competitivos.
La apuesta es decidir qué función debe cumplir cada ambiente y tratar de conectar ambas cosas.
Por eso, después de recorrer todos esos lotes, la pregunta inicial queda bastante respondida. La tecnología que utilizan en estos campos de AGD no apuntan solo al objetivo de producir cada vez más granos. Mucha tecnología apunta en paralelo a hacerlo de modo más sustentable, sin resignar suelo o ambiente a cambio de una mayor cosecha.
Al mismo tiempo, la sustentabilidad tampoco queda reducida a una práctica puntual sino que hay una mirada abarcativa. Casi holística,
Por eso, para Monti, resulta extraño plantear que necesariamente haya que elegir un camino u otro. “La tecnología tiene que acompañarnos”, había dicho Demian durante el recorrido.
Después de seis paradas, probablemente esa sea la frase que mejor sintetice lo que intentaron mostrar.




