Se cumplen 80 años del inicio de los trabajos experimentales a nivel regional para estudio y control de la erosión eólica, que iniciaron un puñado de prestigiosos profesionales del Instituto de Suelos y Agrotecnia y continuó el INTA con pleno apoyo de su Consejo Directivo, en lo que constituye una verdadera “política de estado” relativa a la investigación, extensión e innovación en materia de conservación de suelos.
Como cada vez que se abordan este tema, resulta imprescindible este aporte de Roberto R. Casas, actual director del Centro para la Promoción de la Conservación del Suelo y del Agua (PROSA – FECIC) y académico de Número da la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria, además de docente universitario.
Esta es el artículo:

En el corriente año se cumplen 80 años de la instalación de los primeros ensayos a nivel regional para medición y control de la erosión eólica en la región semiárida pampeana de nuestro país, por parte del legendario Instituto de Suelos y Agrotecnia. Se considera que ningún otro término podría describir más adecuada y precisamente la ciclópea tarea llevada a cabo en aquellos años por un grupo de profesionales con escasos recursos materiales y tecnológicos, pero con una enorme capacidad de trabajo y clara visión sobre la importancia que representaba para el país el cuidado del recurso suelo.
En el año 1937 culminaba la sequía más intensa del siglo, que había provocado ingentes daños en la Región Pampeana Semiárida, tanto al suelo como a la infraestructura vial y ferroviaria. Ello generó fuertes reacciones y aparecieron valiosas contribuciones para el conocimiento, prevención y lucha contra el fenómeno.
La gravedad del proceso erosivo con el notorio avance de la planicie medanosa, fue de tal magnitud que provocó inclusive, el traslado de colonos a tierras chaqueñas. Desde 1938, el Ing. Agr. Antonio Arena dirigió el primer organismo específico del país en la temática de suelos: la División de Suelos del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación. En noviembre de 1943, con la reestructuración del mencionado Ministerio, se transformó en el Instituto de Suelos y Agrotecnia.
Como aspecto importante, corresponde señalar que antes de esa época la conservación del suelo era prácticamente ignorada en nuestro medio, tanto en el ámbito rural como en el de la sociedad en general. Solamente se conocían trabajos puntuales efectuados por particulares, técnicos del Ministerio de Agricultura y de empresas ferroviarias para consolidar médanos activos. Algunas publicaciones e informes especiales sobre la erosión eólica dan cuenta de las consecuencias de la acción del viento en la Región Pampeana y de trabajos esporádicos de fijación de médanos, llevados a cabo en las Provincias de Buenos Aires, Córdoba y San Luis. El problema de la aridez, reflejado por la disminución o fracaso frecuente de las cosechas, tampoco se abordó con criterio técnico amplio.
El Ing. Agr. Julio Ipucha Aguerre, pionero y destacado integrante del Instituto, lo resumía en las siguientes palabras: “no hay documentación contemporánea que testifique una real inquietud de sentido esencialmente conservativo y de proyección nacional en esferas gubernamentales, centros de estudio o entidades de bien público. A la fecha de la creación del Instituto de Suelos y Agrotecnia, la acción desarrollada para proteger los suelos del país, aunque meritoria en sus intentos, no tuvo sino limitadísima repercusión”.
El Instituto de Suelos y Agrotecnia fue un organismo específicamente creado para estudiar los suelos del país y orientar las soluciones tendientes asegurar su productividad.

Programa de trabajo. En el programa general de labor, que comenzó efectivamente a funcionar a mediados de 1944, se asignó especial importancia a la problemática de la conservación del suelo, debido al acelerado deterioro observado en los suelos por un manejo inadecuado y cuyo inventario había ya iniciado la División de Suelos, básicamente con el reconocimiento preliminar de la erosión eólica en la región central del país.
Al entrar en funcionamiento el Instituto de Suelos y Agrotecnia, la situación cambia radicalmente y el concepto de conservación del suelo empieza a conocerse, a valorarse y a expandirse en el país, a medida que se va ejecutando el programa de trabajo de acuerdo a los objetivos establecidos. Este programa, incluía el relevamiento de la erosión eólica e hídrica con determinación de los factores causales, la clasificación de la aptitud de las tierras, investigaciones y ensayos experimentales para evaluar las pérdidas de suelo, prácticas conservacionistas, desarrollo de campañas demostradoras para combatir la erosión, campañas educativas para inculcar la necesidad y los beneficios de la conservación del suelo y también recomendaciones sobre medidas de gobierno.
En 1946, con el Instituto ya consolidado y cubierta la dotación de técnicos inicialmente prevista, se lanza un intenso programa de ensayos a campo con el objeto de experimentar e implementar las técnicas mas adecuadas para prevención y control de la erosión eólica. Se establece así una red de ensayos que abarcó las localidades de Huelén. General Pico, Realicó, Ojeda y Eduardo Castex en la Provincia de La Pampa (en ese entonces Territorio Nacional) y en las localidades de Rio Bamba, Vicuña Mackenna, Colonia Argentina, Del Campillo, Bruzzone. Mattaldi y General Levalle, en la Provincia de Córdoba.
Estos ensayos abarcaban desde el diseño y experimentación de implementos de labranza adaptados a la fragilidad de los suelos de la región, hasta prácticas para prevención y control de la erosión eólica. Se destaca por esos años el accionar de profesionales prestigiosos que sin duda podemos señalar entre los fundadores e impulsores de la especialidad en el país: Ings. Agrs. Casiano V. Quevedo, Antonio J. Prego, Julio Ipucha Aguerre y Luis A. Tallarico. Alguno de ellos hasta dejó su vida trabajando por la especialidad, como es el caso del ing. Agr. Jose M. Camberos, quien falleció en 1948 en un accidente automovilístico cuando se dirigía a la provincia de Tucumán para efectuar el relevamiento de la erosión hídrica en Tafí Viejo.

Labranza subsuperficial: Por esos años, estaba muy difundido el arado de reja y vertedera que dejaba el suelo desnudo luego del laboreo. El Instituto, inspirado en un modelo desarrollado en Estados Unidos, del cual solo se disponían algunas fotografías e información general, comenzó la construcción de un prototipo del arado conocido como “pie de pato” por la forma de las cuchillas, que se caracterizaba por dejar muy buena cobertura de rastrojos sobre la superficie del suelo.

Reja tipo pie de pato aplicada a sembradora de asiento desarrollada por el instituto de Suelos y Agrotecnia en colaboración con la metalúrgica La CantábricaPara su construcción, se efectuó contacto con la fábrica metalúrgica La Cantábrica, ubicada en el Partido de Morón, Provincia de Buenos Aires, para construir un arado pie de pato. Luego de algunas pruebas preliminares en el predio de la fábrica, el arado fue ensayado en la Estancia Huelén (La Pampa), donde se facilitó todo lo necesario para que las experiencias se llevaran a cabo de manera exitosa. Simultáneamente, se construyó una “hoja recta única” para laboreo subsuperficial con un objetivo similar al del pie de pato, es decir, dejar cobertura sobre el suelo después de la labranza.

Las principales prácticas experimentadas en esos años para control de la erosión eólica y almacenamiento de las escasas lluvias disponibles fueron, además de la labranza subsuperficial comentada, la construcción de terrazas de absorción, cultivo en franjas y fijación de médanos.

Terrazas de absorción: En relieves ondulados, las primeras experiencias del Instituto en la región con terrazas de absorción y cultivo en curvas de nivel, se llevaron a cabo en la Estancia “La Magdalena”, Provincia de Córdoba, sobre una superficie de 550 hectáreas. El objetivo era doble: prevenir la erosión y almacenar la mayor cantidad de agua de lluvia posible.
La construcción de las terrazas se efectuaba con arado rastra o arado de reja y vertedera, implementos comunes en la región. Dado la fragilidad de los suelos, se recomendaba la siembra de sorgo perenne a ambos lados de la terraza empleando una rastra de discos de doble acción con cajón sembrador. La siembra del sorgo perenne se efectuaba directamente sobre el terreno sin ninguna labor previa, dado la peligrosidad y soltura del suelo. Para las partes más llanas del relieve, se recomendaba la protección con franjas rectas y paralelas de sorgo perenne, situadas de este a oeste.
Cultivo en franjas: Otro aspecto de la lucha contra la erosión por viento consistió en la instalación de franjas protectoras contra el viento. Como cultivo protector era frecuente la utilización de sorgo perenne (Sorghum almum) sembrado en franjas de 15 a 20 metros de ancho, trazadas de este a oeste. Cuando el peligro de erosión era elevado, luego de la siembra del sorgo y en la medida de la disponibilidad, se procedía a efectuar el recubrimiento del suelo con caña de Castilla o cortadera a los efectos de impedir las voladuras y pérdida de semilla antes de la germinación. Entre las franjas protectoras, se sembraba maíz o girasol como cultivo básico generalmente en franjas de 50 a 70 metros de ancho.
En lotes destinados a ganadería se ensayaban también franjas rectas de sorgo perenne de unos 100 metros de ancho perpendiculares a la dirección de los vientos predominantes, alternadas con franjas de cultivo básico de alfalfa de unos 350 metros de ancho.
Los laterales del lote eran protegidos por una franja de sorgo perenne. La siembra del sorgo se efectuaba con el arado rastra provisto de cajón sembrador lo que permitía dejar una cobertura muerta aceptable con los restos de malezas que cubren el suelo.
Estabilización de médanos: La estabilización o “fijación” de médanos fue una de las actividades desplegadas con mayor intensidad por los profesionales del Instituto de Suelos y Agrotécnia, dado las consecuencias negativas que los movimientos de arena causaban sobre lotes productivos, viviendas, caminos y ferrocarriles.

Las técnicas ensayadas y luego difundidas variaban según la altura y extensión de la superficie del médano a tratar. Cuando el médano era muy elevado, se debía proceder al “rebajamiento” del mismo, previamente a proseguir con los trabajos de siembra y recubrimiento del mismo. Para esta tarea, se procedía a instalar “intensificadores de viento”, constituidos por bolsas de arena que se ubicaban en la cresta del cordón medanoso separándolas alrededor de 0,80 metros entre sí. La época más apropiada para colocar las bolsas de arena era la comprendida entre los últimos días de julio y los primeros de agosto. En el mes de agosto comienzan los vientos más intensos, con lo cual se obtendría un rebajamiento apreciable en el término de dos meses (agosto y septiembre). Luego se procedía a cambiar de lugar las bolsas para permitir descensos de la altura en otros sitios. En esta última posición, los intensificadores ejercerían su acción durante octubre y parte de noviembre.

Otras técnicas de rebajamiento de los médanos consistían en construir con pala de buey “canales de viento”, para desgaste del médano o la utilización de una viga metálica recta (en muchos casos un riel de ferrocarril) traccionada por un tractor o caballos. Cumplido dicho lapso, había muchas posibilidades de obtener un relieve adecuado de la superficie medanosa para intentar la siembra de sorgo perenne directamente sobre el médano, pasaje de una rastra de dientes para cubrir la semilla y recubrimiento con caña de Castilla, cortadera o cañas de girasol, formando un manto o cobertura para impedir el movimiento del suelo y facilitar la germinación de las semillas de sorgo.

Cuando efectuamos este recuerdo a manera de homenaje hacia los profesionales que iniciaron y fortalecieron la especialidad en el país, resulta justo incluir a los productores agropecuarios y administradores de los establecimientos de la región en los cuales se llevaron a cabo las experiencias para estudio y control de la erosión eólica.
Entre ellos merecen destacarse a José Campanari, Avelino Gonzalez, Mariano García y Angel Lamas en la Provincia de la Pampa y Alfonso Coronel, Luis Ghiglione, Vicente Ritta, Agustín Capitoni, Gregorio Baéz, Nicolas Bruzzone y Francisco Musso en la Provincia de Cordoba. Su colaboración y elevado compromiso para con los ensayos emprendidos en aquellos años, hicieron que dichos establecimientos cumplieran el rol de auténticos campos experimentales y demostrativos.

Trascendencia del Instituto de Suelos y Agrotecnia: El instituto de Suelos y Agrotecnia significó un hito muy trascendente en la historia del progreso tecnológico agropecuario del país, actuando a modo de auténtico “faro” sobre la necesidad de multiplicar los esfuerzos conducentes a preservar nuestro principal recurso natural. Al trascender la labor directriz del instituto, se incrementó gradualmente el interés de las instituciones por vigorizar sus acciones en conservación de suelos.
Así es como varias provincias decidieron reforzar sus dependencias técnicas, llegando hasta habilitar servicios especializados. En alguna de las estaciones experimentales nacionales y aún en establecimientos provinciales, se iniciaron ensayos sobre prácticas de manejo de suelos y de sistematización de tierras, al mismo tiempo que las facultades de agronomía incluyeron en sus programas de edafología, temas vinculados con la conservación del suelo, creándose cátedras específicas en algunas de ellas.
Por esta época, se reforzaban los grupos de investigación en las Facultades de Agronomía de Buenos Aires, Bahía Blanca, Corrientes, Córdoba, Mendoza, Río Cuarto y Tucumán. El camino emprendido por el Instituto había prendido en la sociedad, generando proyectos en las distintas regiones del país, algunos inclusive con el apoyo de organismos internacionales. A su vez, una gran proporción de cuerpos legales provinciales y de resoluciones de orden nacional, han contado con el auxilio del Instituto, cuyo asesoramiento fue constantemente recabado por los poderes públicos, reparticiones técnicas, universidades, entidades privadas y productores progresistas.
A partir de la creación del INTA, el Instituto se incorporó a esta institución y prosiguió sus esfuerzos para afianzar su obra precursora en favor de la preservación de los suelos de la nación. En esta segunda etapa, las Estaciones Experimentales y Agencias de extensión del INTA de Anguil, Bordenave, Marcos Juárez, Manfredi, San Luis, Chubut, Pergamino, Paraná, Reconquista, Salta y Sáenz Peña, entre otras, incorporaron profesionales que se abocaron a la conservación del suelo en las distintas regiones del país.
La tarea fue continuada también por el Instituto de Suelos del Centro de Investigación de Recursos naturales del INTA, que como actividad central en la década de los 60’, inició el relevamiento de los suelos de la Región Pampeana y posteriormente de otras regiones de nuestro país, para culminar luego de tres décadas de trabajo ininterrumpido con la digitalización de la información que hoy está a disposición de los usuarios.
La semilla había fructificado. Sin la experiencia y capacidades desarrolladas, hubiera sido muy difícil la constitución de esta red institucional para el estudio, manejo y conservación de los suelos, que hoy aborda la problemática a través del correspondiente Programa Nacional.




