En el oeste de Chaco, entre Frentones y Río Muerto, el productor Roberto Polentaruti atraviesa una de esas historias que muestran el lado más áspero de la producción agropecuaria: vecinos que aplican mal los agroquímicos, cultivos dañados, denuncias que no avanzan y una actividad que empieza a desaparecer de la zona.
Polentaruti tiene 49 años y vive del campo desde siempre. “Soy agricultor de cuna”, cuenta. Pero fue en 2001, en medio de la crisis que sacudió al país, cuando decidió hacerse cargo de la producción familiar. “Arranqué como productor independiente cuando mi viejo se retiró. Él siguió en el campo, pero yo quedé como la cara visible”, recuerda.
Desde entonces trabaja un campo propio de unas 800 hectáreas en el oeste chaqueño, aunque con el paso del tiempo dejó de alquilar otras superficies porque los números ya no cerraban. “Empezaron a poner alquileres fijos y no daban los números. El alquiler es un costo grande y el riesgo de la producción no se comparte”, explica.

Este año volvió a sembrar algodón, pero la campaña se torció desde el inicio. Según relata, el problema no fue solamente el clima: Lo afectó especialmente la deriva de herbicidas aplicados por vecinos, que dañó gravemente su cultivo.
“Hice algodón, pero tuve un problema con un vecino con 2,4-D. Me afectaron todo el algodón y se me retrasó el cultivo”, dice. El productor asegura que el daño fue consecuencia de aplicaciones aéreas y terrestres en campos vecinos. “Dos o tres vecinos me castigaron este año con aplicaciones de 2,4-D. Ellos estaban haciendo barbechos para soja y yo tenía el algodón en seis o siete nudos, y me lo lastimó bastante”.
El problema no es nuevo para él. Según afirma, lleva años sufriendo este tipo de situaciones. “Yo vengo de hace diez años que tengo todos los años afectación. Este año fue la cereza del postre, me lo mataron”.
La superficie dañada fue enorme. “Me dañaron 200 hectáreas, de las cuales el 50% no se recuperó”, describe. La otra mitad intentó reaccionar, pero la sequía y el calor de febrero terminaron de complicar el panorama. “Lo atrasaron un mes y medio al ciclo natural. Yo tendría que tener un algodón cargado ahora y está como un algodón nuevo”.
El impacto económico es contundente. “El costo del algodón está alrededor de 1000 o 1200 kilos por hectárea”, explica. Traducido a dinero, eso significa aproximadamente medio millón de pesos por hectárea. “Perdiste 200 hectáreas por 500 mil pesos… esa es la cuenta”.
Polentaruti asegura que no se trata de productores que desconocen lo que hacen. “Los que me dañaron son ingenieros agrónomos y empresas de agroquímicos que trabajan con 10 o 15 ingenieros para controlar los campos”, afirma.
Frente a esta situación, intentó diferentes caminos. El año pasado inició una denuncia penal, pero dice que no tuvo resultados. “Está corriendo curso y nada, nada. Queda todo cajoneado”.

Este año optó por otro camino: hacer pública la situación. Grabó un video y lo envió al Ministerio de Producción provincial. “Se acercó el ministro, detectaron quién aplicó el 2,4-D y les hicieron un acta de infracción”, cuenta.
Sin embargo, eso no resolvió su problema. “Aplicaron una multa que va para el gobierno, pero el productor se arregla como puede. Yo tengo que seguir peleando por mi lado”.
La sanción tampoco parece ser un verdadero freno para quienes aplican mal los productos para la soja. “Creo que aplicaron una multa de 10.000 litros de gasoil por aplicación. Pero si sembrás 10.000 hectáreas, pagás tres o cuatro multas y seguís ganando plata”, señala.
La frustración es evidente, sobre todo porque el conflicto terminó deteriorando la relación con los vecinos. “Ni siquiera me llamaron. Ni pusieron la cara. Es más, quedaron todos malos conmigo por haber denunciado”.
Para el productor, el problema va más allá de su caso personal. “Acá falta conciencia del productor. Tenés que mirar qué tiene sembrado el vecino y hasta dónde puede ir la deriva. Pero nadie mira nada”.
Según afirma, los daños no solo afectan cultivos. “No tenemos más plantas de sombra en los patios. Los quebrachos linderos a los campos se secaron. Secaron hasta un quebracho de 200 años con una sola fumigación”.
Por eso, su conclusión es contundente: el algodón podría desaparecer de esa región del Chaco. “Acá en la zona de Frentones y Río Muerto el algodón va a desaparecer. No creo que se pueda hacer más”.
Ante ese panorama, Polentaruti empezó a cambiar su estrategia productiva. En paralelo a la agricultura viene desarrollando desde 2018 un campo ganadero en el corazón del Impenetrable, entre Miraflores y La Hachera.
Allí apuesta a un sistema más compatible con el ambiente. “Tenemos un campo de cría con manejo silvopastoril y monte nativo. La idea es trabajar respetando el monte”, explica.
El sistema combina áreas con manejo silvopastoril y grandes superficies de bosque natural. “Hay un pedazo habilitado para agricultura y quizás lleve algo de algodón ahí, donde no hay grandes extensiones agrícolas y los montes te protegen un poco de la deriva”, comenta.
La base del planteo es la ganadería de cría. “Estamos con un rodeo general y ganadería de cría. El campo ya está en producción”, cuenta. En ese esquema la carga es baja, acorde al ambiente. “Te da más o menos un animal cada cinco hectáreas con monte nativo y algo de silvopastoril”.
Los resultados, por ahora, son aceptables. “Este año tuvimos entre 60 y 65% de destete, que está dentro del promedio país”.
Después de más de dos décadas produciendo en el Chaco, Polentaruti sabe que el camino nunca es sencillo. “El productor chaqueño nunca puede tener dos años iguales. Siempre te pega por algún lado”.
Pero lo que más le preocupa no es el clima, sino el deterioro de la convivencia productiva. “Hay gente que no le importa nada. Es como tirar la basura al patio del vecino: mientras tu casa esté en orden, el otro que se joda”.






El productor cpor lo que manifiesta creo que empezó mal. Debería haber concurrido al lote con un Escribano e ing agronomo y realizar un acta en la cual se constata el daño y la razón. al lacual podría haber agregado un vuelo con dron y medir indice verde. Y eso usarlo para hacer una demanda civil. El Juez nunca va a fallar por el lucro cesante, sino por el costo del cultivo. Y es lo que debe probar en la demanda que realice.